Septiembre, Mes de la Prevención del Suicidio, no puede convertirse en otra fecha simbólica dentro del calendario. Debe ser una pausa incómoda, pero necesaria, para reconocer que muchas personas están librando batallas psicológicas que nadie alcanza a ver.
El suicidio no siempre anuncia su llegada. No siempre se presenta mediante el llanto, una crisis evidente o una petición directa de ayuda. A veces se esconde detrás de una sonrisa, de una jornada laboral cumplida, de buenas calificaciones, de una fotografía aparentemente feliz o de una persona que continúa cuidando a todos mientras se derrumba en silencio.
Desde la psicología entendemos que muchas personas no desean necesariamente morir; desean dejar de sentir un dolor que se ha vuelto insoportable. Cuando la desesperanza se prolonga, la mente puede entrar en una especie de túnel emocional: disminuye la capacidad de imaginar alternativas, el futuro parece cerrado y la persona puede llegar a convencerse de que su ausencia aliviaría la vida de los demás.
Esa percepción no representa la realidad. Es el dolor hablando desde una mente agotada.
El peligro de sufrir en silencio
Vivimos en una sociedad que enseña a ocultar las heridas emocionales. Al hombre se le dice que no puede llorar. A la mujer, que debe soportarlo todo. A los jóvenes, que sus problemas son pasajeros. A quienes padecen depresión o ansiedad, que deben poner de su parte. Y a las personas de fe, en ocasiones, se les hace sentir culpables por no lograr vencer el dolor solamente mediante la oración.
La fe puede ser una fuente extraordinaria de fortaleza, pero no debe utilizarse para sustituir la atención profesional ni para invalidar el sufrimiento psicológico. Buscar terapia, acudir a un psiquiatra o reconocer que ya no podemos solos no significa falta de fe ni debilidad. Significa que entendemos el valor de nuestra vida.
Nadie debería sentir vergüenza por necesitar ayuda.
Hay frases que deben tomarse en serio
Las expresiones de desesperanza nunca deben interpretarse como manipulación, dramatismo o deseo de llamar la atención. Cuando alguien dice que está cansado de vivir, que los demás estarían mejor sin su presencia, que ya nada tiene sentido o que quisiera desaparecer, debemos escuchar más allá de las palabras.
También deben preocuparnos los cambios bruscos de conducta: aislamiento, abandono de actividades importantes, despedidas inusuales, alteraciones marcadas del sueño, consumo problemático de sustancias, pérdida de interés, irritabilidad intensa o una calma repentina después de un periodo de angustia profunda.
Ninguna señal aislada permite sacar conclusiones definitivas, pero cualquier cambio preocupante merece atención. Es preferible acercarnos y preguntar que guardar silencio por miedo a incomodar.
Preguntar directamente, con serenidad y empatía, si una persona está pensando en hacerse daño no introduce la idea en su mente. Puede convertirse, por el contrario, en la primera oportunidad que encuentra para hablar con honestidad.
No debemos escuchar para responder, sino para comprender
Cuando una persona expresa sufrimiento, necesita presencia antes que discursos. Frases como “otros están peor”, “eso se te va a pasar”, “tienes que ser fuerte” o “todo está en tu mente” pueden aumentar su sensación de soledad.
Escuchar no significa tener todas las respuestas. Significa no juzgar, no minimizar, no discutir con el dolor y no abandonar a la persona en el momento en que se atreve a mostrarse vulnerable.
Podemos decirle:
“Estoy aquí contigo”.
“Lo que estás sintiendo importa”.
“No tienes que enfrentar esto en soledad”.
“Vamos a buscar ayuda juntos”.
En una crisis suicida, acompañar también significa actuar. Si existe un peligro inmediato, la persona no debe quedarse sola. Es necesario buscar asistencia profesional urgente, acudir al centro de salud más cercano o comunicarse con los servicios de emergencia.
La prevención comienza mucho antes de una crisis
No podemos hablar de prevención únicamente cuando ocurre una tragedia. Prevenir también es garantizar acceso oportuno a servicios de salud mental, formar a docentes y familias, establecer protocolos en escuelas y lugares de trabajo, combatir el acoso, atender la violencia intrafamiliar, acompañar el duelo y dejar de tratar la depresión como un defecto de carácter.
También implica prestar atención a quienes suelen sostener emocionalmente a los demás: profesionales de la salud, cuidadores, madres, padres, líderes, maestros y personas que, por parecer fuertes, rara vez son interrogadas sobre cómo se sienten realmente.
Hay seres humanos que pasan años escuchando a todos sin que nadie les pregunte: “¿Y tú, cómo estás de verdad?”.
No idealicemos la fortaleza
Ser fuerte no es permanecer en silencio hasta quebrarse. Ser fuerte también es reconocer el límite, pedir ayuda, aceptar tratamiento y permitir que alguien nos acompañe.
Una crisis emocional no define para siempre la historia de una persona. La mente, incluso cuando está herida, puede recuperar la capacidad de sentir esperanza. Con acompañamiento adecuado, atención profesional y una red de apoyo presente, aquello que hoy parece insoportable puede comenzar a transformarse.
Por eso, septiembre debe dejarnos una responsabilidad que permanezca durante todo el año: mirar con mayor atención, escuchar con mayor sensibilidad y actuar con mayor urgencia.
Detrás de muchas personas aparentemente felices existe una petición de ayuda que todavía no ha encontrado palabras. No esperemos a que el dolor grite para reconocerlo.
Hablar puede salvar una vida. Escuchar puede sostenerla. Acompañar puede devolverle esperanza. Pero actuar a tiempo puede impedir que una crisis temporal produzca una pérdida permanente.
Henry Montero
Especialista en Salud Mental




