¿Fuerza del Pueblo o patrimonio político familiar? El debate que nadie quiere dar

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Recordando que, cuando la Fuerza del Pueblo nació en 2019, lo hizo bajo una promesa poderosa: convertirse en una alternativa distinta para la República Dominicana. Se presentó como una organización moderna, abierta, con capacidad para atraer nuevas generaciones, nuevas ideas y nuevos liderazgos. Era, según sus propios discursos, la oportunidad de construir un partido diferente.

Siete años después, muchos dominicanos tienen una percepción completamente distinta.

Porque cuando se observa quiénes ocupan el centro del escenario político dentro de esa organización, la respuesta parece repetirse una y otra vez: Leonel Fernández y Omar Fernández.

Y la pregunta surge sola.

¿Dónde están los demás?

¿Dónde están los dirigentes que han dedicado años a construir el partido desde las provincias? ¿Dónde están los hombres y mujeres que organizaron estructuras, tocaron puertas, defendieron la organización en los momentos difíciles y apostaron por ese proyecto político creyendo que podrían crecer dentro de él?

¿Por qué la conversación nacional sobre el futuro de la Fuerza del Pueblo parece limitarse únicamente a dos nombres que, además, pertenecen a la misma familia?

No se trata de desconocer los méritos de nadie.

Leonel Fernández es, sin discusión, una de las figuras políticas más influyentes de la historia reciente dominicana. Fue tres veces presidente de la República y posee una capacidad intelectual y estratégica reconocida incluso por sus adversarios. Su liderazgo marcó una época y todavía conserva una base importante de seguidores.

Tampoco puede negarse que Omar Fernández ha construido una imagen favorable ante amplios sectores de la población. Su estilo moderado, su capacidad comunicacional y su cercanía con los jóvenes le han permitido posicionarse como una de las figuras políticas con mayor proyección del país.

Pero precisamente por eso es necesario hacer preguntas incómodas.

Porque el problema no es que Leonel tenga liderazgo.

El problema no es que Omar tenga talento.

El problema es que parece que fuera imposible imaginar a alguien más.

En cualquier democracia sana, los partidos son escuelas de liderazgo. Son espacios donde se forman cuadros políticos, donde nuevas figuras emergen, donde las ideas compiten y donde el mérito permite ascender.

Sin embargo, en la Fuerza del Pueblo pareciera existir un techo invisible.

Muchos dirigentes trabajan, organizan actividades, defienden posiciones y mantienen viva la estructura partidaria, pero pocos logran trascender más allá del ámbito interno. Mientras tanto, el protagonismo nacional continúa concentrado en el mismo núcleo familiar.

Y eso genera una percepción peligrosa.

Porque cuando un partido proyecta hacia afuera que su presente y su futuro dependen de un padre y un hijo, deja de transmitir institucionalidad y comienza a parecer una estructura diseñada para preservar un legado familiar.

La gran contradicción es que la Fuerza del Pueblo nació precisamente criticando prácticas de concentración del poder.

Prometió participación.

Prometió apertura.

Prometió una nueva forma de hacer política.

Sin embargo, hoy muchos ciudadanos se preguntan si realmente existe competencia interna o si el desenlace ya está escrito.

¿Puede un dirigente de Santiago aspirar legítimamente a la candidatura presidencial de esa organización?

¿Puede una mujer con años de militancia pensar que tiene posibilidades reales de convertirse en la principal figura del partido?

¿Puede un joven brillante, sin apellido famoso ni conexiones privilegiadas, soñar con alcanzar el liderazgo máximo de la Fuerza del Pueblo?

O más bien, ¿todos saben que el destino político del partido está reservado para quienes llevan el apellido Fernández?

Estas preguntas no son un ataque personal.

Son cuestionamientos legítimos sobre la salud democrática de una organización política que aspira a gobernar el país.

Porque si un partido no logra practicar internamente la pluralidad que exige hacia afuera, corre el riesgo de perder autoridad moral para hablar de institucionalidad.

También existe otro elemento que merece reflexión.

La política dominicana ha estado marcada históricamente por el caudillismo.

Durante décadas, los partidos han dependido excesivamente de figuras individuales. Joaquín Balaguer marcó una era. Juan Bosch marcó otra. José Francisco Peña Gómez hizo lo propio. Más recientemente, Leonel Fernández, Danilo Medina y Luis Abinader han sido el eje alrededor del cual giran sus respectivas organizaciones.

Pero el país ha cambiado.

La ciudadanía es más crítica.

Los jóvenes cuestionan más.

La gente ya no vota únicamente por lealtades históricas; también exige coherencia, transparencia y oportunidades.

Por eso, resulta preocupante que un partido relativamente nuevo reproduzca esquemas que muchos dominicanos pensaban que debían superarse.

La renovación política no consiste únicamente en sustituir a un líder veterano por su hijo.

Eso no es necesariamente renovación.

Eso puede ser simplemente continuidad generacional.

Y aunque la continuidad no es un pecado, sí merece debate cuando limita el surgimiento de otras voces.

Los partidos políticos son financiados por la confianza de la gente. Son instrumentos de representación democrática. No son empresas privadas ni herencias familiares.

Por eso, nadie debería sentirse ofendido cuando la ciudadanía pregunta por qué siempre aparecen los mismos nombres.

Las preguntas incómodas son parte esencial de la democracia.

¿Qué mensaje recibe un dirigente que lleva años trabajando desde las bases cuando observa que las mayores posibilidades de crecimiento parecen depender del apellido que lleva una persona?

¿Qué incentivo tiene una nueva generación de líderes para esforzarse si percibe que existe un camino preferencial previamente definido?

¿Qué ocurrirá con la Fuerza del Pueblo el día que Leonel Fernández decida retirarse definitivamente de la política activa? ¿Existe una cantera sólida de dirigentes capaces de asumir el reto o toda la estructura descansa sobre la popularidad de una sola familia?

Tal vez la respuesta de los dirigentes del partido sea que Omar Fernández representa el liderazgo más competitivo del momento.

Y quizás tengan razón.

Pero incluso si eso fuera cierto, la pregunta de fondo sigue siendo válida: ¿cómo llegó a convertirse en la única opción visible?

Un partido fuerte no teme a la competencia interna.

Un partido fuerte promueve debates.

Un partido fuerte permite que florezcan liderazgos diversos.

Un partido fuerte no necesita convencer al país de que solo una familia tiene la capacidad de conducir su destino.

La Fuerza del Pueblo todavía está a tiempo de demostrar que es mucho más que Leonel Fernández y Omar Fernández.

Todavía puede abrir espacios reales para nuevas figuras.

Todavía puede construir mecanismos transparentes de selección y promover liderazgos regionales, femeninos y juveniles que trasciendan los apellidos.

Pero para hacerlo, primero debe reconocer que existe un problema de percepción.

Y en política, las percepciones importan.

Porque cuando un partido que prometió representar una nueva esperanza termina siendo identificado únicamente con un padre y un hijo, la ciudadanía tiene el derecho de preguntarse si está frente a una organización plural o frente a un proyecto político diseñado para mantener el poder dentro del mismo círculo.

La República Dominicana necesita partidos con instituciones más fuertes que sus líderes.

Necesita organizaciones donde las ideas pesen más que los apellidos.

Necesita espacios donde cualquier ciudadano preparado, comprometido y con vocación de servicio pueda aspirar a dirigir sin que su principal carta de presentación sea pertenecer a una determinada familia.

Y quizás esa sea la pregunta más importante que hoy debe responder la Fuerza del Pueblo:

¿Está formando líderes para el futuro del país o simplemente preparando una sucesión dentro de una misma casa política?

La respuesta no solo definirá el destino de ese partido.

También dirá mucho sobre el tipo de democracia que estamos construyendo como nación.

Desde el escritorio de nuestra Editora

Annie Fernández Selman