Análisis psicosocial para Voces del Oeste
En los últimos meses se ha vuelto más visible un fenómeno juvenil que, para muchos adultos, resulta desconcertante: los llamados therians, jóvenes que afirman identificarse emocional o espiritualmente con una especie animal. En redes sociales aparecen con máscaras, colas, orejas, movimientos imitativos e incluso dinámicas de “manada”. Algunos lo presentan como un estilo de vida; otros, como una “identidad” íntima. En barrios y escuelas, el tema despierta curiosidad, preocupación y, con demasiada frecuencia, burla.
Más allá del espectáculo digital, este fenómeno merece una lectura seria: para algunos adolescentes puede ser una expresión cultural o estética, pero para otros puede revelar algo más profundo: una crisis de identidad que llama la atención por la forma intensa en que se expresa y por lo que suele esconder.
Cuando el “yo” no encuentra casa
La adolescencia es una etapa en la que la identidad está en construcción. El joven se pregunta, a veces sin decirlo: ¿Quién soy? ¿Dónde encajo? ¿Qué valgo? Cuando las respuestas no llegan o llegan como rechazo, humillación, comparación constante, bullying o abandono emocional, surge la necesidad de refugio. Y en ese contexto, una identidad alternativa puede funcionar como “armadura”.
Adoptar un rol animal (pertenecer a una “manada”, actuar “instintos”, usar máscara) puede servir como:
- Protección emocional: “Si me atacan, no me atacan a mí; atacan al personaje.”
- Sentido de pertenencia: “Aquí sí encajo; tengo grupo, códigos, lealtad.”
- Control interno: “Si mi vida es caótica, esta identidad me organiza.”
- Escape del juicio: “No tengo que explicar mi dolor; lo interpreto.”
El problema no es el accesorio ni la estética; el tema real es la función psicológica que cumple. Cuando la máscara se convierte en dependencia emocional, cuando el joven se desconecta de su vida cotidiana, baja su rendimiento, evita relaciones sanas o se aísla, ya no estamos ante una simple moda: estamos ante un síntoma.
Un espejo de mal adaptación social
En sociedades donde la presión por encajar es alta y el apoyo emocional es bajo, ciertos jóvenes terminan viviendo una paradoja: hiperconectados en redes sociales, pero profundamente solos en la vida real. Algunos therians parecen encontrar allí una narrativa que les otorga identidad inmediata: “soy esto”, “pertenezco aquí”, “tengo un rol”. Es una respuesta rápida frente a un vacío lento.
Este tipo de expresión puede estar asociada en algunos casos a:
- baja autoestima y autoconcepto frágil
- ansiedad social, depresión o aislamiento
- experiencias de rechazo, bullying o trauma relacional
- dificultades de adaptación escolar y familiar
- búsqueda intensa de pertenencia en comunidades digitales
Insistimos: no se trata de diagnosticar a todos, sino de entender que, cuando un fenómeno se masifica, también puede señalar grietas colectivas: familias agotadas, escuelas con poco acompañamiento emocional, comunidades con pocas oportunidades de escucha.
Nabucodonosor como metáfora: cuando se pierde el norte del yo
En el relato bíblico, Nabucodonosor termina viviendo como bestia, apartado, como si su humanidad se hubiese oscurecido. No es el mismo fenómeno cultural ni clínico, pero la comparación sirve como metáfora poderosa: cuando el ser humano pierde su norte, su sentido y su equilibrio, puede caer en una forma simbólica de “deshumanización”: actuar desde lo instintivo, huir de la realidad, desconectarse de su identidad esencial.
En esa lectura, la máscara no es el problema; el problema es lo que ocurre cuando una persona, por dolor o confusión, deja de habitar su humanidad con dignidad y propósito. La lección no es condenar al joven: es preguntarnos qué está fallando a su alrededor para que tantos necesiten ocultarse para sobrevivir emocionalmente.
¿Qué hacemos en Santo Domingo Oeste con esto?
En nuestra comunidad, donde muchas familias viven con jornadas largas, estrés económico y poco tiempo para conversar de verdad, el riesgo es responder con el método más rápido: burla, castigo o indiferencia. Pero esas respuestas solo empujan más al joven hacia el refugio de la “manada”.
Hay un camino más útil:
Para padres y cuidadores
- Cambiar la pregunta “¿qué es esa locura?” por “¿qué te está pasando?”
- Observar señales: aislamiento, irritabilidad, cambios en el sueño, abandono escolar, desesperanza.
- Poner límites sin humillar: límites claros, trato digno.
- Ofrecer espacios de identidad saludable: deporte, arte, iglesia, clubes, mentoría.
Para escuelas
- Políticas antibullying aplicadas, no decorativas.
- Orientación escolar con enfoque emocional, no solo disciplinario.
- Espacios de pertenencia positivos: liderazgo estudiantil, proyectos, mediación.
Para la comunidad
- Conversaciones públicas con psicólogos, orientadores y líderes comunitarios.
- Actividades juveniles que den identidad real: servicio comunitario, cultura, formación cívica.
Cerrar el tema sin cerrar al joven
Los therians pueden ser, en parte, un fenómeno de internet. Pero también pueden ser un grito silencioso: “No sé quién soy, pero aquí me siento a salvo.” Y cuando un joven necesita una máscara para sentirse aceptado, el problema no es solo el joven: es el ecosistema que no le ofreció pertenencia sin condiciones.
En Voces del Oeste proponemos una mirada firme pero humana: límites, sí; burla, no. Disciplina, sí; humillación, jamás. Escucha, acompañamiento y comunidad: eso es prevención. Porque al final, más que “manadas y máscaras”, lo que nuestros jóvenes necesitan es algo básico y urgente: identidad con dignidad, pertenencia real y adultos presentes.




