El Desafío de Darializa Avila Chevalier: Probar que se puede mantener una posición pro-Palestina mientras se mantiene un compromiso con la seguridad de los judíos de Nueva York

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Henry Montero

Por Voces del Oeste

La victoria de Darializa Avila Chevalier sobre Adriano Espaillat en la primaria demócrata del distrito congresional 13 de Nueva York abre una nueva etapa política en una de las ciudades más diversas, sensibles y simbólicamente importantes del mundo. Su triunfo no solo representa un cambio generacional y progresista dentro del Partido Demócrata; también coloca en el centro del debate una pregunta delicada: ¿puede una líder abiertamente pro-Palestina mantener, al mismo tiempo, un compromiso firme, visible y creíble con la seguridad de la comunidad judía de Nueva York?

La respuesta no dependerá únicamente de sus discursos de campaña. Dependerá de sus actos, de su lenguaje público, de sus alianzas, de su capacidad para escuchar y de la manera en que ejerza el poder en una ciudad donde conviven comunidades judías, musulmanas, árabes, latinas, afroamericanas, caribeñas, inmigrantes y progresistas con historias muy distintas, pero con una necesidad común: vivir con dignidad y seguridad.

Chevalier ha sido descrita por varios medios como una activista progresista, socialista democrática y crítica fuerte de Israel. JTA la presentó como una crítica “firme” de Israel y exorganizadora del campamento propalestino en Columbia University, mientras que City & State New York reportó que apoya el movimiento de Boicot, Desinversión y Sanciones contra Israel, conocido como BDS. Esa identidad política la ayudó a conectar con sectores jóvenes y de izquierda que ven la causa palestina como una lucha de derechos humanos. Pero también genera preocupación en sectores de la comunidad judía que temen que la crítica contra el gobierno de Israel pueda transformarse, directa o indirectamente, en hostilidad hacia los judíos.

Ese es precisamente el desafío político y moral de Chevalier.

Una cosa es cuestionar las políticas del gobierno israelí, denunciar la situación humanitaria en Gaza o criticar el poder de grupos de presión como AIPAC. Otra muy distinta es permitir que ese debate se convierta en una plataforma donde se normalicen expresiones antisemitas, se minimice el trauma judío o se ponga en duda el derecho de los judíos neoyorquinos a sentirse seguros en sus sinagogas, escuelas, negocios y vecindarios.

Durante la campaña, el tema de Israel y Palestina fue uno de los puntos más tensos. NY1 reportó que Chevalier acusó a Espaillat de recibir apoyo financiero de AIPAC mientras votaba a favor de enviar fondos a Israel, país al que ella acusó de cometer genocidio; Espaillat, por su parte, respondió señalando que él apoya una solución de dos Estados y acusó a Chevalier de no creer en la existencia de Israel. Más allá de la confrontación electoral, ese intercambio revela la profundidad de una fractura dentro del Partido Demócrata: una parte del partido mantiene una postura tradicionalmente pro-Israel, mientras otra exige una ruptura más clara con la política exterior estadounidense hacia Israel.

La victoria de Chevalier también fue interpretada como un golpe al establishment demócrata. Axios reportó que el resultado representó una derrota importante para la estructura tradicional del partido y que BOLD America, grupo apoyado por el super PAC del Caucus Hispano del Congreso y por United Democracy Project, vinculado a AIPAC, gastó aproximadamente 2.9 millones de dólares en apoyo a Espaillat. Para muchos progresistas, ese dato confirma que Chevalier venció no solo a un incumbente, sino también a una poderosa maquinaria política. Para algunos sectores judíos pro-Israel, en cambio, su victoria puede sentirse como una señal preocupante del debilitamiento de las voces tradicionales que defienden a Israel en Washington.

Pero sería un error presentar a la comunidad judía de Nueva York como si pensara de una sola manera. Existen judíos ortodoxos, conservadores, reformistas, seculares, progresistas, sionistas, antisionistas, israelíes-americanos y jóvenes judíos que también participan en movimientos pro-palestinos. Jewish Currents, una publicación judía de izquierda enmarcó la candidatura de Chevalier como parte de una insurgencia anti-AIPAC en un distrito obrero, mayoritariamente negro y latino. Esto demuestra que el debate no es simplemente “judíos contra palestinos” ni “latinos contra judíos”. Es una discusión mucho más compleja sobre poder, justicia, identidad, seguridad, derechos humanos y representación política.

Sin embargo, reconocer esa complejidad no elimina las responsabilidades de una funcionaria pública. Si Chevalier aspira a representar a todos los ciudadanos de su distrito, deberá hablarles también a aquellos que no votaron por ella, incluyendo a familias judías que pueden verla con temor o desconfianza. Para ellas, las palabras importan. Las reuniones importan. Las condenas claras al antisemitismo importan. La protección de instituciones religiosas importa. Y la capacidad de separar una crítica legítima a un Estado de cualquier prejuicio contra un pueblo es indispensable.

Su reto será demostrar que ser pro-Palestina no significa ser anti-judía. Que defender los derechos del pueblo palestino no exige negar el dolor histórico del pueblo judío. Que criticar a Israel no debe convertirse en una excusa para justificar amenazas, acoso o intimidación contra judíos en Nueva York. Y que la justicia para una comunidad no puede construirse sobre el miedo de otra.

Nueva York es una ciudad marcada por memorias profundas. La comunidad judía carga con la historia del Holocausto, el antisemitismo, los ataques a sinagogas y el aumento de incidentes de odio en los últimos años. La comunidad palestina y árabe, por su parte, carga con experiencias de desplazamiento, guerra, discriminación, vigilancia y deshumanización. Una política madura debe poder sostener ambas verdades sin reducir a ninguna comunidad a una caricatura.

La nueva generación progresista de Nueva York parece estar enviando un mensaje claro: quiere menos dependencia de grandes donantes, más enfoque en vivienda, salud, justicia social, inmigración y derechos humanos. The Guardian reportó que Chevalier fue parte de una serie de victorias de candidatos progresistas respaldados por el alcalde Zohran Mamdani en primarias congresionales de Nueva York. Esa ola política puede transformar la ciudad y su representación en Washington. Pero también puede profundizar divisiones si no se maneja con responsabilidad.

Por eso, el liderazgo de Chevalier será medido no solo por su valentía para defender a Palestina, sino también por su capacidad para tender puentes con la comunidad judía. Un verdadero liderazgo no consiste en hablar solo para quienes ya están convencidos. Consiste en gobernar también para quienes tienen miedo, dudas o heridas históricas.

Si Chevalier logra condenar el antisemitismo sin ambigüedad, proteger a la comunidad judía con la misma fuerza con que defiende los derechos palestinos y construir espacios de diálogo entre comunidades heridas, podría convertirse en un ejemplo de una nueva política: una política que no obliga a escoger entre la seguridad judía y la dignidad palestina.

Pero si no logra establecer esa línea con claridad, su victoria podría aumentar la polarización, alimentar el miedo y convertir el conflicto internacional en una fractura local dentro de los barrios de Nueva York.

En definitiva, el desafío de Darializa Avila Chevalier no es abandonar su postura pro-Palestina. Su verdadero desafío es demostrar que esa postura puede convivir con una defensa firme, pública y permanente de la vida, la seguridad y la dignidad de los judíos de Nueva York.

Porque en una democracia plural, la justicia no puede ser selectiva. Y en una ciudad como Nueva York, ningún liderazgo será verdaderamente progresista si una comunidad se siente liberada mientras otra se siente amenazada.