Por Henry Montero Tapia
Cuando ocurre un terremoto, una inundación, un huracán, un incendio o una tragedia colectiva, la primera imagen que suele captar la atención pública es la destrucción física: casas derrumbadas, hospitales saturados, familias desplazadas, pérdidas humanas y comunidades enteras paralizadas por el dolor. Sin embargo, detrás de cada desastre visible existe otro desastre silencioso: el impacto emocional, psicológico y social que la crisis deja en la vida de las personas.
Por eso, en momentos de emergencia, los psicólogos, terapeutas, trabajadores sociales, psiquiatras, orientadores y cuidadores de la salud mental no son un lujo ni un complemento secundario. Son una parte esencial de la respuesta humanitaria. Así como se necesitan agua, comida, refugio, medicamentos y seguridad, también se necesitan contención emocional, intervención psicosocial, acompañamiento en duelo, prevención del trauma y apoyo comunitario.
La Organización Panamericana de la Salud reconoce la Salud Mental y Apoyo Psicosocial en Emergencias conocida como SMAPS, como un componente necesario de la respuesta ante crisis, emergencias y desastres. La OMS también señala que casi todas las personas expuestas a una emergencia experimentan algún nivel de malestar psicológico, aunque en muchas de ellas dicho malestar disminuye con el tiempo si reciben apoyo adecuado, seguridad y protección.
El dolor no termina cuando termina el temblor
Después de un desastre, muchas personas quedan atrapadas en un estado de miedo, confusión, tristeza, culpa o desesperanza. Los niños pueden presentar llanto frecuente, regresiones, pesadillas, miedo a separarse de sus padres o dificultad para dormir. Los adolescentes pueden reaccionar con irritabilidad, aislamiento, conductas de riesgo o aparente indiferencia. Los adultos pueden desarrollar ansiedad, insomnio, ataques de pánico, depresión, consumo de alcohol o sustancias, dificultad para tomar decisiones y síntomas de estrés postraumático.
También sufren los rescatistas, médicos, enfermeras, policías, bomberos, voluntarios, periodistas y líderes comunitarios. Ellos ven el dolor de cerca, escuchan historias desgarradoras y, muchas veces, continúan trabajando sin haber procesado sus propias emociones. En toda crisis, el cuidador también necesita ser cuidado.
El trabajo del psicólogo en estos escenarios no consiste simplemente en “dar ánimo”. Su función es evaluar, contener, orientar, identificar riesgos, prevenir complicaciones, organizar rutas de ayuda y conectar a las personas con los servicios adecuados. La intervención psicológica temprana puede reducir el sufrimiento, fortalecer la resiliencia y evitar que una crisis temporal se convierta en un trauma prolongado.
La primera respuesta psicológica debe ser humana, organizada y segura
Uno de los principales estándares internacionales es la Primera Ayuda Psicológica. La guía de la OMS la define como una ayuda práctica, humana y de apoyo para las personas que atraviesan situaciones de crisis graves. No se trata de obligar a la persona a hablar, de revivir el trauma ni de contar detalles dolorosos. Se trata de escuchar con respeto, ayudar a que la persona se sienta segura, identificar necesidades inmediatas, conectar con familiares o recursos disponibles y protegerla de mayores daños.
En una emergencia, no todo el mundo necesita terapia formal de inmediato. Algunas personas necesitan información clara. Otras necesitan encontrar a un familiar. Algunas necesitan refugio, medicamentos, alimentos o descanso. Otras sí requieren atención especializada por riesgo suicida, síntomas graves, descompensación psiquiátrica, violencia, abuso, duelo traumático o pérdida total de su red de apoyo.
Por eso, la atención en salud mental durante desastres debe organizarse por niveles: apoyo comunitario básico, primeros auxilios psicológicos, intervención breve, referimiento clínico y atención especializada. Las guías del Comité Permanente entre Organismos IASC recomiendan coordinar respuestas mínimas multisectoriales para proteger y mejorar el bienestar mental y psicosocial durante emergencias.
Estándares que deben estar en lugar
Todo país, provincia, municipio o institución que quiera responder adecuadamente a una crisis debe contar con estándares claros antes de que ocurra el desastre. No se puede improvisar con la salud mental cuando la comunidad ya está herida.
Primero, debe existir un comité técnico de salud mental y apoyo psicosocial, integrado por salud pública, servicios hospitalarios, protección civil, educación, niñez, mujer, servicios sociales, organizaciones comunitarias, iglesias, voluntariado y profesionales de la salud mental. La OMS recomienda establecer un grupo técnico intersectorial para coordinar las acciones de apoyo psicosocial y salud mental en emergencias.
Segundo, debe haber un protocolo de activación. Esto significa definir quién coordina, quién evalúa, quién atiende, quién refiere, qué servicios están disponibles, cómo se documentan los casos y cómo se protege la confidencialidad de las personas afectadas.
Tercero, debe entrenarse al personal de primera línea en Primera Ayuda Psicológica. No todos tienen que ser psicólogos, pero sí deben saber cómo acercarse a una persona en crisis sin causar más daño. Deben aprender a escuchar, observar, orientar, calmar, proteger y referir.
Cuarto, debe existir una ruta de referimiento. Las personas con síntomas severos no pueden quedarse solo en la contención inicial. Deben tener acceso a psicólogos, psiquiatras, servicios de emergencia, medicamentos, líneas de crisis, apoyo familiar y seguimiento comunitario.
Quinto, se debe proteger a los grupos vulnerables: niños, personas mayores, personas con discapacidad, embarazadas, personas con trastornos mentales previos, familias que perdieron seres queridos, personas desplazadas, sobrevivientes de violencia, rescatistas y personas sin red de apoyo.
Sexto, debe haber una comunicación pública responsable. En desastres, los rumores, las imágenes impactantes y la información contradictoria pueden intensificar el pánico. La comunicación debe ser clara, frecuente, empática y basada en datos. También debe orientar sobre las reacciones normales al estrés, las señales de alarma y dónde buscar ayuda.
Séptimo, se debe cuidar al cuidador. Todo equipo que interviene en una tragedia debe tener espacios de descanso, supervisión, rotación, descompresión emocional y apoyo profesional. Un sistema que no cuida a sus cuidadores termina debilitando su propia capacidad de respuesta.
Protocolo básico para manejar la salud mental en desastres
Un protocolo funcional debe comenzar desde el primer momento de la emergencia. La primera fase es la evaluación rápida: identificar a personas en shock, niños separados de sus padres, adultos mayores solos, personas emocionalmente heridas, pacientes psiquiátricos sin medicamentos, familias en duelo y personas con riesgo de hacerse daño.
La segunda fase es la estabilización. Aquí se aplican Primeros Auxilios Psicológicos: garantizar seguridad, hablar con calma, escuchar sin presionar, validar emociones, ayudar a respirar, orientar sobre lo que está ocurriendo y conectar a la persona con apoyo familiar o comunitario.
La tercera fase es la clasificación del riesgo. No todos los casos tienen la misma urgencia. Algunas personas pueden ser acompañadas por redes comunitarias; otras necesitan una intervención clínica breve; y otras requieren atención inmediata por riesgo suicida, psicosis, violencia, abuso, desorientación severa, pánico incapacitante o pérdida traumática.
La cuarta fase es el referimiento. Cada persona debe saber a dónde ir, con quién hablar, qué servicio está disponible y cuándo recibirá seguimiento. El protocolo debe incluir hospitales, centros de salud mental, líneas telefónicas, equipos móviles, escuelas, iglesias, refugios y organizaciones comunitarias.
La quinta fase es el seguimiento. La salud mental no se resuelve en las primeras 24 horas. Muchas reacciones aparecen días o semanas después. Por eso se necesitan llamadas de seguimiento, visitas comunitarias, grupos de apoyo, intervención en duelo, apoyo escolar para niños y acompañamiento a familias que lo perdieron todo.
La sexta fase es la recuperación comunitaria. Una comunidad no sana únicamente con consultas individuales. Sana cuando reconstruye vínculos, recupera rutinas, honra sus pérdidas, crea espacios seguros para hablar y vuelve a encontrar sentido. La salud mental en desastres debe trabajar con la persona, la familia y la comunidad.
El psicólogo como puente entre el dolor y la esperanza
En momentos de crisis, el psicólogo ayuda a convertir el caos emocional en pasos concretos. Ayuda a que una madre pueda calmar a su hijo, a que un rescatista reconozca su agotamiento, a que una familia pueda iniciar su duelo, a que un niño entienda lo ocurrido sin cargar con culpas, a que una comunidad se organice sin perder su humanidad.
La intervención psicosocial no borra la tragedia, pero evita que el dolor se convierta en abandono. No devuelve lo perdido, pero ayuda a sostener a quien queda. No reemplaza la reconstrucción material, pero permite que las personas tengan fuerza emocional para reconstruir su vida.
Los desastres nos recuerdan que una sociedad preparada no es solo la que tiene ambulancias, refugios y alimentos. También es la que cuenta con protocolos de salud mental, profesionales capacitados, redes comunitarias, rutas de atención y sensibilidad humana.
Porque después de una crisis, levantar paredes es importante. Pero levantar el alma de una comunidad también es una forma de salvar vidas.
La salud mental debe estar en el centro de toda respuesta ante desastres. No como discurso, sino como política pública, como protocolo, como acción y como compromiso humano.




