Santo Domingo 2026: un país que creyó, compitió y ganó

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Por Yudelka Batista

Confieso que estos Juegos los viví, como dominicana, con una emoción especial.

Ver nuestra bandera subir una y otra vez, escuchar el Himno Nacional y observar a tantos jóvenes talentos del deporte dominicano competir con determinación frente a su propia gente me hizo pensar que lo ocurrido en estos Juegos Santo Domingo 2026 va mucho más allá de las medallas.

Estos Juegos hablaron de nosotros como país. De lo que somos capaces de hacer cuando existe talento, disciplina, oportunidades y una decisión colectiva de avanzar.

República Dominicana cerró los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe con 150 medallas: 46 de oro, 37 de plata y 67 de bronce, alcanzando la mayor cosecha de nuestra historia en esta competencia. Sí es cierto que son números que nos llenan de orgullo, pero yo veo que detrás de cada número hay un rostro, una familia, años de sacrificios y un atleta que muchas veces tuvo que creer en sí mismo mucho antes de que los demás creyeran en él.

Marileidy y una generación que aprendió que sí se puede. Entre todas las emociones que nos dejaron estos Juegos, ver a Marileidy Paulino competir y ganar en su país tuvo un significado muy particular.

Marileidy ya no tiene que demostrarle nada al mundo. Es campeona olímpica y una de las grandes figuras del atletismo internacional. Sin embargo, verla correr en su casa, verla ganar los 400 metros e imponer un nuevo récord para los Juegos alcanzó otro valor.

Porque esta vez no corría solamente contra el reloj, corría frente a miles de niños y jóvenes dominicanos que podían verla y reconocerse en ella.

Marileidy representa una República Dominicana que conozco bien: la que viene de abajo, la que trabaja, la que insiste, la que muchas veces encuentra obstáculos, pero decide que su punto de partida no determinará hasta dónde puede llegar.

Y quizás por eso su historia conecta tanto con nosotros.

Pero Santo Domingo 2026 también nos mostró que detrás de nuestros campeones viene una generación extraordinaria.

Liranyi Alonso, con apenas 20 años, se convirtió en una de las grandes figuras de los Juegos al conquistar cuatro medallas de oro y establecer dos récords. Alexander Ogando volvió a demostrar su calidad internacional. Nuestros boxeadores protagonizaron una actuación memorable, conquistando siete medallas de oro, y las Reinas del Caribe volvieron a recordarnos por qué llevan tantos años siendo símbolo de excelencia, disciplina y orgullo nacional.

Cada disciplina nos regaló su propia historia.

Y cada atleta nos recordó que en nuestros barrios, municipios y provincias existe un talento extraordinario esperando una oportunidad.

Cuando el talento encuentra respaldo es algo de lo que también debemos hablar, algo que a veces olvidamos cuando llegan las victorias: los resultados deportivos no se construyen el día de la competencia, se construyen durante años.

Necesitan entrenadores, federaciones, instalaciones, planificación, recursos y, fundamentalmente, una política pública que entienda el deporte como una inversión en las personas.

La celebración de Santo Domingo 2026 exigió una enorme responsabilidad del Estado dominicano.

El presidente Luis Abinader asumió estos Juegos como un compromiso de país y respaldó tanto la preparación de nuestros atletas como la recuperación de una infraestructura deportiva que permanecerá mucho después de que termine la competencia.

Y quiero reconocer particularmente el trabajo realizado por el ministro de Deportes, Kelvin Cruz.

Le correspondió conducir una etapa decisiva de este proceso, acompañar a nuestros atletas y federaciones y asumir el enorme desafío de tener al país preparado para recibir estos Juegos.

Los resultados hablan: 150 medallas y la mejor participación dominicana de nuestra historia en unos Juegos Centroamericanos y del Caribe.

Pero para mí hay algo todavía más importante. Después de las medallas, ahora comienza el verdadero desafío, ya que no podemos permitir que la emoción termine cuando se apaguen las luces de los estadios.

Las instalaciones que hoy tenemos deben llenarse de niños y jóvenes. Los campeones que hoy celebramos deben convertirse en referentes para las próximas generaciones. Y el deporte debe continuar siendo una herramienta de inclusión, disciplina, salud y movilidad social.

Porque cada joven que entra a una cancha es un joven al que le estamos ofreciendo una posibilidad.

Cada talento que identificamos en un municipio es una oportunidad que tiene el Estado de transformar una vida.

Y cada Marileidy que descubrimos nos obliga a preguntarnos cuántas otras Marileidy existen hoy en nuestros barrios esperando que alguien les abra una puerta.

En política aprendí hace mucho tiempo que gobernar no consiste únicamente en administrar el presente. Gobernar también significa crear oportunidades para que otros puedan construir su futuro.

Eso es lo que veo detrás de Santo Domingo 2026.

Veo un país que estamos construyendo, que invierte en su juventud. Un país que recupera espacios públicos. Un país que cree en el talento de su gente. Un país que entiende que el desarrollo también se construye desde una pista, un cuadrilátero, una cancha o un tatami.

El liderazgo del presidente Luis Abinader ha demostrado que cuando existe voluntad política, planificación y confianza en nuestra gente, República Dominicana puede proponerse grandes metas y alcanzarlas.

Pero ningún logro puede convertirse en punto de llegada. Las 150 medallas deben ser el comienzo de una nueva ambición nacional: llevar las oportunidades a cada rincón del país y lograr que el lugar donde nace un dominicano nunca determine hasta dónde puede llegar.

Ese debe ser también el compromiso de quienes hacemos política.

Seguir construyendo una República Dominicana donde el talento encuentre oportunidades; donde nuestros jóvenes tengan razones para creer; donde el esfuerzo encuentre respaldo; y donde cada generación pueda llegar más lejos que la anterior.

Santo Domingo 2026 nos dejó 150 razones para sentir orgullo.

Pero también nos dejó una responsabilidad.

Seguir construyendo el país en el que nuestros jóvenes puedan soñar en grande, competir en grande y ganar en grande.

Porque, al final, de eso también se trata la buena política: de abrir caminos para que nuestra gente pueda llegar tan lejos como sea capaz de soñar.