Las lomas de Ocoa: entre la agricultura y la sombra del narcocultivo

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Las montañas de San José de Ocoa han sido durante décadas símbolo de trabajo, producción agrícola y riqueza natural. Sus fértiles tierras abastecen al país de cebollas, tomates, ajíes, repollos y otros productos que forman parte esencial de la alimentación dominicana. Sin embargo, en los últimos días, estas mismas lomas han quedado bajo el foco nacional por una realidad preocupante: la presencia de extensos cultivos ilegales de marihuana en zonas remotas de la provincia.

El reciente hallazgo de más de 18,000 plantas de marihuana en áreas montañosas de El Pinar ha sido catalogado como uno de los mayores decomisos de este tipo en la historia reciente de la República Dominicana. Las autoridades explican que las condiciones geográficas de la zona —caminos escarpados, acceso limitado y amplias extensiones boscosas— facilitan que grupos criminales intenten ocultar actividades ilícitas lejos de la vigilancia permanente del Estado.

Pero el problema va más allá del simple cultivo ilegal. El narcocultivo representa una amenaza directa para la seguridad, la economía agrícola y el medio ambiente. Allí donde se instala, suele desplazar actividades productivas legítimas, generar conflictos por la tierra, incentivar la presencia de grupos armados y provocar daños ecológicos mediante la tala de bosques y el uso indiscriminado de sustancias químicas.

Lo más preocupante es que Ocoa no es una provincia cualquiera. Sus montañas forman parte de importantes cuencas hidrográficas que alimentan ríos esenciales para la agricultura, la producción energética y el abastecimiento de agua de miles de dominicanos. Cualquier actividad ilegal que degrade estos ecosistemas tiene consecuencias que trascienden los límites provinciales.

Los testimonios de residentes recogidos tras los operativos reflejan una realidad compleja. Muchos agricultores aseguran desconocer lo que ocurría en las zonas más apartadas de las montañas y afirman que su única preocupación diaria es trabajar la tierra para sostener a sus familias. Esa situación evidencia cómo las organizaciones dedicadas al narcotráfico buscan aprovechar el aislamiento geográfico y la dispersión de las comunidades rurales para operar con discreción.

La respuesta de las autoridades ha sido contundente. Operativos de la DNCD, el Ministerio Público, la Fuerza Aérea y organismos de inteligencia han permitido localizar y destruir plantaciones ilegales, además de arrestar a varias personas vinculadas a estas actividades. Sin embargo, el desafío no puede enfrentarse únicamente con decomisos y arrestos.

La verdadera solución pasa por fortalecer la presencia del Estado en las zonas rurales, apoyar a los productores agrícolas, mejorar los caminos vecinales, ampliar los programas de desarrollo comunitario y proteger los recursos naturales que hacen de Ocoa una de las provincias agrícolas más importantes del país.

Las lomas de Ocoa deben seguir siendo conocidas por sus cosechas y no por sus decomisos. La batalla contra el narcocultivo no es solo una lucha contra la ilegalidad; es también una defensa del campo dominicano, del medio ambiente y del futuro de las comunidades que viven de la tierra.

Porque cuando el narcotráfico intenta echar raíces en nuestras montañas, lo que está en juego no es únicamente la seguridad nacional. También está en juego la identidad productiva de una provincia que durante generaciones ha sembrado alimentos para toda la República Dominicana.