El simulacro nacional de mañana no debe convertirse en una actividad simbólica. Tiene que servir para revelar las debilidades que todavía enfrenta la República Dominicana ante un terremoto de gran magnitud.
Por Annie Fernández
Mañana, martes 8 de septiembre, a las 10:00 de la mañana, la República Dominicana realizará el Simulacro Nacional de Evacuación por Terremoto 2026. Sonarán sirenas, silbatos y altavoces, mientras se pondrá a prueba un sistema de mensajería instantánea para enviar alertas a los teléfonos celulares. Participarán instituciones públicas y privadas, centros educativos, organizaciones sociales y ciudadanos de todo el territorio nacional.
Sin embargo, más allá de cumplir con un protocolo, evacuar edificios y tomar fotografías institucionales, este ejercicio debe obligarnos a responder una pregunta incómoda: ¿estamos verdaderamente preparados para enfrentar un terremoto?
La respuesta más responsable es que todavía no lo suficiente. La República Dominicana cuenta con organismos de socorro, personal capacitado y estructuras oficiales de respuesta, pero la preparación de una nación no puede medirse únicamente por la capacidad del Centro de Operaciones de Emergencias, la Defensa Civil, los bomberos o el Sistema 911. También depende de la seguridad de nuestras construcciones, del nivel de organización de las comunidades y del conocimiento que tenga cada ciudadano sobre cómo actuar.
Un terremoto no concede tiempo para improvisar. En cuestión de segundos, una persona debe saber dónde protegerse, cuándo evacuar y cuál ruta utilizar. Sin embargo, en numerosos hogares dominicanos nunca se ha elaborado un plan familiar de emergencia, no existe un punto de encuentro y tampoco se dispone de un botiquín, una linterna, agua potable, medicamentos esenciales o un silbato.
Nuestra vulnerabilidad tampoco depende exclusivamente de la intensidad del movimiento de la tierra. Está relacionada con la forma en que hemos construido y permitido crecer nuestras ciudades. Existen viviendas levantadas sin suficiente supervisión técnica, edificaciones antiguas que nunca han sido evaluadas, calles estrechas, sectores densamente poblados y comunidades donde el acceso de ambulancias, bomberos y equipos de rescate podría convertirse en una misión extremadamente difícil.
Esta realidad resulta especialmente preocupante en municipios de rápido crecimiento como Los Alcarrizos, Pedro Brand y sectores de Pantoja. En estas localidades, la concentración poblacional, las construcciones informales y las limitaciones de movilidad podrían multiplicar las consecuencias de una emergencia. Un edificio colapsado no sería el único problema: también habría que enfrentar vías bloqueadas, interrupciones eléctricas, fugas de gas, incendios, fallas en las comunicaciones y centros de salud operando bajo una presión extraordinaria.
Debemos preguntarnos también si nuestras escuelas y hospitales están realmente preparados. ¿Tienen salidas correctamente señalizadas? ¿Las rutas de evacuación permanecen despejadas? ¿Los empleados conocen sus responsabilidades? ¿Existen protocolos específicos para niños, adultos mayores, pacientes encamados y personas con discapacidad? ¿Han sido evaluadas las condiciones estructurales de los edificios?
Un plan de evacuación puede salvar vidas, pero no convierte automáticamente una construcción vulnerable en una estructura segura. Por eso, la prevención sísmica debe ir más allá de los simulacros. Es necesario evaluar las edificaciones antiguas, fiscalizar el cumplimiento de los códigos de construcción y priorizar el reforzamiento de hospitales, escuelas, oficinas públicas, plazas comerciales y espacios de alta concurrencia.
El simulacro de mañana no puede ser tratado como una simple actividad para cumplir con el calendario institucional. Debe utilizarse para medir el tiempo de evacuación, comprobar si las alarmas pueden escucharse, identificar salidas bloqueadas, detectar fallas en la comunicación y determinar cuántas personas desconocen las medidas básicas de protección.
Durante un terremoto, conservar la calma puede marcar la diferencia. Las personas deben agacharse, protegerse la cabeza y mantenerse alejadas de ventanas, lámparas, estantes y objetos que puedan caer. No deben utilizar los ascensores ni correr descontroladamente hacia las puertas, porque el pánico también puede provocar caídas, golpes y avalanchas humanas.
Una vez terminado el movimiento, se debe evacuar por las rutas establecidas y dirigirse al punto de encuentro. También es necesario mantenerse alerta ante posibles réplicas, evitar estructuras afectadas, revisar posibles fugas de gas y utilizar el teléfono solamente cuando sea indispensable para no congestionar las comunicaciones.
La preparación debe comenzar en cada hogar. Las familias necesitan conversar sobre qué harán si se encuentran separadas, enseñarles a los niños cómo protegerse, identificar las zonas seguras y preparar una mochila con agua, alimentos no perecederos, documentos, medicamentos, radio, linterna, baterías y artículos de primeros auxilios.
Mañana sonarán las alarmas y millones de dominicanos continuarán sus actividades después de algunos minutos. En un terremoto real, sin embargo, no habrá una hora previamente anunciada, instrucciones ensayadas ni certeza sobre la disponibilidad de los servicios de emergencia.
El verdadero éxito del simulacro no debe medirse por la cantidad de personas que salgan de los edificios, sino por las deficiencias que seamos capaces de reconocer y corregir. La prevención no puede durar solamente los minutos del ejercicio; tiene que transformarse en una política permanente y en una responsabilidad compartida.
Un terremoto puede ser inevitable, pero que se convierta en una tragedia nacional dependerá, en gran medida, de las decisiones que tomemos antes de que la tierra comience a moverse.




