Trabajar para vivir, no solo para sobrevivir

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Desde el escritorio de la editora
Por Annie Fernández

Hay una pregunta que debería acompañar cualquier conversación sobre el progreso de la República Dominicana: ¿qué puede construir una familia con lo que gana?

La respuesta se encuentra en decisiones pequeñas, pero determinantes. En la compra del supermercado, en una receta médica, en el pago del alquiler y en ese dinero que se intenta guardar para una emergencia, pero que termina cubriendo otra necesidad.

Cuando el salario se consume en lo indispensable, trabajar deja poco espacio para avanzar. Se cumple con las obligaciones, se llega al final del mes y se vuelve a empezar. La casa que se quiere comprar, los estudios que se desean continuar o el negocio que se sueña emprender permanecen esperando.

Esa distancia entre trabajar y poder construir una vida merece ocupar un lugar central en nuestra discusión pública.

Hablar de crecimiento económico es necesario. También lo es preguntarnos cómo se traduce en la vida cotidiana. Para una familia, el progreso tiene un significado concreto: poder alimentarse adecuadamente, atender su salud, pagar una vivienda digna y contar con alguna protección frente a lo inesperado.

Si una enfermedad obliga a endeudarse o una reparación indispensable desorganiza todo el presupuesto, la estabilidad de ese hogar es frágil. Puede haber empleo y, aun así, faltar tranquilidad.

Con frecuencia, la conversación sobre las dificultades económicas termina convirtiéndose en una lección de administración personal. Se recomienda organizarse, reducir gastos y ahorrar. Son consejos útiles cuando existe margen para hacerlo. Pero un presupuesto bien organizado también puede mostrar que el ingreso resulta insuficiente.

Hay hogares donde cada peso ya tiene destino antes de llegar. Pedirles que ahorren exige reconocer primero cuánto queda después de cubrir alimentación, transporte, vivienda y salud. La disciplina financiera ayuda; su alcance depende de los recursos disponibles.

También debemos hablar del costo emocional de vivir bajo esa presión. La preocupación por el dinero acompaña a la persona al trabajo, vuelve con ella a casa y puede quitarle el sueño. Atraviesa conversaciones de pareja, decisiones sobre los hijos y planes que se aplazan una y otra vez.

Ese cansancio merece comprensión. Quien vive calculando cómo cubrir la próxima cuenta necesita oportunidades y respuestas que le permitan recuperar seguridad.

Por eso, mejorar el bienestar requiere una mirada más amplia que el salario. Importa cuánto se gana, pero también cuánto cuesta vivir y qué servicios se reciben. Un transporte público confiable puede reducir gastos y tiempo de traslado. Una atención sanitaria accesible puede evitar que una enfermedad se convierta, además, en una crisis económica. Los servicios básicos eficientes protegen el presupuesto familiar al disminuir la necesidad de pagar soluciones adicionales.

Cada deficiencia tiene un costo. Cuando ese costo se traslada al ciudadano, el ingreso disponible se reduce todavía más.

La respuesta compromete al Estado y al sector privado. Las políticas públicas deben vincular el empleo con mejores condiciones de vida, facilitar la formación y crear oportunidades de crecimiento. Las empresas también tienen una responsabilidad en la calidad de los puestos que ofrecen, la remuneración y las posibilidades de desarrollo de sus trabajadores.

Necesitamos evaluar los resultados con preguntas sencillas: ¿puede ese empleo sostener una vida digna?, ¿permite ahorrar?, ¿ofrece alguna seguridad ante una enfermedad?, ¿abre oportunidades para el futuro?

Son preguntas que acercan la economía a las personas.

Desde esta columna, creo que debemos defender el derecho a aspirar a algo más que llegar al próximo pago. Querer estudiar, descansar, compartir con la familia o guardar dinero para el futuro forma parte de una vida digna.

La República Dominicana debe procurar que el esfuerzo cotidiano tenga una recompensa visible en los hogares. Que trabajar permita construir, que cumplir con las responsabilidades deje espacio para hacer planes y que una emergencia no derrumbe años de sacrificio.

Una familia debería poder mirar más allá de la próxima factura. Esa también debe ser una medida del progreso.