Desde el escritorio de la editora
Por Annie Fernández
Mi relación con el fútbol comenzó gracias a mi hijo. Su entusiasmo despertó mi curiosidad y, poco a poco, ese deporte que entonces conocía poco empezó a ocupar un lugar en mi vida. Aprendí a mirar el juego siguiendo a Messi: sus movimientos, sus decisiones y esa capacidad para convertir una jugada en un momento de asombro. También descubrí la emoción de esperar un gol y compartir la alegría cuando llegaba.
Con el tiempo me convertí en su admiradora. Desde 2016 compro su camiseta, una costumbre que terminó formando parte de mi historia. Lo que nació como una afición compartida con mi hijo adquirió un significado propio, hecho de partidos, conversaciones y momentos que hoy vuelven especialmente cercana la salida de Messi de la selección.
Seguir a un deportista durante años también significa vincularlo con etapas de la propia vida. Los partidos quedan asociados a las personas con quienes los vimos, a las discusiones que provocaron y a las emociones que dejaron. En mi caso, Messi está unido para siempre a mi hijo y a esa forma de acercarnos a través del fútbol.
Su salida del equipo argentino invita, además, a revisar lo que exigimos a quienes admiramos. A Messi le pedimos talento, goles, títulos y respuestas. Con frecuencia olvidamos que detrás de esa capacidad excepcional había una persona sometida a la frustración, al cansancio y al peso de expectativas desmedidas.
Lo vimos perder finales y regresar a intentarlo. También soportó críticas que parecían ignorar todo lo que ya había entregado. Después llegó la felicidad que durante tanto tiempo se le había negado. Tal vez por eso su trayectoria resulta tan conmovedora: conocemos la distancia entre esforzarse al máximo y sentir que aún no alcanza.
Como editora, creo que también debemos revisar la manera en que contamos estas historias. El deporte no debería limitarse a celebrar al ganador y condenar al que pierde. En los recorridos que no terminan con una copa también hay disciplina, esfuerzo y dignidad. Reconocerlo permite mirar con mayor humanidad a nuestros ídolos y, de paso, a quienes tenemos cerca.
Siento tristeza por este cierre, pero sobre todo gratitud. Messi me enseñó a disfrutar un deporte al que llegué de la mano de mi hijo. Me dio razones para emocionarme, comprender el juego y ponerme una camiseta con la ilusión de verlo competir.
Ahora toca aceptar que una etapa termina. Su ausencia se notará en el campo y en quienes nos acostumbramos a buscarlo cada vez que Argentina necesitaba una razón para creer.
Seguiré guardando esas camisetas. Con los años tendrán un valor aún mayor: conservarán la imagen del futbolista que admiré y de la puerta que mi hijo abrió hacia un mundo que terminé haciendo mío.
Gracias, Messi. Viéndote jugar aprendí de fútbol y compartí momentos inolvidables con mi hijo. Esa será siempre mi victoria más personal.




