Imagínate esto: tú estás contando una historia, haciendo chistes como haces cada noche, hablando con libertad… y de repente alguien te apaga el micro sin aviso. Eso es más o menos lo que le pasó a Jimmy Kimmel, uno de los rostros más queridos de la televisión nocturna en Estados Unidos.
Kimmel hizo un comentario fuerte sobre la reacción del gobierno frente al asesinato del activista Charlie Kirk. No fue solo un chisme político; fue una crítica directa. Tras eso, la cadena ABC, parte del gigante Disney, decidió suspender su show indefinidamente.
¿Por qué lo suspendieron? Porque Brendan Carr, presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), que trabaja con poderes regulatorios, presionó a los medios para que tomaran medidas.
Ahora, aquí viene lo interesante: muchas figuras del mundo del entretenimiento, otros hosts de late night, salieron a apoyarlo. Personas que saben que si esto no se detiene, la libertad de expresión empieza a sentir sus límites. Stephen Colbert lo llamó “censura descarada”. Jon Stewart hizo sátira, diciendo que esto parecía más bien una escena de una dictadura. Jimmy Fallon, Seth Meyers y David Letterman también levantaron la voz.
Fallon, por ejemplo, dijo algo que muchos sentimos: “Jimmy es una buena persona, graciosa, cariñosa. Espero que vuelva”—y no lo dijo solo por amistad, sino porque entiende lo que significa cuando la línea entre crítica política y sanción se vuelve delgada.
Lo que está sobre la mesa es más que un show de comedia. Es un choque directo entre lo que debería poder decirse y lo que alguien poderoso puede castigar si no le gusta. Cuando se amenaza a cadenas de televisión con revocar licencias o presionar económicamente, no es solo sobre un host, es sobre todos los que creen que hablar crítico y cuestionar es parte de la respiración de una sociedad libre.
Y claro, la audiencia está viendo. Muchos vuelven a preguntarse: ¿qué tanto controla el poder lo que vemos, lo que escuchamos? ¿Hasta dónde llega la influencia del gobierno sobre lo que debería ser un espacio seguro para opinar? Porque si permitimos esto, mañana no será Kimmel; mañana puede ser cualquiera que diga algo incómodo.
Para cerrar con algo que duele pero que también da esperanza: aunque suspendieron su programa, Kimmel ya no está solo. Lo rodean otros que entienden que, si no luchas por las cosas delicadas, corres el riesgo de perder hasta lo que parece seguro. En muchos sentidos, lo que está pasando es una llamada de atención: ¿queremos un país donde el que ríe pierde su derecho a criticar?


