Annie Fernández Selman
Editora de Voces del Oeste
Hay algo que he aprendido en los últimos días, y es que el cuerpo siempre habla. La diferencia es que muchas veces nosotros elegimos no escucharlo.
Durante meses mi cuerpo me estuvo enviando señales. No eran grandes alarmas; eran pequeños susurros que yo decidía justificar. Una ronquera que no terminaba de irse. Un proceso viral respiratorio tras otro. Un cansancio que atribuía al trabajo. Una sensación constante de agotamiento que resolvía con una taza más de café, una agenda más organizada o una noche durmiendo un poco menos.
Pensaba que podía con todo.
Y, en cierto modo, había construido mi vida alrededor de esa idea.
Soy madre. Soy hija. Soy novia. Tengo amigos a quienes amo. Dirijo proyectos. Escribo. Coordino equipos. Atiendo responsabilidades legales, editoriales y personales. Trabajo prácticamente las 24 horas del día porque amo lo que hago, y porque siempre aparece una tarea más que siento que no puede esperar.
Pero mi cuerpo sí sabía que no podía seguir al mismo ritmo.
Y, aunque yo no estaba haciendo la pausa que realmente necesitaba, hubo algo que, sin saberlo, quizás evitó que el grito llegara antes. De vez en cuando me escapaba. Tomaba uno o dos días para irme al mar, caminar por la playa, sentarme frente al horizonte y respirar profundamente. En esos momentos sentía que recargaba un poco el alma y volvía a empezar.
Hoy pienso que esas pequeñas escapadas fueron un alivio temporal. Como poner una curita sobre una herida que necesitaba descanso de verdad. Tal vez esas pausas espontáneas lograron prolongar un poco más el momento en que mi cuerpo explotara. Quizás evitaron que el grito llegara antes. Pero no resolvieron el verdadero problema: seguía viviendo al límite.
Porque una escapada no siempre es descanso. A veces solo es una breve pausa entre una carrera y la siguiente. Creemos que desconectamos, pero seguimos cargando mentalmente con las responsabilidades, con las preocupaciones y con la presión de volver para continuar exactamente donde lo dejamos. Descansar de verdad implica mucho más que cambiar de paisaje; implica darle al cuerpo el tiempo suficiente para recuperarse.
Primero mi cuerpo me habló en voz baja. Después empezó a levantar la voz. Y como seguí sin escucharlo, terminó gritándome.
Dos crisis importantes me llevaron a una sala de emergencias. La primera no dejó respuestas claras. La segunda tampoco terminó siendo el diagnóstico que todos imaginábamos. Sin embargo, sí confirmó algo mucho más importante: mi cuerpo llevaba mucho tiempo pidiéndome una pausa.
Fue en ese momento cuando comprendí que mi vida también podía ser frágil. Que no somos invencibles. Que, por mucho que planifiquemos, trabajemos y cuidemos de todos los que amamos, también podemos llegar al límite. Y cuando la salud se compromete, todo lo demás pierde importancia.
La pausa dejó de ser una opción.
Se convirtió en una necesidad.
Hoy, mientras escribo estas líneas, sigo recuperándome. Y lejos de sentir culpa por detenerme, empiezo a entender que esta pausa también es parte del camino. Que descansar no es abandonar mis responsabilidades, sino cuidar a la persona que debe sostenerlas.
Qué curioso resulta que muchas veces esperamos enfermarnos para darnos el permiso de descansar. Como si el descanso hubiera que ganárselo. Como si detenerse fuera un premio reservado únicamente para quienes ya no pueden más.
Vivimos celebrando la productividad, el estar ocupados, el responder inmediatamente, el cumplir con todo. Pero pocas veces celebramos a quien sabe detenerse antes de romperse.
Hoy entiendo que descansar no es perder el tiempo.
Es una forma de preservar la vida que estamos construyendo.
Porque ningún proyecto vale nuestra salud. Ninguna meta merece el precio de ignorar lo que el cuerpo lleva meses intentando decirnos. Ningún compromiso con los demás puede estar por encima del compromiso que tenemos con nosotros mismos.
Quizá el mayor acto de amor propio no sea seguir resistiendo.
Quizá sea detenernos a tiempo.
Si últimamente tu cuerpo también te está hablando; si duermes mal, si te enfermas con frecuencia, si vives agotado, si sientes que cada día cuesta un poco más levantarte, no esperes a que grite.
Escúchalo cuando todavía susurra.
Porque el cuerpo no busca detener tus sueños.
Solo intenta asegurarse de que estés lo suficientemente bien para seguir viviéndolos.




