Por Henry Montero.
El hombre que vuelve, de Marino Berigüete, es una novela que explora con ponderación el regreso de un hombre a su pueblo natal tras una larga ausencia. Ese retorno, sin embargo, no representa una celebración ni la recuperación idealizada de sus raíces. El protagonista vuelve cansado, envejecido y atravesado por varias pérdidas: la muerte de su esposa, la ausencia de su madre y de su abuela, el final de su vida laboral y la desaparición de los proyectos que alguna vez le dieron dirección a su existencia. Regresa porque la ciudad ya no le ofrece nada, pero pronto descubre que el pueblo tampoco puede devolverle la vida que dejó atrás.
La novela puede leerse como una reflexión psicológica sobre el duelo, la experiencia subjetiva del tiempo y la búsqueda de sentido ante una realidad indiferente. Berigüete no construye su historia alrededor de grandes acontecimientos, sino mediante acciones mínimas: preparar café, caminar por calles polvorientas, sentarse en una hamaca, visitar el cementerio, escuchar los grillos y observar cómo el sol modifica lentamente las sombras. A través de esos gestos cotidianos, el autor presenta una existencia marcada por la repetición, la soledad y la aceptación progresiva de lo irreversible.
El duelo como pérdida de los otros y de uno mismo
Desde la perspectiva psicológica, el protagonista atraviesa un duelo complejo que no se limita a la pérdida de sus seres queridos. También vive el duelo por la persona que fue y por la vida que ya no puede recuperar. Ha perdido a su esposa, pero con ella también desaparecieron su identidad de compañero, su cotidianidad compartida y la expectativa de un futuro común. La muerte de su madre y de su abuela lo enfrenta, además, a la pérdida de sus orígenes y de las figuras que mantenían vivo su sentido de pertenencia.
El autor evita representar el duelo únicamente mediante lágrimas o explosiones emocionales. El sufrimiento se manifiesta como agotamiento, retraimiento, silencio, falta de deseo y dificultad para imaginar el porvenir. El protagonista no parece esperar demasiado de la vida. Su maleta es ligera, pero carga en su interior una historia de pérdidas que no ha podido elaborar con palabras.
La casa materna se convierte en una metáfora de ese mundo emocional. Está cubierta de polvo, humedad y grietas. Los objetos siguen allí, pero las personas que les daban significado han desaparecido. El mantel bordado, la jarra de aluminio, la hamaca y el colchón hundido funcionan como restos materiales de una vida extinguida. La casa conserva la memoria, pero no puede restituir la presencia.
En este sentido, la novela muestra que el duelo no consiste solo en aceptar que alguien ha muerto. También exige reorganizar la propia identidad en un mundo en el que esa persona ya no está. El protagonista vuelve en busca de algo que tal vez ni siquiera sabe nombrar. Quizá espera reencontrarse con una versión anterior de sí mismo, pero descubre que esa versión también ha desaparecido.
El cementerio como espacio de pertenencia
Uno de los símbolos centrales de la obra es el cementerio. Allí están enterradas su madre y su abuela, y allí el protagonista experimenta una cercanía que no encuentra entre los vivos. Las tumbas no lo interrogan, no cuestionan sus decisiones ni le exigen que explique por qué regresó. Los muertos, paradójicamente, le ofrecen una forma de compañía.
El cementerio deja de ser solo un espacio de la muerte y se convierte en un lugar de reconocimiento. El protagonista toca las letras casi borradas de las lápidas y recuerda escenas domésticas: las manos de su madre lavando la ropa, la voz de su abuela rezando, la sonrisa de su esposa cuando se conocieron. Esos recuerdos no aparecen como narraciones completas, sino como fragmentos sensoriales. La memoria conserva gestos, sonidos e imágenes, pero no siempre logra reconstruir una historia coherente.
Esta representación resulta psicológicamente verosímil. En el duelo, los recuerdos suelen aparecer de forma fragmentaria e involuntaria. Un olor, un objeto o un lugar puede activar la presencia emocional de la persona fallecida. Berigüete convierte el cementerio en el lugar donde el protagonista puede relacionarse con sus pérdidas sin la presión del lenguaje.
No obstante, su cercanía con los muertos también revela el profundo distanciamiento que mantiene con los vivos. Se siente más comprendido en el silencio de las tumbas que en las conversaciones del pueblo. La novela plantea así una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando una persona encuentra más pertenencia en la memoria de quienes murieron que en la comunidad que todavía la rodea?
El tiempo como repetición
Otro de los grandes temas de la novela es el tiempo. Para el protagonista, los días dejan de avanzar y empiezan a repetirse. Las mañanas, las tardes y las noches pierden sus diferencias. El tiempo ya no se mide mediante calendarios o proyectos, sino a través del calor, el polvo, el sonido de las fichas de dominó, el café amargo y el canto de los insectos.
Esta experiencia puede entenderse como una transformación del tiempo psicológico. Cuando una persona pierde sus vínculos, sus roles y sus metas, el futuro deja de organizar el presente. Si no hay nada que esperar, los días pueden parecerse entre sí. El protagonista vive inicialmente esa repetición como una forma de encierro. Aunque no está físicamente preso, su existencia parece detenida.
La rutina cumple entonces una función ambivalente. Por un lado, evidencia la pérdida de vitalidad y de proyecto. Por otro lado, ofrece una estructura mínima que le permite continuar. Preparar café, barrer el corredor, caminar al colmado o visitar el río son actos sencillos, pero le proporcionan una continuidad básica. Cuando el mundo interior está desorganizado, la repetición puede convertirse en una manera de sostenerse.
Berigüete consigue que el lector experimente ese tiempo lento. La reiteración de objetos, sonidos y acciones no es un defecto narrativo, sino una estrategia estética. La forma de la novela reproduce la conciencia del protagonista: el lector también entra en un espacio en el que los días parecen regresar sobre sí mismos.
La dimensión existencialista
La novela mantiene un diálogo evidente con el pensamiento existencialista, especialmente con Albert Camus. El protagonista busca sentido en un mundo que no ofrece respuestas. La muerte de sus seres queridos no tiene explicación moral. El sufrimiento no parece conducir a una recompensa. El pueblo continúa con su rutina sin detenerse ante la tragedia individual.
En esta indiferencia puede reconocerse la experiencia del absurdo: el ser humano necesita encontrar significado, pero el mundo permanece silencioso. La vida cotidiana continúa, aunque alguien muera, aunque otro regrese destruido o, aunque una existencia pierda su dirección. El sol sigue saliendo, las mujeres barren las aceras, los hombres juegan dominó y los niños corren detrás de una pelota.
El tono contenido del narrador recuerda también al de El extranjero. Después del incidente violento que provoca la muerte de un hombre, el protagonista no muestra las emociones que la sociedad esperaría. No expresa claramente miedo, culpa ni arrepentimiento. Su aparente indiferencia no significa necesariamente que carezca de conciencia moral; puede reflejar una desconexión emocional profunda, resultado de años de duelo y agotamiento.
Sin embargo, Berigüete se aparta, en un punto importante, de la rebelión propuesta por Camus. Su protagonista no desafía activamente el absurdo. Más bien, deja de exigirle respuestas al mundo. Su transformación consiste en pasar de la búsqueda de explicaciones a una aceptación radical de la experiencia.
La aceptación: paz o renuncia
En los capítulos finales, el protagonista deja de esperar reconciliaciones, cambios o revelaciones. Ya no busca que el pueblo lo reconozca, que la memoria le devuelva a su esposa o que el pasado pueda corregirse. Aprende a experimentar las cosas en su forma más directa: el agua es agua, el calor es calor, el polvo vuelve a su lugar.
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso, esta transformación puede interpretarse como un cambio en la relación con el sufrimiento. La aceptación no significa aprobar lo ocurrido ni negar el dolor. Significa abandonar una lucha interna que no puede modificar la realidad. El protagonista no logra recuperar a quienes perdió, pero deja de exigir que la vida sea distinta para poder seguir respirando.
Una de las imágenes más reveladoras ocurre cuando introduce la mano en el río y no siente alivio, sino simplemente agua. Esa experiencia resume el tránsito hacia el presente. Ya no exige que el río lo cure, que el cementerio responda o que la memoria le proporcione consuelo. La realidad deja de ser evaluada por lo que debería ofrecerle.
Sin embargo, la novela conserva una necesaria ambigüedad. La aceptación del protagonista también puede parecer una forma extrema de renuncia. Su paz nace, en parte, de la desaparición del deseo. Ya no espera nada porque ha reducido su vida a la permanencia. Por ello, no conviene interpretar su estado final como una recuperación psicológica completa. Existe serenidad, pero también aislamiento, empobrecimiento emocional y pérdida de iniciativa.
Esa ambivalencia constituye uno de los mayores logros de la obra. Berigüete no ofrece una moraleja sencilla. Obliga al lector a preguntarse dónde termina la aceptación saludable y dónde comienza la resignación.
El rumor y la exclusión social
La novela también aborda la forma en que una comunidad construye el estigma. El protagonista, por su silencio, sus visitas al cementerio y su comportamiento distante, se convierte en objeto de rumores. El pueblo inventa explicaciones para aquello que no comprende. Sus actos cotidianos son reinterpretados como señales de algo inquietante.
El rumor tiene consecuencias concretas: las conversaciones se interrumpen, los niños lo evitan, el pan deja de estar disponible y la policía comienza a hacer preguntas. La comunidad no necesita pruebas. La repetición de una historia termina otorgándole apariencia de verdad.
Desde la psicología social, este proceso muestra cómo la diferencia puede transformarse en amenaza. El protagonista no se ajusta a las expectativas de la comunidad: no participa, no explica, no se defiende y mantiene una cercanía inusual con el cementerio. Ante esa ambigüedad, el pueblo crea una identidad para él.
La condena social continúa incluso después de cumplir la condena legal. Ha sido liberado por la justicia, pero sigue siendo observado como un extraño. Esta exclusión constituye una segunda pena, quizá más persistente que la prisión: la pérdida de pertenencia.
La casa como identidad final
Hacia el cierre, la casa deja de ser un lugar abandonado y se convierte en una prolongación del protagonista. Ambos parecen respirar juntos. Los objetos permanecen en su sitio, los sonidos se repiten y la diferencia entre el hombre y el espacio comienza a desvanecerse.
La casa representa una identidad reconstruida a través de la permanencia. El protagonista ya no se define por su carrera, su matrimonio, sus proyectos ni por la opinión del pueblo. Se define por su relación con un espacio, por los actos que repite y por la memoria que habita.
El final permanece deliberadamente abierto. No sabemos con certeza si el protagonista duerme, muere o sigue respirando. Esa ambigüedad resume el espíritu existencialista de la obra. La novela no pretende resolver el misterio de la vida, sino mostrar que quizá no existe una frontera absoluta entre esperar, recordar, vivir y desaparecer.
Conclusión
El hombre que vuelve es una novela de notable densidad psicológica y filosófica. Marino Berigüete transforma un regreso aparentemente sencillo en una reflexión sobre el duelo, la pérdida de identidad, el paso del tiempo y la necesidad humana de encontrar una manera de permanecer cuando las respuestas desaparecen.
El protagonista no supera el duelo en el sentido convencional. No recupera la vida anterior ni construye un futuro claramente definido. Lo que consigue es aprender a convivir con la ausencia sin luchar constantemente contra ella. Su transformación no desemboca en la felicidad, sino en una forma austera de aceptación.
La obra dialoga con Camus, Beckett y la tradición existencialista, pero posee una identidad propia arraigada en el paisaje dominicano. El calor, el polvo, el colmado, la hamaca, el río y el cementerio no son simples elementos ambientales: se convierten en símbolos del tiempo, de la memoria y de la permanencia.
En última instancia, la novela sugiere que el sentido no siempre llega mediante una revelación extraordinaria. A veces se construye en los gestos mínimos: preparar café, tocar una lápida, escuchar los grillos o sentir el agua sin pedirle que cure nada. En esas acciones sencillas, el protagonista encuentra una manera de seguir existiendo. No porque haya resuelto su dolor, sino porque ha dejado de exigirle una explicación al mundo.




