El dembow no está muerto: ¿se está quedando huérfano?

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Desde el escritorio de la editora | Annie Fernández Selman

El dembow no está muerto. Quizás una parte del negocio que creció a su alrededor se esté quedando huérfana. Huérfana de patrocinadores, de dinero fácil y de una forma de financiar la popularidad que merece ser examinada. La provocación abre una pregunta incómoda: ¿cuánto del éxito que veíamos podía sostenerse con los ingresos de la música y cuánto dependía de quien estaba dispuesto a pagar la cuenta?

En esa discusión aparecen el narcotráfico y el lavado de activos. Existen antecedentes de acusaciones que señalan el uso de la música urbana para dar apariencia de legalidad a recursos ilícitos. Sin embargo, esos casos no permiten afirmar que todo el dembow haya sido sostenido por dinero criminal. Tampoco demuestran que una disminución de esos recursos explique la situación actual del género. Una sospecha, por extendida que esté, no sustituye la evidencia.

La hipótesis merece discutirse con esa precisión: si determinados proyectos dependían de capitales irregulares, la pérdida de ese financiamiento podría dejar al descubierto su fragilidad. Pero sería necesario demostrar tanto el origen del dinero como su retirada. Observar menos videos, menos estrenos o menos ostentación no basta para establecer una relación causal.

El problema de fondo es la facilidad con que confundimos exposición con rentabilidad. Un artista puede aparecer constantemente en las plataformas, exhibir vehículos y estrenar producciones costosas sin que sepamos si su música genera lo suficiente para cubrir esos gastos. Desde fuera vemos el espectáculo; las cuentas permanecen detrás del telón.

Un videoclip demuestra que alguien pagó por producirlo. Una campaña intensa demuestra que hubo recursos para promocionarla. El verdadero examen comienza cuando se pregunta cuánto recuperó esa inversión, de dónde provinieron los fondos y si el proyecto puede continuar sin depender de una sola persona. Allí se distingue una carrera sostenible de una imagen de prosperidad.

Santiago Matías, Alofoke, ha planteado necesidades concretas para el crecimiento del dembow: más colaboraciones, mejores voces, mayor calidad de ingeniería y una presencia más firme en los grandes circuitos internacionales de la música. Esa valoración sitúa parte del desafío en la construcción de una estructura profesional capaz de convertir la popularidad en oportunidades duraderas.

Su planteamiento invita a mirar más allá de las reproducciones. Tener atención no equivale a contar con buena distribución, representación competente o una administración que proteja los ingresos del artista. Una canción puede circular ampliamente mientras su intérprete sigue sin comprender sus contratos, sus regalías o el costo real de mantener su carrera.

En medio de esta conversación, Kevin Wai se atribuyó haber “salvado” el dembow, mientras su colaboración con Bulin 47, “Dame Hombro”, alcanzaba una amplia difusión. La afirmación corresponde a su valoración personal. El éxito compartido sí ha llevado el ritmo a públicos diversos, pero ese alcance no demuestra que antes estuviera muerto.

Atribuirse la resurrección de un género es una frase eficaz para provocar conversación. Como análisis, se queda corta. Una expresión musical reúne años de trabajo, productores, intérpretes, bailarines y públicos que la mantienen en circulación. Una colaboración puede abrir una etapa, renovar el interés o ampliar su alcance; difícilmente puede reclamar para sí toda esa historia.

Además, el fenómeno de “Dame Hombro” permite cuestionar el propio anuncio de muerte. Si una propuesta consigue movilizar audiencias, todavía hay capacidad de conexión. Lo que corresponde estudiar es qué encontró el público en ella y cómo transformar ese interés en un crecimiento que beneficie a más proyectos. El entusiasmo de una temporada necesita continuidad para convertirse en desarrollo.

También sería injusto concederle al narcotráfico la paternidad cultural del dembow. El barrio aporta lenguaje, identidad, ingenio y una manera particular de narrar la vida. Que una estructura delictiva pueda aprovechar una actividad artística no significa que sea autora de su creatividad. Confundir ambas cosas termina borrando el esfuerzo de quienes trabajan de manera legítima.

Esa distinción no debe servir para evadir las preguntas sobre el dinero. Quien financia un proyecto adquiere influencia sobre sus decisiones y, en ocasiones, sobre el futuro de sus integrantes. Por eso importa conocer a los socios, documentar los acuerdos y explicar las operaciones. La informalidad puede parecer cómoda al principio y convertirse después en una dependencia difícil de romper.

La responsabilidad alcanza a representantes, promotores, productores y empresarios. Nadie está obligado a realizar una investigación penal por cuenta propia, pero hacer negocios exige conocer con quién se contrata y bajo cuáles condiciones. El prestigio de una figura o su capacidad para pagar no deberían cerrar la conversación sobre el origen de sus recursos.

Al mismo tiempo, una evaluación seria debe considerar otras causas posibles del desgaste: la repetición de fórmulas, la saturación de lanzamientos, los cambios del público y la dificultad de convertir la viralidad en una trayectoria. Atribuir cualquier tropiezo al narcotráfico nos ahorraría estudiar esas debilidades y dejaría intactos problemas que la propia industria sí puede corregir.

El dembow necesita inversión transparente, contratos comprensibles, regalías bien administradas y una estrategia que permita a sus talentos vivir de su trabajo. Necesita que el dinero llegue para desarrollar proyectos con viabilidad, y que quienes crean puedan participar de manera justa en los beneficios que producen.

Quizás la orfandad sea, entonces, una metáfora útil para examinar ciertas dependencias. Si una carrera se desploma cuando desaparece un patrocinador, conviene preguntar qué estructura había debajo. Si el financiamiento era ilícito, corresponde investigarlo. Si era legítimo, habrá que entender por qué el proyecto no consiguió sostenerse.

El futuro del dembow no puede descansar en la billetera de un protector ni en la proclamación de un salvador. Se construye cuando el talento encuentra condiciones para crecer, cobrar y permanecer. Porque una industria alcanza madurez cuando puede explicar, además de cómo suena y cuánto se ve, de qué vive.