Por Annie Fernández Selman
Hay noches en las que uno apaga el televisor, deja el teléfono sobre la mesa y, aun así, las imágenes siguen dando vueltas en la cabeza. Eso me ocurrió mientras observaba las devastadoras escenas que llegan desde Venezuela tras los recientes terremotos. Entre edificios reducidos a escombros, familias buscando desesperadamente a sus seres queridos y rescatistas luchando contra el tiempo, hubo una pregunta que no dejó de perseguirme:
¿Y si el próximo gran terremoto ocurre aquí?
No es una pregunta alarmista. Es una pregunta responsable.
Vivimos en una isla hermosa, privilegiada por su gente, por su clima y por su capacidad de levantarse una y otra vez ante las dificultades. Pero también vivimos sobre un territorio donde la tierra, de vez en cuando, nos recuerda que está viva. Lo sabemos. Los geólogos lo saben. Las autoridades lo saben. Sin embargo, pareciera que solo hablamos de terremotos cuando el piso tiembla o cuando la tragedia ocurre en otro país.
Y entonces recordé el Jet Set.
No porque ambas tragedias sean iguales. No lo son. Sino porque aquella noche nos mostró algo que no deberíamos olvidar nunca: lo vulnerables que podemos llegar a ser.
Bastó el colapso de una sola estructura para movilizar al país entero. Vimos el heroísmo de nuestros bomberos, médicos, rescatistas, policías, militares y voluntarios. Vimos personas donando sangre, llevando agua, ofreciendo comida y abrazando a desconocidos. Esa solidaridad nos llenó de orgullo.
Pero también vimos las limitaciones de un sistema enfrentando una emergencia de gran magnitud.
Y es ahí donde nace mi mayor preocupación.
Si un solo edificio puso al límite nuestra capacidad de respuesta, ¿qué ocurriría si un terremoto provocara el colapso simultáneo de hospitales, escuelas, edificios de apartamentos, puentes y carreteras? ¿Tenemos suficientes equipos especializados? ¿Existen los recursos para responder en varias provincias al mismo tiempo? ¿Cuántos de nosotros sabemos realmente qué hacer durante un terremoto?
La verdad es que no lo sé.
Y me preocupa que quizá tampoco lo sepamos como país.
Vivimos tan ocupados resolviendo las urgencias del día a día que hemos dejado la prevención para “algún momento”. Pensamos que todavía hay tiempo, que eso ocurre en otros lugares, que aquí nunca será tan grave.
Hasta que un día lo es.
La prevención no genera titulares. No llena plazas. No produce aplausos. Sin embargo, salva más vidas que cualquier operativo de rescate.
Prepararse significa construir mejor, supervisar mejor, educar mejor y planificar mejor. Significa revisar hospitales, escuelas, edificios públicos y privados. Significa realizar simulacros constantes y enseñar a nuestros hijos que mantener la calma también puede salvar vidas.
Pero la preparación no depende únicamente del Estado.
También empieza en nuestras casas.
¿Cuántas familias tienen un plan de emergencia? ¿Cuántos saben dónde cerrar el gas, qué hacer durante un sismo o dónde reunirse si las comunicaciones fallan? Son preguntas sencillas, pero pocas veces nos las hacemos.
Quizá porque hablar de prevención nos obliga a aceptar que somos vulnerables.
Y reconocer nuestra vulnerabilidad nunca ha sido una señal de debilidad. Es una muestra de inteligencia.
No escribo estas líneas para sembrar miedo.
Las escribo porque amo profundamente este país. Porque quiero seguir creyendo en una República Dominicana capaz de aprender antes de lamentar. Porque me niego a aceptar que siempre tengamos que esperar una tragedia para empezar a corregir lo que sabíamos que estaba mal.
Ojalá nunca vivamos un terremoto devastador.
Pero si ese día llega, deseo que la historia no tenga que escribirse diciendo que no estábamos preparados, que improvisamos sobre la marcha o que aprendimos demasiado tarde.
Las grandes tragedias no siempre pueden evitarse.
Lo que sí podemos evitar es que la indiferencia las haga aún más dolorosas.
Hoy la tierra ha temblado en otro país.
Mañana… nadie lo sabe.
Y precisamente por eso, la mejor decisión que podemos tomar comienza hoy.
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