Cuando la teoría abraza la vida Amamantar de la teoría a la práctica

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Por: Navia Soler
Psicóloga Clínica

Durante años he acompañado a mujeres en el inicio de la lactancia materna. He leído investigaciones, tomado cursos, impartido talleres y presenciados cientos de historias. Sin embargo, la práctica me ha enseñado una lección que ningún libro podía ofrecerme: antes de mirar el pecho, hay que mirar a la mujer.

Recuerdo el nacimiento de una bebé de seis libras, sana y fuerte. Desde la cesárea estuve con la madre. Se respetó la hora dorada. Hubo contacto piel con piel desde los primeros minutos y evitamos la separación innecesaria. Todo parecía indicar que el inicio de la lactancia sería sencillo.

Pero no fue así.

La bebé no lograba realizar una succión rítmica y sostenida. Durante las primeras veinticuatro horas confirmamos que el reflejo de succión era ineficaz. Descubrimos una deglución atípica asociada a un empuje lingual.

La alimentación comenzó mediante extracción de leche materna administrada con jeringa y, cuando fue necesario, con pequeñas cantidades de fórmula.

Hoy esa bebé tiene siete meses. Y su mamá continúa la lactancia materna por diferido.

Durante este camino hubo momentos en los que fue necesario suplementar. Con los años he aprendido que, en determinadas circunstancias, completar una toma con fórmula puede ser la estrategia que permita preservar la lactancia, en lugar de abandonarla por completo.

La fórmula no siempre representa el fracaso de la lactancia. En ocasiones, es el puente que permite llegar a ella.

También recuerdo a otra familia.

Su hija nació con apenas 3.5 libras. Era prematura, profundamente deseada y concebida mediante fertilización asistida.

El trabajo en equipo fue extraordinario. La pediatra promovió la alimentación con leche materna, de la madre y donada. combinábamos alimentación diferida con oportunidades para llevar a la bebé al pecho.

No fue un proceso de días.

Fue un proceso de paciencia.

De repetir.

De volver a intentar.

De sostener emocionalmente a una madre mientras aprendía a sostener a su hija.

Aquella bebé recibió lactancia materna exclusiva y continuó siendo amamantada hasta los dos años de edad.

Estas historias suelen hacerme regresar a la mía.

Mi primer hijo nació mediante una cesárea de emergencia. Esa noche permanecimos separados. Mientras yo dormía en la habitación, él permanecía en la unidad neonatal.

A la mañana siguiente llegué a neonatal ilusión y miedo.

Había estudiado lactancia. Había acompañado a muchas madres. Había cuidado a muchos bebés. Conocía la teoría.

Pero nunca había sido madre.

Recuerdo a una enfermera decir:

—Vamos a ver si quiere tomar del pecho, porque ya lo alimentamos con fórmula.

Mi madre estaba a mi lado recordándome todo lo que había aprendido. Y motivándome, Sin embargo, comprendí que una cosa era conocer la teoría y otra muy distinta era vivirla.

Quizá por eso, años después, el nombre de uno de mis talleres nació casi de forma natural: De la teoría a la práctica.

Con mis hijos no enfrenté grandes dificultades físicas para amamantar. Mirándolo desde el conocimiento que tengo hoy, probablemente mi producción de leche era menor que la de otras mujeres y el contenido calórico podía variar. Aun así, crecieron sanos, incluso siendo niños con antecedentes de alergias.

En aquella época llegué a preguntarme cómo podría acompañar con verdadera empatía a mujeres que atravesaban enormes dificultades si mi experiencia había sido relativamente sencilla.

La respuesta no llegó en un curso.

Llegó escuchando.

Llegó acompañando.

Llegó comprendiendo que cada historia exige menos juicios y más presencia.

Con el tiempo también entendí que muchas de las ideas que había aprendido necesitaban transformarse. Hoy procuro mirar primero a la mujer, sus emociones, sus miedos y sus necesidades. Solo después observo la técnica, el agarre o la transferencia de leche.

Porque una madre que se siente comprendida piensa con mayor claridad, toma mejores decisiones y encuentra más recursos para afrontar las dificultades.

También he acompañado mujeres que, pese a un esfuerzo inmenso, no pudieron producir toda la leche que sus hijos necesitaban. Algunas convivían con hipoplasia mamaria; otras habían pasado por cirugías o presentaban condiciones anatómicas que limitaban la producción de leche.

En esos casos, la fórmula dejó de ser un enemigo para convertirse en un salvavidas.

Y eso también merece respeto.

La lactancia materna no puede medirse únicamente por los mililitros de leche que recibe un bebé.

También debe medirse por la paz con la que una madre atraviesa ese proceso.

Porque alimentar a un hijo nunca debería significar abandonar a quien lo alimenta.

Quizá la mayor enseñanza que me ha dejado este camino sea esta: cuando cuidamos a la madre, aumentamos las posibilidades de cuidar también al bebé.

Y, en ocasiones, el acto más amoroso no consiste en elegir entre pecho o fórmula, sino en acompañar a una mujer para que tome la mejor decisión posible para su realidad, sin culpa, sin miedo y sin sentirse sola.

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