¿Hasta cuándo amamantar? Cuando la ciencia, la cultura y el vínculo se encuentran

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Por: Navia Soler
Psicologa Clinica

Hay preguntas que parecen necesitar una respuesta sencilla: ¿hasta qué edad es oportuno amamantar a un niño?

Pero después de años acompañando madres y familias, he aprendido que detrás de esa pregunta casi nunca existe solamente una preocupación nutricional. Hay una mujer, un bebé, una familia, una historia, una situación económica, un trabajo al que regresar, un pediatra, un ginecólogo, opiniones familiares y una sociedad que también parece sentirse con derecho a decidir cuándo ese niño ya está “demasiado grande” para tomar el pecho.

Y en medio de todo eso está la madre intentando escuchar a su bebé, escucharse a sí misma y decidir.

La ciencia nos ofrece una primera respuesta. La Organización Mundial de la Salud recomienda lactancia exclusiva durante los primeros seis meses, seguida de una alimentación complementaria adecuada mientras la lactancia continúa hasta los dos años o más. La American Academy of Pediatrics (AAP) mantiene una recomendación semejante: continuar hasta los dos años o más siempre que sea mutuamente deseado por madre e hijo. (Organización Mundial de la Salud)

Dos años, por tanto, no constituyen una fecha de vencimiento.

La propia AAP señala que durante el segundo año la leche humana continúa siendo fuente de macronutrientes y factores inmunológicos y presenta concentraciones importantes de proteínas, lactoferrina, lisozima e inmunoglobulina A. (Publicaciones AAP)

Entonces, ¿por qué nos resulta extraño ver amamantando a un niño que ya camina, habla o tiene más de un año?

Cuando el bebé comienza a tener “rostro de niño”

Aquí la medicina necesita conversar con la antropología y la psicología.

Mientras vemos un bebé pequeño pegado al pecho, generalmente lo entendemos como parte de la maternidad. Pero algo cambia en nuestra mirada cuando ese bebé comienza a caminar, hablar, señalar lo que quiere y adquirir ese rostro que socialmente reconocemos como el de un niño.

De repente aparecen los comentarios:

“¿Todavía toma pecho?”

“Ya está muy grande.”

“Eso es maña.”

“¿Cuándo lo vas a destetar?”

No es solamente una impresión de quienes trabajamos acompañando familias. La AAP reconoce que las madres que continúan amamantando después del primer año pueden experimentar ridiculización, aislamiento y comentarios no solicitados. Incluso señala que algunas ocultan que continúan amamantando para evitar el juicio social. (Publicaciones AAP)

Eso debería hacernos pensar.

Porque posiblemente una parte de lo que consideramos “normal” respecto al destete no procede exclusivamente de la biología del niño, sino de aquello que nuestra cultura ha aprendido a aceptar.

Una decisión que nunca pertenece solamente a la madre

En mi práctica he observado algo repetidamente: las decisiones sobre lactancia están rodeadas de voces.

La familia tiene influencia. La situación económica tiene influencia. El pediatra tiene influencia. El ginecólogo tiene influencia. El equipo de salud tiene influencia. Y, por supuesto, las condiciones laborales pueden cambiar completamente aquello que una mujer había imaginado para su lactancia.

Por eso considero injusto reducir el proceso a frases como:

“La que quiere, puede.”

Querer importa. Pero querer no siempre resuelve las circunstancias.

He acompañado mujeres para quienes el inicio de la lactancia ha resultado relativamente sencillo. El bebé logra un buen agarre, la producción evoluciona adecuadamente y la madre se siente confiada. Muchas pueden continuar sin grandes dificultades mientras permanecen de licencia.

Entonces llega el regreso al trabajo.

Ahora hay que encontrar dónde extraerse leche, cuándo hacerlo, cómo almacenarla, cómo transportarla y cómo coordinar nuevamente las tomas cuando madre y bebé vuelven a encontrarse.

La lactancia deja de depender exclusivamente de dos cuerpos y empieza a depender también de horarios, jefes, espacios físicos, legislación, transporte, cansancio y apoyo familiar.

Por eso el acompañamiento profesional importa. La AAP recoge evidencia de que las mujeres que reciben apoyo para amamantar tienen 2.5 veces más probabilidades de mantener lactancia exclusiva durante seis meses. También insiste en el papel de pediatras, hospitales y otros profesionales en proteger la decisión informada de cada familia, sin presión ni culpa. (Publicaciones AAP)

Pero quedarse en casa tampoco significa que sea sencillo

Existe otra realidad que observo frecuentemente.

La madre que permanece en casa puede no tener que enfrentarse a un extractor en el trabajo, pero puede sentirse disponible 24 horas al día, siete días a la semana.

El bebé busca pecho para alimentarse, pero también puede buscarlo para dormir, consolarse, reencontrarse, regularse después de una experiencia intensa o simplemente permanecer cerca.

Y la madre se cansa.

Puede amar profundamente a su hijo y estar agotada.

Puede agradecer poder amamantar y al mismo tiempo necesitar espacio.

Puede querer continuar y algunas noches desear terminar.

Una emoción no invalida la otra.

Aquí la salud emocional materna deja de ser un tema secundario y se convierte en parte central de la conversación sobre lactancia.

Lo que encontramos cuando la psicología entra en la conversación

Un estudio longitudinal publicado en BMC Public Health en 2024, utilizando datos del CHILD Cohort Study, nos ofrece información especialmente interesante.

Los investigadores analizaron una cohorte en la que evaluaron prácticas de lactancia, síntomas depresivos posparto, calidad de la relación progenitor-hijo y posteriormente comportamiento infantil a los cinco años. En los diferentes análisis participaron hasta 1,573 díadas. (PubMed Central (PMC))

A los 12 meses, 47.5 % de los niños todavía recibía leche materna; a los 24 meses, esa proporción había descendido a 9.5 %. (Springer Nature)

Los resultados son interesantes, pero no porque demuestren simplemente que “más pecho produce niños emocionalmente mejores”. La historia es mucho más humana que eso.

La alimentación con leche materna a los tres y seis meses se asoció con mejores puntuaciones conductuales posteriores. Pero los investigadores encontraron además que la salud mental posparto y la calidad de la relación entre progenitor e hijo explicaban parte de esa asociación. (PubMed Central (PMC))

En quienes continuaban amamantando a los 12 meses, la menor depresión posparto al año y la menor disfunción en la relación progenitor-hijo a los dos años explicaron conjuntamente entre 21.9 % y 32.1 % de la asociación observada con determinados resultados conductuales a los cinco años. (PubMed Central (PMC))

Para mí, este resultado nos invita a cambiar la pregunta.

Quizás no deberíamos preguntar solamente:

“¿Cuánto tiempo tomó pecho?”

También deberíamos preguntar:

“¿Cómo estaba emocionalmente esa madre mientras cuidaba?”

Amamantar es más que alimentar

La leche humana tiene componentes nutricionales e inmunológicos extraordinarios. Pero cuando observamos la lactancia desde la psicología, vemos algo más.

Vemos contacto.

Vemos disponibilidad.

Vemos una madre aprendiendo a reconocer señales.

Vemos un bebé que experimenta una necesidad y encuentra una respuesta.

Hambre, sueño, miedo, dolor, cansancio, sobreestimulación. Durante los primeros años, el niño todavía está desarrollando su capacidad de autorregulación y necesita repetidamente la corregulación de un adulto disponible.

La lactancia puede ser uno de esos espacios de regulación.

El estudio CHILD plantea precisamente posibles vías que incluyen contacto piel con piel, respuestas hormonales asociadas a la oxitocina y mayor sensibilidad o responsividad parental. Pero los mismos investigadores hacen una aclaración fundamental: el apego seguro también se construye mediante parentalidad responsiva, interacciones cálidas y otras formas de alimentación. (PubMed Central (PMC))

Esta distinción es esencial.

Dar pecho no determina la calidad de la madre en la que te estás convirtiendo

Quiero detenerme aquí porque considero que necesitamos repetirlo muchas veces:

Amamantar o no amamantar no determina la calidad de madre en la que una mujer se está convirtiendo.

No quiero que utilicemos los beneficios de la lactancia para construir otra fuente de culpa.

Una mujer puede amamantar durante tres años y atravesar dificultades profundas en su disponibilidad emocional.

Otra puede alimentar con fórmula y ofrecer a su bebé mirada, contacto, sensibilidad, protección, brazos disponibles y una extraordinaria capacidad para responder a sus necesidades.

El vínculo no está contenido dentro de una glándula mamaria.

El vínculo se construye en la relación.

Por eso la propia AAP establece que las decisiones de alimentación deben recibir apoyo del equipo sanitario sin presión ni culpa. (Publicaciones AAP)

La culpa también se sienta a amamantar

Hay mujeres que continúan porque desean hacerlo.

Hay otras que quieren terminar pero sienten culpa.

Y existen mujeres que querían continuar y las circunstancias laborales, familiares, físicas o emocionales hicieron imposible el proyecto de lactancia que habían imaginado.

También ellas necesitan acompañamiento.

Porque cuando convertimos la lactancia en una medida del amor materno hacemos daño precisamente a las mujeres que pretendemos apoyar.

El objetivo nunca debería ser conseguir una estadística de lactancia a cualquier precio.

Necesitamos proteger la lactancia y, al mismo tiempo, proteger a la mujer que amamanta.

Ambas cosas pueden y deben coexistir.

El destete tampoco debería entenderse como una ruptura

Cuando llega el momento de disminuir o terminar la lactancia, me gusta pensar que el niño no necesita perder aquello que emocionalmente encontraba en ella.

Puede desaparecer el pecho sin desaparecer los brazos.

Puede terminar una toma sin terminar el contacto.

Puede cambiar la manera de dormir mientras permanece la presencia.

Puede aparecer un límite y continuar existiendo seguridad.

Por eso prefiero pensar en un destete responsivo: un proceso en el que observamos las señales del niño, reconocemos sus emociones, establecemos límites cuando son necesarios y construimos nuevas maneras de regularse juntos.

El niño puede frustrarse porque mamá dice que no habrá pecho en determinado momento. Esa frustración no significa necesariamente que estamos dañando el vínculo.

Un límite acompañado sigue siendo acompañamiento.

También estamos acompañando al hombre o a la mujer que ese bebé llegará a ser

Hay algo profundamente espiritual en contemplar la maternidad desde esta perspectiva.

Cuando una mujer sostiene a su bebé no está sosteniendo solamente al recién nacido que tiene frente a ella.

Está acompañando los primeros capítulos de un ser humano en construcción.

Ese bebé será un niño, una adolescente, un hombre o una mujer que algún día saldrá al mundo con una historia interna acerca de lo que significa necesitar, esperar, recibir consuelo, confiar, separarse y volver a encontrarse.

No creo que podamos reducir algo tan profundo a contar meses de lactancia.

La ciencia nos ayuda a comprender mecanismos. La psicología nos recuerda la importancia de la relación. La antropología nos obliga a cuestionar nuestras normas culturales. Y la dimensión espiritual nos invita a mirar con reverencia el encuentro entre dos seres humanos que están transformándose simultáneamente.

Porque mientras nace y crece un bebé, también nace y crece una madre.

Ninguno de los dos permanece igual.

Tal vez hemos estado haciendo la pregunta equivocada

Después de revisar la evidencia, quizás la pregunta no debería ser únicamente:

“¿Hasta cuándo debería amamantar?”

Tal vez necesitamos preguntar:

¿Esta lactancia continúa siendo emocional y físicamente sostenible para ambos?

¿Esta madre está acompañada?

¿Puede establecer límites sin sentirse culpable?

¿Está recibiendo información actualizada de su equipo médico?

¿El niño está desarrollando progresivamente otras maneras de alimentarse, consolarse y regularse?

¿La decisión de continuar o destetar pertenece realmente a esta madre y este niño, o está siendo tomada por el trabajo, la familia, el juicio social o incluso por nosotros, los profesionales de la salud?

La OMS y la AAP nos dicen que la lactancia puede continuar hasta los dos años o más. La investigación nos muestra asociaciones entre lactancia, salud mental materna, relación progenitor-hijo y algunos resultados posteriores del comportamiento infantil. Pero la misma evidencia nos obliga a ser prudentes: amamantar no garantiza apego seguro y no amamantar no condena el vínculo. (Organización Mundial de la Salud)

Al final, quizás lo verdaderamente protector no sea solamente cuánto tiempo estuvo un niño pegado al pecho.

Es cuántas veces, mientras crecía, pudo experimentar:

“Tengo una necesidad. Alguien intenta comprenderme. No siempre obtengo exactamente lo que quiero, pero no tengo que atravesar solo lo que siento.”

Eso también es nutrir.

Y quizás sea una de las formas más profundas de alimentar a un ser humano.

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