Juan Garrigó Mejía: del análisis a la Secretaría General del PRM

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Por Annie Fernández | Análisis Político

Hace unas semanas escribí sobre Juan Garrigó Mejía. En ese momento analizaba una posibilidad: si reunía las condiciones para asumir la Secretaría General del Partido Revolucionario Moderno. Hablé de su capacidad para organizar, de su conocimiento del partido, de liderazgo y, sobre todo, de algo que considero indispensable cuando se trata de dirigir una organización política: saber escuchar, mediar y construir consensos.

Hoy ya no hablamos de una posibilidad. El escenario cambió. Juan Garrigó Mejía es el nuevo secretario general del PRM. Y con su elección comienza lo verdaderamente importante. Porque una cosa es reunir las condiciones para llegar y otra, mucho más exigente, es demostrar desde la posición que esas condiciones pueden convertirse en resultados. Ahora le toca organizar, conciliar, fortalecer las estructuras y hacer del consenso no solo una cualidad personal, sino una herramienta para mantener unido y preparado al partido.

Su llegada a la Secretaría General tiene una lectura política importante. El PRM no es hoy el partido que comenzó a construir una alternativa de poder hace más de una década, ni siquiera es exactamente el mismo que ganó las elecciones en 2020. Es una organización mucho más grande, con mayor presencia territorial, numerosos liderazgos nacionales y locales y, naturalmente, con más intereses y aspiraciones conviviendo dentro de una misma estructura. Administrar esa dimensión política requiere mucho más que ocupar un despacho: exige comprender el partido desde adentro, saber escuchar y tener suficiente capacidad de articulación para mantener funcionando una maquinaria política que inevitablemente comenzará a sentir cada vez con mayor intensidad las presiones del 2028.

Ahí está, precisamente, uno de los mayores retos de Garrigó. Organizar un partido cuando todos persiguen un mismo objetivo es relativamente sencillo; mantenerlo unido cuando comienzan a surgir proyectos, candidaturas y aspiraciones diferentes es otra historia. Los próximos años pondrán a prueba la capacidad de la nueva Secretaría General para manejar esas diferencias sin convertirlas en fracturas. No se trata de eliminar las corrientes internas algo prácticamente imposible y hasta contrario a la naturaleza de un partido democrático, sino de conseguir que esas corrientes puedan competir, expresarse y crecer sin poner en peligro la cohesión de la organización.

Y es precisamente en ese terreno donde las características de Juan Garrigó pueden convertirse en una fortaleza. Su perfil no ha estado construido alrededor de la confrontación permanente ni del protagonismo estridente. Por el contrario, ha proyectado una manera de hacer política más vinculada con la organización, la conversación y la búsqueda de puntos comunes. La política necesita líderes capaces de hablar, pero también necesita dirigentes capaces de escuchar. Y en una Secretaría General, muchas veces será más importante saber sentar en una misma mesa a quienes tienen posiciones diferentes que pronunciar el discurso más celebrado de una actividad.

Pero también existe otro desafío que no puede ignorarse: volver permanentemente a las bases. Cuando un partido llega al Gobierno existe el riesgo de que buena parte de su energía política termine concentrándose en la administración pública y que la estructura partidaria pase a un segundo plano. La militancia territorial, los dirigentes municipales y provinciales y quienes durante años hicieron trabajo político necesitan sentir que siguen formando parte de las decisiones y no únicamente de las movilizaciones electorales. Si Garrigó consigue fortalecer ese vínculo entre la dirección nacional y las estructuras locales, habrá dado uno de los pasos más importantes para consolidar su gestión.

Su elección también representa una oportunidad para modernizar la organización interna del PRM. Los partidos del siglo XXI no pueden continuar funcionando únicamente con los métodos tradicionales de movilización. Necesitan información, planificación, formación política, comunicación interna efectiva, mecanismos para medir el desempeño de sus estructuras y espacios reales para incorporar nuevos liderazgos. Reorganizar no significa desplazar a quienes construyeron el partido; significa conseguir que experiencia y renovación puedan coexistir dentro de una estructura más eficiente. Ese equilibrio podría convertirse en una de las tareas más interesantes de la nueva Secretaría General.

Hay, además, una realidad inevitable: el 2028 comenzará mucho antes de que llegue el 2028. Dentro del PRM existen figuras con legítimas aspiraciones políticas y, mientras avance el calendario, esas aspiraciones tendrán mayor presencia en la vida interna de la organización. La responsabilidad de Garrigó no será favorecer ni detener proyectos particulares, sino garantizar reglas, institucionalidad y espacios de entendimiento para que la competencia no destruya aquello que todos necesitarán después: un partido unido. El verdadero liderazgo partidario se demuestra cuando se puede arbitrar sin convertirse en parte del conflicto.

Esta nueva posición también coloca a Juan Garrigó frente a la oportunidad de construir una huella política propia. Desde ahora será evaluado por su capacidad para resolver problemas, fortalecer estructuras, conciliar diferencias y producir resultados. Y eso es saludable. En política, los cargos pueden abrir oportunidades, pero son los resultados los que terminan construyendo liderazgos. La Secretaría General le ofrece una plataforma extraordinaria, pero también una exposición mucho mayor: cada acierto fortalecerá su figura y cada error tendrá una dimensión nacional.

Cuando escribí sobre él anteriormente, el planteamiento era que Juan Garrigó reunía condiciones para convertirse en secretario general. Hoy esa discusión terminó. Ahora comienza otra mucho más importante. Ya no corresponde preguntarnos si podía llegar, sino observar qué hará después de haber llegado. Si será capaz de transformar capacidad organizativa en organización; vocación de diálogo en consensos; conocimiento del partido en fortalecimiento territorial, y liderazgo en unidad.

Porque alcanzar una posición importante dentro de un partido es un logro, pero nunca puede ser el destino final. El verdadero desafío comienza al día siguiente, cuando desaparecen las aspiraciones y aparecen las responsabilidades.

Juan Garrigó Mejía llegó a la Secretaría General del PRM. Ahora le corresponde demostrar que aquel liderazgo que analizábamos como una posibilidad puede convertirse en una etapa de organización, consenso y fortalecimiento para su partido. Y quizás esa sea, a partir de hoy, la verdadera medida de su liderazgo.