Por Annie Fernández
Desde las calles de mi país
Hoy no escribo desde mi escritorio.
Hoy escribo con el alma rota de las calles.
Hoy las palabras no nacen entre libros, una taza de café o el silencio de una oficina. Nacen del sonido de las sirenas, de las conversaciones cargadas de preocupación, de las miradas de quienes salen de sus casas sin la certeza de que al final del día todo estará bien.
Escribo desde las aceras donde los vecinos comentan el último hecho de violencia. Desde los colmados donde ya no solo se habla del precio de la comida, sino también de la inseguridad. Desde el corazón de un país que, poco a poco, parece acostumbrarse a convivir con el miedo.
Lo ocurrido recientemente en Herrera, donde un joven perdió la vida tras recibir un disparo de un agente de la Policía Nacional, ha estremecido a la sociedad dominicana. Las circunstancias de ese hecho deberán ser esclarecidas por las autoridades competentes, con transparencia, objetividad y absoluto respeto al debido proceso.
Pero, más allá de lo que determine la investigación, este caso vuelve a colocarnos frente a una realidad que no podemos seguir ignorando.
¿Qué está pasando con nuestra seguridad ciudadana?
¿En qué momento comenzamos a sentir que el miedo forma parte de nuestra rutina?
Hoy muchos dominicanos viven en estado de alerta permanente.
Miramos dos veces antes de bajar del vehículo.
Aceleramos el paso cuando cae la noche.
Llamamos a nuestros hijos para preguntar si llegaron.
Compartimos nuestra ubicación con quienes amamos.
Esperamos ese mensaje que dice: “Ya estoy en casa”, como si fuera un pequeño milagro cotidiano.
No debería ser así.
La tranquilidad no puede convertirse en un lujo.
Salir a trabajar, estudiar o simplemente caminar por nuestras calles no debería implicar un ejercicio constante de precaución.
Y cuando un hecho involucra a quienes tienen la misión constitucional de proteger a la ciudadanía, la preocupación es todavía mayor. Porque una democracia sólida necesita instituciones fuertes, pero también instituciones en las que la población pueda confiar.
La inmensa mayoría de los hombres y mujeres que sirven en la Policía Nacional salen cada día a cumplir una labor difícil, enfrentando riesgos reales y trabajando por mantener el orden público. Esa realidad merece reconocimiento.
Precisamente por respeto a esos buenos agentes, cada actuación que termina con la pérdida de una vida debe investigarse con rigor. La transparencia fortalece a las instituciones; el silencio o la opacidad las debilitan.
La seguridad ciudadana no consiste únicamente en combatir el delito.
También significa garantizar que toda intervención se realice dentro del marco de la ley, con profesionalismo, preparación, proporcionalidad y respeto absoluto por la dignidad humana.
Porque cuando un ciudadano siente temor de la delincuencia y, al mismo tiempo, desconfianza hacia las instituciones encargadas de protegerlo, la fractura social se hace mucho más profunda.
Sin embargo, sería injusto pensar que toda la responsabilidad recae únicamente sobre la Policía.
La seguridad comienza mucho antes de que aparezca una patrulla.
Comienza en hogares donde se enseñan valores.
En escuelas que educan para la convivencia.
En comunidades que no normalizan la violencia.
En oportunidades reales para nuestros jóvenes.
En programas de salud mental, prevención, deporte, cultura y empleo.
También comienza cuando la justicia actúa con independencia, cuando las investigaciones llegan hasta las últimas consecuencias y cuando cada ciudadano siente que la ley protege por igual a todos.
Nos estamos acostumbrando demasiado rápido a las tragedias.
Leemos un titular.
Nos indignamos unas horas.
Compartimos una publicación.
Y al día siguiente aparece otra noticia que reemplaza a la anterior.
Así, casi sin darnos cuenta, las víctimas dejan de tener nombre y pasan a convertirse en cifras.
Pero detrás de cada caso hay una familia.
Hay una madre que no deja de esperar.
Hay un padre que intenta comprender lo incomprensible.
Hay hermanos, amigos y vecinos cuya vida cambia para siempre.
Ninguna vida puede reducirse a una estadística.
No escribo estas líneas para señalar culpables.
Esa tarea corresponde a la justicia.
Escribo porque me niego a aceptar que el miedo se convierta en la identidad de nuestro país.
La República Dominicana merece recuperar la tranquilidad de sus calles.
Merece instituciones cada vez más profesionales, transparentes y cercanas a la gente.
Merece barrios donde los niños vuelvan a jugar hasta el anochecer, donde los adultos mayores puedan sentarse frente a sus casas sin temor y donde regresar al hogar no sea motivo de alivio, sino simplemente parte de la vida cotidiana.
Hoy escribo como editora.
Pero, sobre todo, escribo como dominicana.
Como una mujer que ama profundamente esta tierra y que todavía cree que podemos construir un país donde la autoridad inspire confianza, donde la justicia fortalezca la paz y donde la seguridad ciudadana deje de ser una promesa para convertirse en una realidad.
Porque cuando una nación pierde la tranquilidad de sus calles, no solo pierde seguridad.
Pierde una parte de su alma.




