Annie Fernández Selman
Editora de Voces del Oeste
Hay algo que muchos dominicanos se han preguntado alguna vez, aunque pocas veces se dice en voz alta: ¿por qué abrir una cuenta de ahorro tiene que ser un proceso tan complicado?
No estamos hablando de solicitar un préstamo millonario ni de abrir una empresa multinacional. Estamos hablando de una persona que simplemente quiere guardar su dinero en un banco.
Algo que debería ser sencillo.
Una cuenta de ahorro debería ser la puerta de entrada al sistema financiero. Debería permitir que cualquier ciudadano comience a ahorrar, construya un historial bancario y, con el tiempo, pueda acceder a otros servicios financieros.
Sin embargo, para muchas personas, esa puerta parece estar llena de candados.
Empiezan las listas de requisitos. Piden cartas de trabajo, comprobantes de ingresos, documentos de identidad, formularios, referencias y otros papeles que, muchas veces, vuelven a solicitar aunque ya fueron entregados. Si falta un detalle, hay que regresar otro día. Si surge una observación, el proceso se detiene. Y cuando finalmente todo parece estar completo, todavía queda esperar la aprobación.
Mientras tanto, el ciudadano solo piensa una cosa:
“Yo solo quiero abrir una cuenta para ahorrar mi dinero.”
Seamos claros. Nadie está diciendo que los bancos deban eliminar los controles. Sería un error. La República Dominicana, como cualquier país, tiene la obligación de prevenir el lavado de activos, el fraude y otros delitos financieros. Los bancos deben conocer a sus clientes y proteger el sistema.
Ese no es el debate.
La verdadera pregunta es otra:
¿Tiene que ser tan difícil demostrar que uno es un ciudadano que simplemente quiere ahorrar?
Hoy vivimos en una era donde podemos pagar impuestos por internet, renovar documentos, comprar una vivienda de manera digital, firmar contratos electrónicamente y validar nuestra identidad con una huella o con el rostro desde un teléfono celular.
Entonces, ¿por qué abrir una cuenta de ahorro sigue sintiéndose como un trámite de hace veinte años?
Hay una contradicción que llama la atención.
Todos hablan de inclusión financiera. Se invita a las personas a dejar el efectivo, utilizar aplicaciones bancarias, hacer transferencias digitales y formar parte del sistema financiero.
Pero cuando alguien decide dar ese primer paso, muchas veces encuentra un camino lleno de obstáculos.
Y eso desanima.
Porque la confianza no comienza cuando el banco aprueba una cuenta. La confianza comienza desde la primera experiencia que vive el cliente.
Mientras más complicado sea el proceso, más personas se preguntarán si realmente vale la pena.
No se trata de eliminar controles. Se trata de hacerlos más inteligentes.
La tecnología ya permite verificar identidades, validar información y cruzar datos en cuestión de segundos. Entonces, ¿por qué el peso del proceso sigue recayendo casi por completo sobre el ciudadano?
Modernizar no significa bajar la guardia.
Modernizar significa proteger al sistema sin hacer sentir al ciudadano que está siendo investigado solo por querer abrir una cuenta para ahorrar.
Esta reflexión no señala a un banco en particular. Tampoco pretende desconocer el trabajo de los organismos reguladores.
Lo que busca es abrir una conversación necesaria.
Porque si queremos un país con más personas bancarizadas, más ahorro, más formalidad y una economía más fuerte, el primer contacto entre el ciudadano y el sistema financiero no puede ser una experiencia que genere frustración.
Los bancos hablan de cercanía. Hablan de innovación. Hablan de transformación digital.
Quizás ha llegado el momento de que esa transformación también se refleje en el trámite más básico de todos: abrir una cuenta de ahorro.
Porque ahorrar no debería sentirse como un privilegio reservado para quien logra superar una larga lista de requisitos.
Debería sentirse como lo que realmente es: un derecho de cualquier ciudadano que decide dar un paso responsable hacia su futuro.
Y aquí queda la gran interrogante que merece un debate nacional:
¿Estamos protegiendo al sistema financiero o, sin darnos cuenta, estamos poniendo demasiadas barreras a las mismas personas que queremos incorporar a él?
Tal vez la respuesta no sea eliminar requisitos. Tal vez la respuesta sea algo mucho más simple: construir un sistema donde la seguridad y la confianza caminen de la mano con la eficiencia y el sentido común. Porque una banca moderna no solo es la que protege el dinero de sus clientes; también es la que hace fácil convertirse en uno de ellos.




