Por Henry Montero
Vivimos en una época donde una opinión puede recorrer el mundo en segundos, donde las redes sociales tienen el poder de construir prestigios o destruir reputaciones antes de que los hechos sean plenamente conocidos. En medio de esa velocidad, existe un valor que parece volverse cada vez más escaso: la prudencia.
La Biblia nos recuerda que la lengua tiene poder de vida y de muerte. Sin embargo, con demasiada frecuencia olvidamos que detrás de cada nombre expuesto públicamente existe una persona, una familia, una historia y un corazón que también siente el peso de las palabras.
Quizá una de las pruebas más difíciles que pueda atravesar un siervo de Dios no sea la escasez, la persecución o el cansancio del ministerio, sino ver cómo su honra es puesta en duda mientras continúa intentando servir con fidelidad. No hay dolor pequeño cuando la vocación se encuentra bajo sospecha y el juicio de la opinión pública reemplaza el tiempo necesario para el discernimiento.
Cuando un pastor o una familia ministerial atraviesan momentos de señalamientos, no solo se cuestiona una imagen. También se afectan relaciones, comunidades de fe y personas que durante años han encontrado consuelo, dirección y esperanza a través de ese ministerio.
Como profesional de la salud mental he aprendido que la exposición constante a la crítica, la descalificación y la sospecha puede producir heridas profundas: ansiedad, agotamiento emocional, tristeza e incluso aislamiento. Como creyente, también sé que muchas de las batallas más intensas no siempre son visibles para quienes observan desde fuera.
Hoy deseo elevar una oración por el pastor Marcos y por Marcos Yaroide. No porque los seres humanos sean infalibles, pues ninguno lo es, sino porque toda persona merece justicia, respeto y la oportunidad de que la verdad prevalezca sobre la especulación.
El llamado de Dios nunca ha dependido de la aprobación de los hombres. Quien llama también sostiene. Quien unge también fortalece. Y quien permite la prueba nunca abandona a quienes permanecen confiando en Él.
Pienso entonces en el verdadero significado de la iglesia.
La casa de Dios no es un escenario para exhibir perfección; es un refugio para quienes reconocen su necesidad de gracia. Es el lugar donde el cansado encuentra descanso, donde el quebrantado encuentra consuelo y donde el pecador encuentra esperanza. Cada vez que un pastor abre las puertas del templo y dice: “Te esperamos”, esa invitación trasciende la voz humana. Es, en muchos casos, un eco del llamado del Padre que sigue buscando a sus hijos.
Por eso, más allá de cualquier controversia, esta también puede ser una oportunidad para examinarnos como sociedad.
¿Nos hemos acostumbrado a condenar antes de escuchar?
¿A compartir antes de verificar?
¿A destruir antes de comprender?
No se trata de cerrar los ojos ante la verdad cuando deba ser enfrentada. La justicia y la transparencia siempre serán necesarias. Pero también lo serán la prudencia, el debido proceso, la misericordia y el discernimiento. Una sociedad madura sabe investigar sin difamar y corregir sin perder la humanidad.
Las Escrituras enseñan que hay tiempo para hablar y tiempo para callar; tiempo para exhortar y tiempo para orar; tiempo para corregir y tiempo para restaurar. Esa sabiduría sigue siendo urgente en nuestros días.
Necesitamos menos ruido y más reflexión.
Menos condenas impulsivas y más responsabilidad moral.
Menos publicaciones nacidas del enojo y más palabras guiadas por la verdad y el amor.
Mi oración hoy es sencilla.
Que Dios fortalezca al pastor Marcos y a Marcos Yaroide.
Que guarde su corazón de la amargura, del desánimo y del temor.
Que les conceda sabiduría para responder con serenidad y firmeza.
Y que toda mentira, toda calumnia y toda palabra torcida pierdan fuerza delante de la verdad, porque la verdad siempre encuentra el camino para salir a la luz.
También oro por nosotros.
Porque todos necesitamos aprender a cuidar mejor nuestras palabras. A recordar que detrás de cada titular hay seres humanos. A entender que la honra es un bien precioso que nunca debería ser tratado con ligereza.
Cuando un hombre o una mujer decide dedicar su vida al servicio de Dios, ese compromiso merece, al menos, ser tratado con respeto. Y si llega el tiempo de la prueba, que nuestra voz no se una al coro de la calumnia, sino al de la sensatez, la compasión y la oración.
Que Dios siga llamando a sus hijos a Su casa.
Que siga levantando voces que anuncien esperanza.
Y que, aun en medio de cualquier tormenta, nunca nos falten corazones dispuestos a rendirse únicamente delante de Él.
Henry Montero




