La discusión sobre la reforma fiscal no debería centrarse únicamente en cuánto dinero necesita el Estado. Tampoco debería reducirse a una lista de impuestos, exenciones o nuevas fuentes de ingresos.
A mi juicio, el verdadero debate es mucho más profundo.
La reforma fiscal es, ante todo, una prueba de confianza entre el Gobierno y los ciudadanos.
Porque los dominicanos entienden que el país necesita recursos para funcionar. Entienden que hay carreteras que construir, hospitales que mantener, escuelas que mejorar y servicios públicos que fortalecer. Lo que no siempre entienden es por qué, cuando se habla de resolver los problemas financieros del Estado, la primera respuesta parece ser pedir más esfuerzo a quienes ya cumplen con sus obligaciones.
La confianza no se construye con discursos. Se construye con hechos.
Se construye cuando los ciudadanos perciben que el dinero que aportan es administrado con responsabilidad. Cuando ven resultados. Cuando sienten que existe una verdadera cultura de rendición de cuentas.
Por eso, la discusión de esta reforma no es solo económica.
Es un tema de confianza.
Pero también es un tema de credibilidad.
Resulta difícil pedir mayores sacrificios cuando todavía existen cuestionamientos sobre la eficiencia del gasto público. Antes de solicitar más recursos, muchos ciudadanos esperan ver señales claras de que se está haciendo todo lo posible para administrar mejor los recursos existentes.
La credibilidad de cualquier reforma depende de que la población crea que el esfuerzo tendrá un propósito claro y beneficios concretos para el país.
Y finalmente, es un tema de prioridades.
Toda decisión gubernamental refleja una escala de prioridades. La pregunta que surge es inevitable: ¿qué se está haciendo para reducir gastos innecesarios, eliminar duplicidades y hacer más eficiente la estructura estatal antes de recurrir a una mayor carga para los contribuyentes?
No se trata de rechazar una reforma por principio ni de negar la necesidad de fortalecer las finanzas públicas. Se trata de entender que las reformas sostenibles son aquellas que nacen de la confianza y no únicamente de la necesidad.
Porque al final, los ciudadanos no solo quieren saber cuánto más tendrán que aportar.
Quieren saber que sus aportes serán respetados.
Quieren saber que serán bien administrados.
Y quieren saber que el sacrificio que hoy se les pide forma parte de una visión de país donde las prioridades están claras y donde la confianza y la credibilidad no son promesas, sino prácticas de gobierno.
Ese es, quizás, el verdadero desafío de la reforma fiscal. No recaudar más.
Sino convencer a la ciudadanía de que vale la pena confiar.
Por Annie Fernández Selman




