Por: Annie Fernández
Los cambios en la dirección de la Policía Nacional siempre tienen una lectura que va más allá de un decreto. Cuando se producen dos designaciones en menos de un año, en medio de una reforma que todavía intenta transformar la institución, la pregunta no puede limitarse a quién sale y quién entra. Hay que preguntarse qué perfil está buscando ahora el Gobierno para conducir una de las instituciones más sensibles del Estado.
La designación del mayor general Ernesto Rafael Rodríguez García introduce precisamente un elemento que merece atención: su formación dentro de la carrera policial. Ingresó a la Academia para Cadetes en 1987 y es técnico y oficial en Ciencias Policiales, además de licenciado en Derecho. Su trayectoria ha transcurrido por áreas como prevención, tránsito, mandos regionales e Inspectoría General. Es decir, llega a la máxima posición después de haber conocido diferentes estructuras operativas y de control de la institución.
Pero haría una precisión importante en el enfoque que propones: no sería correcto afirmar que “los dos últimos no fueron académicos” si con ello queremos decir que no procedían de la formación académica policial. Eduardo Alberto Then, por ejemplo, cursó la Escuela para Cadetes entre 1982 y 1985 y obtuvo una licenciatura en Ciencias Policiales; incluso llegó a dirigir la propia Escuela para Cadetes.
Por eso considero que el argumento más sólido no está en descalificar la preparación de quienes estuvieron antes, sino en destacar qué representa el perfil de Rodríguez García en este momento particular de la reforma.
La Policía que República Dominicana necesita ya no puede sostenerse únicamente sobre experiencia operativa, antigüedad o capacidad de mando. El policía moderno necesita formación jurídica, manejo de conflictos, conocimiento de derechos humanos, inteligencia, tecnología, investigación criminal y una comprensión mucho más profunda de su relación con el ciudadano. Y si eso es lo que exigimos al agente que patrulla nuestras calles, con mayor razón debemos exigir una sólida preparación a quien dirige toda la institución.
Ahí es donde la llegada de Rodríguez García puede adquirir un significado especial.
Su formación académica policial y jurídica, combinada con décadas de experiencia práctica, coloca sobre él una expectativa mayor. Precisamente porque conoce la Policía desde las aulas, desde la calle, desde los mandos regionales y desde la supervisión interna, tendrá menos espacio para alegar desconocimiento de sus debilidades.
Y ese es el verdadero reto.
Dos cambios de dirección en un período tan corto pueden generar incertidumbre si no existe continuidad. Una reforma policial no puede depender del estilo personal de cada director ni comenzar nuevamente cuando cambia el mando. La transformación debe convertirse en una estructura institucional suficientemente fuerte para continuar independientemente del nombre colocado en la puerta del despacho.
El nuevo director recibe una Policía que lleva años hablando de transformación, profesionalización, mejores salarios, capacitación, tecnología y acercamiento ciudadano. Ahora corresponde demostrar cuánto de esa transformación puede sentirse realmente en las calles.
Porque una Policía reformada no es únicamente una Policía con mejores instalaciones. Es una Policía mejor formada. Es un agente que sabe ejercer autoridad sin abuso, que conoce la ley que está llamado a hacer cumplir, que comprende los límites de su poder y que puede responder profesionalmente incluso en las situaciones más difíciles.
Por eso veo con interés que vuelva a colocarse en la máxima dirección un oficial cuya carrera tiene un componente claramente académico y profesional dentro de la institución. No porque un diploma garantice una buena gestión —nunca lo hará—, sino porque en la Policía que queremos construir la educación debe dejar de ser un complemento y convertirse en parte esencial del mando.
Ahora Rodríguez García tendrá que demostrar que esa formación puede traducirse en resultados.
Porque después de tantos años hablando de reforma, República Dominicana no necesita simplemente otro jefe de la Policía. Necesita un director capaz de convertir la formación, la disciplina y el conocimiento institucional en una nueva manera de ejercer la autoridad.
Y quizás esa sea la verdadera prueba de esta designación: que esta vez no estemos simplemente frente a otro cambio de mando, sino ante la oportunidad de colocar la preparación y la profesionalización en el centro de la transformación policial.




