Maldito cáncer: ayer se llevó a una de nuestras luces

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Desde el escritorio de la editora | Annie Fernández Selman

Ayer, nuestra familia perdió a una prima joven. Una muchacha que siempre fue luz en nuestras vidas y a quien hoy nos duele tener que nombrar desde la ausencia. Escribo con esa tristeza reciente que todavía no encuentra acomodo, cuando uno entiende lo que pasó, pero no termina de creerlo.

Llevo años diciendo una expresión: Fucking Cancer. La he dicho con rabia, con impotencia, pensando en tantas personas y familias atravesadas por esta enfermedad. Hoy vuelve a salirme desde un dolor cercano. Maldito cáncer. Cuánto sufrimiento cabe detrás de esas palabras.

Nuestra prima pasó años enfrentándolo. Y nosotros, como familia, vimos cómo la enfermedad le fue consumiendo la vida. Decirlo duele, pero también duele buscar palabras suaves para describir algo que fue tan cruel. Fueron años de convivir con la preocupación, de desear una mejoría y de querer que tuviera más tiempo. Tiempo para vivir con menos dolor, para hacer sus cosas, para seguir siendo esa muchacha cuya presencia nos hacía bien.

Ver enfermar a alguien joven produce una impotencia particular. Uno mira todo lo que todavía debería tener por delante y no encuentra dónde colocar tanta injusticia. Cuesta aceptar que una vida tenga que pasar años pendiente de lo que un cuerpo puede resistir. Cuesta ver cómo lo cotidiano empieza a exigir esfuerzos que antes nadie tenía que pensar.

Y cuesta acompañar sin poder resolver. Porque una familia puede estar presente, buscar ayuda, cuidar y amar con todas sus fuerzas, pero hay momentos en los que quisiera hacer algo más. Quisiera poder quitar el dolor, cambiar un resultado, detener lo que está viendo. Esa imposibilidad también pesa. Se queda en las conversaciones, en los silencios y en las preguntas que tantas veces hacemos sin esperar una respuesta.

Durante una enfermedad larga, la esperanza va encontrando maneras de sostenerse. Una mejoría puede devolver el ánimo. Un día tranquilo se agradece profundamente. Se aprende a valorar cosas que antes parecían pequeñas, aunque nadie debería verse obligado a aprenderlas de esa manera. Y se sigue queriendo más tiempo, porque el amor siempre encuentra una razón para pedir un poco más.

Después llega un día como ayer y todo cambia.

Saber que alguien estaba enfermo no significa estar preparado para perderlo. Haber visto su sufrimiento durante años tampoco hace que la despedida resulte sencilla. Una cosa es temer la ausencia y otra tener que vivirla. Ahora nos toca empezar a comprender que nuestra prima ya no estará de la manera en que siempre la conocimos. Y eso duele en lugares para los que todavía no tenemos palabras.

Desde ayer pienso también en cuántas familias atraviesan este mismo dolor cada día. Mientras nosotros recibíamos nuestra noticia, otros despedían a una hija, un hijo, una madre, un padre, un hermano. Personas cuyas vidas no caben en una cifra y cuyas ausencias cambian para siempre una casa. Nuestro dolor se parece al de muchos, aunque cada familia tenga un nombre distinto que llorar y una historia propia que cuidar.

Hoy entiendo, con una cercanía dolorosa, cuánto necesitan esas familias que alguien permanezca a su lado. Sin exigirles fortaleza ni tratar de explicarles lo ocurrido. Hay días en los que consuela más una presencia tranquila que cualquier frase. Alguien que escuche, que ayude con lo necesario y que no se aleje cuando hayan pasado el funeral y los primeros mensajes.

Porque después queda mucho por atravesar. Cada integrante de la familia irá entendiendo la pérdida a su ritmo. Algunos necesitarán hablar; otros guardarán silencio. Habrá recuerdos que provoquen una sonrisa y enseguida hagan llorar. También habrá momentos en los que la vida siga su curso y esa normalidad se sienta extraña. Nos tocará tenernos paciencia.

Pero quiero detenerme en algo: nuestra prima fue mucho más que estos años de enfermedad. Hoy el dolor puede llevarnos una y otra vez a lo que sufrió, pero su vida merece ser recordada completa. Ella fue una muchacha querida. Fue parte de nuestra historia familiar. Fue luz en nuestras vidas, y eso también necesitamos decirlo, recordarlo y conservarlo.

El cáncer ocupó demasiado tiempo. Ahora quisiera que nuestros recuerdos pudieran ir recuperando espacio para ella: para su manera de ser, para lo que cada uno compartió a su lado, para todo aquello que hacía que fuera ella. Que podamos hablar de nuestra prima sin que la enfermedad sea siempre lo primero que aparezca.

No tengo una enseñanza que ofrecer desde esta pérdida. Hoy tengo tristeza, rabia y amor por una muchacha que debió tener más vida por delante. Tengo el dolor de mi familia y la certeza de que muchas otras entenderán estas palabras sin necesitar demasiadas explicaciones.

Fucking Cancer. Lo llevo diciendo años. Hoy lo digo por nuestra prima, por lo que sufrió y por todo lo que nos duele su partida.

Ayer perdimos a una de nuestras luces. Hoy todavía estamos intentando aprender cómo será la vida sin ella.