El delito no puede seguir pareciendo éxito

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Hay una pregunta que debemos hacernos con honestidad: ¿qué está pasando con una parte de nuestra juventud?

Cada vez conocemos más historias de jóvenes dominicanas que se vinculan sentimentalmente con delincuentes, narcotraficantes y hombres relacionados con la violencia. Algunas terminan involucradas en actividades criminales; otras pierden su libertad, su tranquilidad y, en los casos más dolorosos, hasta la vida.

No pretendo generalizar ni responsabilizar exclusivamente a las mujeres. La mayoría de nuestros jóvenes estudia, trabaja y lucha dignamente por salir adelante. También existen jóvenes engañadas, manipuladas o atrapadas en relaciones violentas de las que no resulta sencillo escapar.

Pero tampoco podemos convertir todas las decisiones equivocadas en simples consecuencias de la falta de oportunidades.

La precariedad económica puede explicar muchas vulnerabilidades, pero no necesariamente justifica acercarse conscientemente al mundo criminal. Miles de jóvenes crecen en condiciones difíciles y, aun así, deciden estudiar, trabajar y construir sus vidas sin participar en actividades ilícitas.

El problema es más profundo: estamos viviendo en una sociedad que admira el resultado, pero pocas veces pregunta por el proceso. Importa el vehículo, la cadena, el viaje, la ropa y la botella costosa. Parece importar muy poco de dónde salió el dinero utilizado para pagarlos.

El lujo del bajo mundo

Las redes sociales han contribuido a disfrazar el delito de éxito. Muestran mansiones, fiestas, vehículos y dinero en efectivo, pero esconden las amenazas, las persecuciones, las cárceles, las traiciones y los funerales.

Se proyecta una vida de poder, cuando en realidad se trata de una existencia dominada por el miedo.

También hemos romantizado la figura del delincuente hasta convertirlo en una especie de personaje admirado. Se habla de cuánto dinero tenía, cuántas mujeres lo acompañaban y cuáles bienes poseía, como si esos elementos borraran el daño causado a otras personas.

Cuando el origen de la riqueza deja de importar, el delincuente comienza a ser visto como un hombre exitoso y no como alguien cuyo patrimonio posiblemente fue construido mediante la violencia, el miedo o el sufrimiento ajeno.

No todo regalo es amor

Muchas jóvenes confunden provisión económica con amor y control con protección. Un hombre puede regalar ropa, pagar viajes y ofrecer comodidades, pero eso no significa que esté construyendo una relación sana.

En los ambientes criminales, el dinero también puede convertirse en una herramienta de sometimiento. La joven que inicialmente recibe regalos podría terminar prestando su cuenta bancaria, ocultando bienes, transportando objetos o mintiendo ante las autoridades. Cuando intenta alejarse, posiblemente ya conoce demasiado o depende económicamente de esa persona.

Por eso debemos enseñarles a nuestras hijas que la verdadera seguridad no consiste en depender del poder económico de un hombre, especialmente cuando no puede explicar honestamente el origen de sus recursos.

El amor que pone en peligro tu libertad, tu dignidad o tu vida no es amor.

¿Dónde están las oportunidades?

El Estado también debe asumir su responsabilidad. Resulta difícil pedirle paciencia a una generación que enfrenta empleos mal pagados, escasas oportunidades de capacitación y pocas posibilidades de adquirir una vivienda o alcanzar independencia económica.

No basta con repetirles que estudien y trabajen. Debemos garantizar que ese esfuerzo tenga posibilidades reales de producir resultados.

Sin embargo, abrir oportunidades tampoco sustituye la responsabilidad personal. Una sociedad justa debe ofrecer caminos legítimos para progresar, pero cada persona sigue siendo responsable de escoger cuál transitar.

La pobreza no convierte automáticamente a nadie en delincuente, como tampoco el dinero ilícito convierte a una persona en exitosa.

La crianza también importa

Las familias tenemos que revisar lo que estamos enseñando. No podemos educar a nuestros hijos para perseguir únicamente bienes materiales y después sorprendernos cuando deciden obtenerlos por cualquier vía.

Debemos hablarles sobre dignidad, independencia, límites y consecuencias. Enseñarles que no todo lo costoso representa progreso y que detrás de una vida aparentemente perfecta puede esconderse una realidad peligrosa.

También debemos escuchar. Una joven emocionalmente abandonada puede resultar más vulnerable ante alguien que le ofrece atención, pertenencia y una falsa sensación de protección.

La crianza necesita presencia, no solamente provisión económica.

Dejemos de admirar lo que nos destruye

El verdadero problema está repartido entre la falta de oportunidades, una crianza debilitada, la presión de las redes sociales, el deseo de dinero rápido y las decisiones personales. Ninguna explicación aislada resulta suficiente.

Como sociedad, debemos dejar de admirar el lujo cuando desconocemos su origen. Debemos dejar de llamar “éxito” a la riqueza construida sobre el dolor de otros y dejar de romantizar relaciones que colocan a nuestras jóvenes cerca de la violencia.

Porque el dinero fácil casi nunca llega solo. Viene acompañado de miedo, dependencia y consecuencias.

Podemos comprender las circunstancias sin justificar las decisiones. Podemos exigir mejores oportunidades sin renunciar a la responsabilidad individual. Y podemos hablar de nuestras jóvenes sin condenarlas, pero también sin ocultarles la verdad.

Ninguna cartera, ningún vehículo y ninguna vida de apariencias valen la libertad, la dignidad ni la vida.

Por Annie Fernández