¿Qué significa
El debate entre salud mental, sufrimiento y enfermedad psiquiátrica
Por Henry Montero
Un intercambio entre los psiquiatras Héctor Guerrero Heredia y José Dunker durante RD Debate abrió una pregunta de gran importancia para la sociedad dominicana: ¿qué significa realmente estar mentalmente sano?
La discusión permite abordar una distinción que con frecuencia se pierde cuando hablamos de estos temas: salud mental, sufrimiento humano y enfermedad psiquiátrica son realidades relacionadas, pero no equivalentes.
No toda persona que sufre padece un trastorno psiquiátrico. Del mismo modo, no toda persona que carece de un diagnóstico disfruta necesariamente de un adecuado bienestar psicológico.
Comprender esa diferencia puede ayudarnos a reducir el estigma, evitar la patologización de experiencias humanas normales y, al mismo tiempo, reconocer oportunamente aquellas condiciones que sí requieren evaluación y tratamiento clínico.
La salud mental no se reduce a tener o no tener un diagnóstico
Con frecuencia utilizamos expresiones como “salud mental”, “enfermedad mental”, “problemas emocionales” y “trastornos psiquiátricos” como si fueran equivalentes. No lo son.
Una concepción tradicional divide a las personas entre quienes están mentalmente “sanos” y quienes padecen una “enfermedad mental”. Sin embargo, la comprensión contemporánea es mucho más amplia.
La salud mental incluye aspectos como el bienestar psicológico, la capacidad para afrontar las dificultades de la vida, el funcionamiento cotidiano, las relaciones interpersonales y la posibilidad de desarrollar las propias capacidades.
Por eso, una persona puede no cumplir los criterios para un trastorno psiquiátrico y, aun así, experimentar dificultades persistentes para regular sus emociones, mantener relaciones saludables, manejar el estrés o desenvolverse adecuadamente en determinadas áreas de su vida.
También puede ocurrir lo contrario.
Una persona diagnosticada con depresión, trastorno bipolar, ansiedad u otra condición psiquiátrica puede recibir tratamiento, alcanzar estabilidad clínica, trabajar, estudiar, mantener relaciones significativas y llevar una vida productiva.
La salud mental y la enfermedad psiquiátrica no son simplemente dos extremos de una misma línea.
El sufrimiento humano no siempre es una enfermedad
Esta primera distinción conduce a otra igualmente importante.
Sentirse triste no significa automáticamente tener depresión. Experimentar miedo no implica necesariamente padecer un trastorno de ansiedad. Sentirse solo no constituye por sí mismo una enfermedad psiquiátrica.
El duelo, la frustración, el estrés, la incertidumbre, el miedo y otras formas de sufrimiento forman parte de la experiencia humana.
Para determinar clínicamente si existe un trastorno deben considerarse factores como la intensidad y duración de los síntomas, el contexto en que aparecen, su impacto sobre el funcionamiento y la presencia de criterios diagnósticos específicos.
Esta diferenciación permite evitar dos errores igualmente importantes: pasar por alto enfermedades reales o patologizar experiencias humanas normales.
Distinguir entre sufrimiento y enfermedad tampoco significa minimizar el malestar de una persona.
Por el contrario, permite comprender mejor qué está ocurriendo y determinar qué tipo de apoyo puede necesitar: acompañamiento familiar, recursos comunitarios, psicoterapia, evaluación psiquiátrica, tratamiento médico o una combinación de intervenciones.
Guerrero Heredia y Dunker: dos dimensiones de una misma conversación
El intercambio entre Héctor Guerrero Heredia y José Dunker resulta particularmente interesante porque permite llevar la conversación más allá de una definición académica.
Guerrero Heredia ha insistido en la importancia de diferenciar el concepto amplio de salud mental de las patologías y condiciones que requieren conocimiento clínico especializado. Durante la discusión también llamó la atención sobre problemas como la ansiedad y sobre la influencia que pueden ejercer determinadas condiciones sociales y económicas sobre el bienestar psicológico.
Dunker llevó parte de la conversación hacia otra dimensión igualmente importante: la prevención.
Su planteamiento coloca a la familia y a la escuela en una posición fundamental dentro de la protección de la salud mental, especialmente durante las primeras etapas del desarrollo.
Esta perspectiva obliga a preguntarnos si estamos esperando demasiado tiempo para intervenir.
Si la primera respuesta de una sociedad frente a los problemas de salud mental ocurre cuando una persona ya necesita llegar al consultorio de un psicólogo, de un psiquiatra o incluso a una sala de emergencia, probablemente hemos perdido importantes oportunidades de prevención.
Las posiciones no necesariamente tienen que entenderse como excluyentes.
Podemos necesitar simultáneamente prevención familiar y escolar, intervención psicológica y atención psiquiátrica especializada, dependiendo de las necesidades de cada persona.
Una discusión que también está ocurriendo dentro de la psiquiatría
La necesidad de precisar estos conceptos no se limita a República Dominicana.
En agosto de 2026, la psiquiatra Elizabeth Soyeon Ahn publicó en Psychiatric News, publicación de la American Psychiatric Association, el artículo “Psychiatry, Not Behavioral Health or Mental Health”.
Su planteamiento introduce una distinción importante: “psiquiatría”, “salud mental” y “salud conductual” no deberían utilizarse indiscriminadamente como si describieran exactamente lo mismo.
La psiquiatría es una especialidad médica dedicada al estudio, diagnóstico, prevención y tratamiento de trastornos psiquiátricos. La salud mental constituye un concepto considerablemente más amplio.
La diferencia puede parecer simplemente terminológica, pero tiene consecuencias importantes.
Cuando utilizamos conceptos excesivamente amplios para interpretar cualquier manifestación de malestar humano, corremos el riesgo de medicalizar problemas que también pueden tener dimensiones sociales, económicas, familiares y culturales.
Pero el error contrario también es peligroso.
Si consideramos que solamente existe un problema cuando una persona cumple los criterios para un diagnóstico psiquiátrico, podemos ignorar un deterioro significativo de su bienestar y funcionamiento.
La posición más responsable consiste en reconocer ambas realidades: no todo malestar requiere una etiqueta diagnóstica, pero todo sufrimiento significativo merece ser escuchado y evaluado con seriedad.
Salud mental no significa felicidad permanente
Existe además una expectativa cultural que debemos cuestionar: creer que una persona mentalmente saludable debería sentirse bien permanentemente.
Eso tampoco corresponde a la experiencia humana.
Una persona psicológicamente saludable puede sentir tristeza ante una pérdida, ansiedad frente a una amenaza, frustración ante un fracaso o miedo frente a la incertidumbre.
La salud mental no consiste en eliminar esas emociones.
Consiste, entre otras cosas, en poder reconocerlas, procesarlas, regularlas y adaptarse a las circunstancias sin que destruyan persistentemente nuestra capacidad para funcionar, relacionarnos y tomar decisiones.
La resiliencia tampoco significa ausencia de sufrimiento. Significa desarrollar recursos para afrontar la adversidad y reorganizarse después de ella.
Por eso, el bienestar psicológico no debería medirse simplemente por la ausencia de emociones difíciles, sino también por nuestra capacidad de responder a ellas de manera flexible y adaptativa.
De la consulta médica a la salud pública
Aquí la discusión adquiere una dimensión todavía mayor.
La salud mental no debería considerarse exclusivamente responsabilidad del psicólogo o del psiquiatra. También constituye un asunto de salud pública.
La violencia, la pobreza, el desempleo, la desigualdad, la inseguridad, las condiciones de vivienda, el aislamiento social, el consumo problemático de sustancias, las relaciones familiares y el acceso a servicios de salud pueden actuar como factores de riesgo.
Al mismo tiempo, relaciones familiares saludables, educación, apoyo social, escuelas seguras, oportunidades económicas y acceso temprano a servicios pueden funcionar como factores de protección.
Por eso, cuando una sociedad habla de salud mental, no debería preguntarse solamente: “¿Cuántas personas tienen un diagnóstico psiquiátrico?”.
También debería preguntarse: ¿en qué condiciones viven las personas? ¿Cómo están funcionando? ¿Qué capacidad tienen para afrontar las adversidades? ¿Qué apoyo familiar, escolar y comunitario poseen? ¿Qué posibilidades tienen de recibir ayuda antes de que el sufrimiento se transforme en una crisis?
Estas preguntas nos permiten pasar de un sistema que responde principalmente a la enfermedad hacia otro que también incorpora prevención, intervención temprana y promoción del bienestar.
El debate que República Dominicana necesita
La conversación entre Héctor Guerrero Heredia y José Dunker ofrece una oportunidad que va mucho más allá de determinar cuál especialista tiene razón.
Nos permite preguntarnos cómo queremos comprender y abordar la salud mental como sociedad.
República Dominicana necesita servicios psiquiátricos especializados para las personas que presentan condiciones que requieren diagnóstico y tratamiento médico.
Necesita acceso a psicoterapia.
Pero también necesita prevención, educación, fortalecimiento de las familias, escuelas capaces de identificar señales tempranas y comunidades que comprendan que pedir ayuda psicológica no debe ser motivo de vergüenza.
Y, sobre todo, necesitamos comprender una diferencia esencial: bienestar psicológico, sufrimiento humano y enfermedad psiquiátrica no son sinónimos.
No todo sufrimiento constituye una enfermedad. No toda persona sin diagnóstico disfruta necesariamente de buena salud mental. Y tener un diagnóstico psiquiátrico tampoco impide alcanzar estabilidad, bienestar y una vida significativa.
Quizás, entonces, la pregunta más útil no sea únicamente: “¿Está esta persona mentalmente enferma?”.
También deberíamos preguntarnos: “¿Cómo está viviendo, funcionando, relacionándose y enfrentando las adversidades?”.
Responder esa pregunta exige mirar más allá de una etiqueta diagnóstica.
Exige considerar la historia de la persona, sus relaciones, su familia, su comunidad, sus condiciones sociales, sus recursos psicológicos y su capacidad para recibir ayuda cuando la necesita.
Ahí comienza una conversación más seria sobre salud mental. Y también una verdadera estrategia de salud pública.




