Desde el escritorio de la editora | Annie Fernández Selman
Hay personas a las que conocemos toda la vida por un apodo y cuyo nombre completo descubrimos por casualidad. Con otras ocurre algo parecido: las llamamos únicamente por su apellido. Cuando un tercero pregunta por ellas utilizando su nombre de pila, nos toma unos segundos identificar de quién se trata. Las conocemos bien, pero las tenemos guardadas en la memoria de otra manera.
Estas escenas revelan que nuestra identidad cotidiana se construye también en la convivencia. El nombre que figura en los documentos comparte espacio con las formas de llamarnos que surgen en la familia, entre amigos, en el trabajo o en el barrio.
Los apodos no son exclusivos de República Dominicana. Existen en distintas culturas para identificar, expresar afecto, crear complicidad o hacer una burla. Entre los dominicanos encuentran una expresión propia en el humor, la conversación y la familiaridad con que solemos relacionarnos.
Un sobrenombre puede guardar una pequeña biografía. Nace de un oficio, una anécdota, una palabra de infancia o una ocurrencia que termina acompañando a alguien durante décadas. El apellido, por su parte, puede convertirse en la referencia habitual en un aula o un entorno laboral. Con el tiempo, esa manera de nombrar se vuelve tan natural que el nombre de pila parece casi una novedad.
En mi caso, me decían “Lola”. Con mi abuelo Bosco compartía un juego de palabras muy nuestro: él me decía “Coca Cola” y yo le respondía “Pepsi Cola”. Aquel intercambio tenía el valor de la complicidad. Recordarlo es recuperar una escena cotidiana en la que el cariño encontraba una forma sencilla de expresarse.
Actualmente, mi chico me llama “Annie Rossinita” y también “Baby”. Para mí, son expresiones de un cariño inmenso. Pertenecen al lenguaje íntimo de nuestra relación y adquieren su significado en su voz, en el momento y en lo que compartimos.
Aunque estas formas de nombrar cumplen funciones distintas, todas muestran la importancia del vínculo. Un apellido puede expresar reconocimiento entre compañeros; un apodo, pertenencia a una comunidad; un nombre cariñoso, intimidad. Su sentido depende de quién lo pronuncia y de cómo lo recibe la otra persona.
En la vida comunitaria, los apodos también conservan memoria. Para quien vuelve después de muchos años, escucharlos puede significar que todavía tiene un lugar allí. Antes de los títulos profesionales, las responsabilidades y la distancia, hubo una familia o una calle que lo conoció de otra manera. Ese reconocimiento explica por qué muchas personas los llevan con orgullo.
Pero la memoria del grupo también puede convertirse en una carga. Alguien crece y transforma su vida mientras su entorno insiste en definirlo por un rasgo físico o por un episodio que quisiera dejar atrás. El apodo termina limitando la identidad de una persona cuya historia es mucho más amplia.
Por eso, su aceptación no puede darse por sentada. Hay quienes responden con alegría y quienes lo hacen para evitar una discusión o una nueva burla. Haber tolerado un sobrenombre durante años no significa necesariamente sentirse cómodo con él.
La frase “eso es de cariño” pierde fuerza cuando se utiliza para desoír una incomodidad. El afecto también se expresa respetando cómo desea ser llamada una persona. Insistir después de que ha pedido lo contrario coloca la costumbre por encima de su voluntad.
Lo mismo debemos examinar en nuestro humor. La creatividad verbal enriquece la convivencia, pero puede reproducir prejuicios cuando convierte el cuerpo, el color de piel, una discapacidad o la pobreza en motivo de ridiculización. La risa compartida une; la que exige soportar una humillación deteriora la confianza.
En las redes sociales, además, las palabras circulan lejos del vínculo que les daba sentido. Un apodo aceptado entre amigos no constituye una autorización para que cualquiera lo utilice. La familiaridad de unos no se transfiere automáticamente a los demás.
Las formas de nombrarnos guardan historias y revelan el lugar que ocupamos en la vida de otros. A veces somos un apellido reconocido entre compañeros; otras, un apodo que nos devuelve al barrio o una palabra cariñosa que solo cobra sentido en una voz.
Esa riqueza merece conservarse con respeto. Porque conocer a alguien también implica reconocer su derecho a decidir cómo quiere ser llamado.




