Ayer, mientras escuchaba las noticias sobre el devastador terremoto que sacudió a Venezuela, decidí hacer una pausa y organizar mi escritorio. Entre papeles, libretas y documentos que había ido acumulando con el tiempo, encontré una vieja fotografía. La tomé entre mis manos y, por un instante, todo se detuvo.
No fue la imagen la que me conmovió, sino lo que representaba: un momento de tranquilidad, un hogar, una vida que en aquel instante parecía inquebrantable.
Entonces pensé en todas esas personas que hoy ya no tienen un escritorio que ordenar, una fotografía que volver a colocar sobre una mesa o una casa a la que regresar. Pensé en quienes, en cuestión de segundos, vieron cómo la tierra les arrebataba no solo sus pertenencias, sino también la seguridad de despertar al día siguiente en el mismo lugar.
Fue inevitable preguntarme cuán frágil es la vida y cuán afortunados somos cuando la rutina nos permite preocuparnos por cosas tan simples como organizar un escritorio, mientras otros luchan por recuperar lo esencial: la esperanza.
Frente a ese dolor, hay algo que siempre me devuelve la esperanza: la solidaridad.
No la solidaridad que se anuncia con grandes discursos, sino la que nace en silencio. Esa que aparece cuando alguien decide compartir lo poco que tiene. La que mueve a médicos, rescatistas y voluntarios a viajar cientos de kilómetros para ayudar a personas que nunca habían visto. La que convierte a desconocidos en hermanos por el simple hecho de reconocer el sufrimiento del otro.
Por eso me llena de orgullo ver la respuesta de la República Dominicana.
Nuestro país ha enviado brigadas de rescate, personal médico, equipos de emergencia y ayuda humanitaria para colaborar con el pueblo venezolano. Más allá de los protocolos oficiales, ese gesto habla del corazón de una nación que conoce el valor de la empatía.
Los dominicanos sabemos lo que significa levantarse después de una tragedia. Nuestra historia también ha estado marcada por huracanes, inundaciones y momentos en los que dependimos de la mano extendida de otros pueblos. Quizás por eso entendemos que la solidaridad nunca debe preguntarse de dónde vienes antes de ofrecer ayuda.
Porque el dolor no tiene nacionalidad. Las lágrimas no entienden de banderas. El miedo de una madre que busca a su hijo entre los escombros se parece al miedo de cualquier madre en cualquier parte del mundo.
Vivimos tiempos en los que es muy fácil acostumbrarnos al sufrimiento ajeno. Las noticias aparecen en nuestros teléfonos, las vemos durante unos segundos y seguimos deslizando la pantalla como si el dolor también pudiera pasar con un simple movimiento del dedo.
Pero no debería ser así.
Cada tragedia que ocurre en algún rincón del mundo es también una oportunidad para recordar quiénes somos. Para preguntarnos si todavía somos capaces de conmovernos. Si todavía entendemos que la humanidad no termina donde comienza una frontera.
Quizás nunca conozcamos a las personas que hoy luchan por sobrevivir en Venezuela.
Quizás jamás escuchen nuestros nombres.
Pero la solidaridad nunca ha necesitado reconocimiento. Solo necesita voluntad.
Desde este escritorio quiero creer que todavía vivimos en un mundo donde las manos siguen llegando antes que los intereses, donde la compasión pesa más que las diferencias y donde el dolor de un pueblo puede despertar la esperanza de muchos otros.
Porque al final, todos habitamos la misma tierra. Y cuando ella tiembla bajo los pies de unos, también debería estremecer el corazón de todos.
Desde el escritorio de nuestra editora
Annie Fernández Selman




