Por Annie Fernández Selman
Sabíamos que ese día llegaría, pero verlo llegar duele. Durante años nos acostumbramos a buscar a Cristiano Ronaldo entre las camisetas de Portugal, a verlo acomodarse el brazalete de capitán, levantar la mirada antes de un tiro libre y celebrar como si cada gol fuera el primero. Su presencia parecía una certeza. Por eso, su despedida de la selección deja una tristeza que va más allá del fútbol: nos recuerda que también terminan las cosas que creíamos que siempre estarían ahí.
Soy una madre futbolera. Mi hijo despertó en mí un interés por este deporte que terminó convirtiéndose en una emoción compartida. Entre partidos, preguntas y celebraciones, el fútbol fue encontrando su lugar en nuestra relación. Por eso entiendo que la despedida de un jugador puede tocar algo muy personal: detrás de tantos encuentros también están las conversaciones con nuestros hijos, sus ilusiones y esos momentos juntos que una guarda con cariño.
En el mensaje con el que anunció su retiro, Cristiano habló de devolver la camiseta número siete. Hay algo profundamente emotivo en esa manera de despedirse. Después de llevarla durante 23 años, de convertirla en una imagen reconocida en cualquier rincón del mundo, recordó que nunca le perteneció exclusivamente. La había vestido con orgullo y responsabilidad; ahora le correspondía entregarla al futuro. Cuesta imaginar lo que pesa ese gesto para alguien que dedicó buena parte de su vida a defenderla.
Estamos acostumbrados al Cristiano de la determinación, al hombre que aprieta los dientes, exige otra oportunidad y se resiste a aceptar los límites. En esta despedida aparece también alguien que necesita encontrar palabras para cerrar una etapa que le cambió la vida. La dificultad de su decisión resulta comprensible: ¿cómo se despide uno de aquello que durante tantos años ha formado parte de su identidad?
Su historia con Portugal comenzó en 2003. Desde entonces, transcurrió una vida entera entre convocatorias, entrenamientos, viajes y partidos. El muchacho que llegó a compartir vestuario con figuras que admiraba terminó siendo el capitán al que mirarían los más jóvenes. Cambiaron sus compañeros, los entrenadores y las generaciones de aficionados. Él siguió regresando, con la misma camiseta y la misma necesidad de ganar.
Los registros conservarán sus 234 partidos, sus 146 goles, la Eurocopa de 2016 y las dos Ligas de Naciones. Son cifras y títulos que explican su lugar en la historia. Pero en la memoria de quienes lo acompañaron también quedarán momentos que ninguna estadística recoge: un abrazo frente al televisor, una celebración con los hijos, una noche en la que un gol permitió olvidar por un instante las preocupaciones de la casa.
Así entra el fútbol en nuestras vidas. Se mezcla con personas, lugares y edades. Recordamos un partido y, de pronto, recordamos también con quién lo vimos. Como madre, pienso en lo rápido que crecen nuestros hijos mientras nosotros creemos estar simplemente compartiendo un encuentro. Un día descubrimos que aquellas tardes también eran parte de su infancia y de nuestros recuerdos más queridos.
Por eso, cuando se despide un jugador que acompañó tantos años, sentimos que se aleja una parte de nuestra propia historia. Hay adultos que comenzaron a verlo siendo niños y que hoy comparten con sus hijos la emoción de un encuentro. Cristiano estuvo presente a lo largo de ese camino.
Su trayectoria tampoco estuvo libre de frustraciones. Hubo derrotas, críticas y decisiones discutidas. Su anuncio llega después de diferencias públicas con el seleccionador Jorge Jesus, un contexto que forma parte del cierre y que no necesita ocultarse para reconocer lo que construyó. Una carrera tan larga contiene momentos luminosos y otros difíciles. El afecto de una afición también se forma al atravesarlos.
Quizás por eso conmueve tanto verlo despedirse. Quien tantas veces pareció tener una respuesta para cada desafío debe aceptar ahora una separación que ningún entrenamiento puede evitar. Podrá seguir jugando en su club, perseguir nuevas metas y celebrar otros goles, pero representar a Portugal ocupaba un lugar propio. La selección era el regreso a casa, el himno, la responsabilidad de llevar el nombre de su país en el pecho.
Portugal volverá a jugar. Habrá nuevos rostros y otras noches que merecerán ser recordadas. Al principio, sin embargo, muchos buscarán por costumbre al capitán de siempre. Les hará falta verlo al frente del equipo, reconocer su silueta antes del comienzo y sentir esa expectativa que lo acompañaba cada vez que se acercaba al área.
Algún día, otro futbolista vestirá el siete y empezará a escribir su historia. Entre quienes vieron a Cristiano habrá padres y abuelos que señalarán ese número para contar cómo jugaba, cuánto insistía y lo que significó verlo defender a Portugal. Entonces su nombre volverá a una conversación familiar, a una memoria compartida, a ese lugar donde permanecen los deportistas que nos hicieron sentir algo.
Hoy toca despedirlo de la selección. Como madre futbolera, también agradezco lo que estos grandes jugadores nos permiten compartir con nuestros hijos: la ilusión, los nervios, la alegría y hasta la tristeza de un adiós. Durante 23 años, Cristiano acostumbró a su afición a esperar una carrera más, un remate más, un gol más. Esta vez, al otro lado de su mensaje, quedan millones de personas aprendiendo a decirle gracias.




