Por Henry A. Montero
Una reflexión a propósito del artículo de Leonel Fernández sobre los riesgos existenciales de la inteligencia artificial.
La advertencia de Leonel Fernández sobre la inteligencia artificial merece atención. Su artículo plantea una pregunta que ya dejó de ser exclusiva de científicos y empresarios tecnológicos: ¿podría la IA convertirse en un riesgo existencial para la humanidad?
La pregunta es válida. Nadie debe tratar con ligereza una tecnología capaz de procesar información a una velocidad inédita, transformar el trabajo, vigilar poblaciones, influir sobre decisiones públicas y concentrar poder económico en pocas empresas. Pero el debate exige una mirada más profunda: la inteligencia artificial no existe separada de las decisiones humanas. No nace con voluntad propia. Es diseñada, financiada, entrenada y utilizada por personas, corporaciones y Estados.
Por eso, quizá la preocupación principal no debería ser si una máquina decidirá destruir a la humanidad, sino por qué los seres humanos hemos ignorado durante tanto tiempo amenazas que ya conocemos, que ya sufrimos y que sí están bajo nuestro control.
No se trata de falta de conocimiento
Durante décadas hemos sabido que la dependencia del petróleo y de los combustibles fósiles acelera el cambio climático. Conocemos los efectos de la contaminación sobre la salud respiratoria, el agua, la agricultura y las comunidades pobres. Sabemos que la desigualdad educativa limita la movilidad social y deja a millones de personas sin las herramientas necesarias para participar de una economía cada vez más compleja. Sin embargo, muchas de esas soluciones se aplazan porque afectan intereses económicos, electorales o geopolíticos.
No se trata de falta de conocimiento. Se trata de falta de voluntad.
En ese sentido, la IA puede convertirse en otro espejo de nuestras prioridades. Puede ser utilizada para diagnosticar enfermedades más temprano, personalizar la educación, facilitar investigaciones científicas, mejorar la productividad y ampliar el acceso al conocimiento. Pero también puede profundizar la vigilancia, reproducir discriminaciones presentes en los datos, desplazar a trabajadores sin protección social y concentrar aún más riqueza y poder en manos de quienes controlan los centros de datos, los chips, las plataformas y la información.
El riesgo no está solamente en la tecnología. Está en el modelo de sociedad que decidamos construir con ella.
El riesgo presente no puede quedar fuera del debate
El argumento de que la IA puede crear una superinteligencia fuera del control humano no debe convertirse en una distracción frente a los daños inmediatos. Es más fácil alarmarse ante un futuro apocalíptico que asumir responsabilidad frente a problemas presentes: escuelas sin recursos, jóvenes sin formación digital, comunidades expuestas a contaminación, empleos precarios y países que consumen tecnología sin participar en su desarrollo.
Para República Dominicana y América Latina, el debate debe ir más allá de si la IA reemplazará empleos. La verdadera pregunta es si estaremos preparados para formar parte de la economía que la IA está creando. Un país que no invierte en educación de calidad, pensamiento crítico, ciencia, salud digital e infraestructura tecnológica corre el riesgo de convertirse en un simple consumidor de herramientas diseñadas por otros.
La educación es central. No para imponer una cultura homogénea ni borrar nuestras identidades, sino para crear una sociedad con valores comunes: respeto por la evidencia, capacidad de diálogo, pensamiento crítico, responsabilidad cívica y apertura a la innovación. Una nación puede preservar su cultura y, al mismo tiempo, preparar a su población para competir, crear y decidir en un mundo tecnológico.
Gobernar la herramienta
La gobernanza de la inteligencia artificial dependerá en gran medida de los Estados. Son los gobiernos quienes deben establecer normas sobre privacidad, uso de datos, transparencia algorítmica, protección laboral, responsabilidad corporativa y acceso equitativo a los beneficios tecnológicos. Pero los Estados no pueden actuar solos. Las grandes empresas tecnológicas poseen recursos, datos e infraestructura que superan los de muchos países. De ahí la necesidad de acuerdos internacionales, supervisión independiente, participación académica y ciudadanía informada.
La inteligencia artificial no es un destino inevitable ni una fuerza sobrenatural. Es una herramienta dentro de la historia de la globalización, del desarrollo económico y de la competencia entre países. Como ocurrió con la industrialización, la electricidad, Internet y los teléfonos inteligentes, sus efectos dependerán de quién tenga acceso a ella, quién escriba las reglas y quién asuma las consecuencias de sus decisiones.
La advertencia sobre la IA debe tomarse en serio. Pero el mayor peligro sería utilizar el miedo a una amenaza futura para no enfrentar las responsabilidades que ya tenemos hoy. Antes de preguntarnos si la inteligencia artificial acabará con la humanidad, debemos preguntarnos si estamos dispuestos a gobernar con responsabilidad las herramientas que nosotros mismos hemos creado.
Artículo de referencia: Leonel Fernández, “La Inteligencia Artificial: ¿Riesgo existencial para la humanidad?”, Listín Diario.




