El rostro femenino de una generación sin oportunidades

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Santo Domingo.— República Dominicana ha logrado reducir en los últimos años la cantidad de jóvenes que ni estudian ni trabajan, pero la dimensión del problema continúa siendo considerable. Entre 2016 y 2024, esta población pasó de 678,567 a 581,248 personas, según datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE). Son 97,319 jóvenes menos dentro de esta condición, una reducción que representa un avance, pero que no puede ocultar una realidad preocupante: todavía más de medio millón de jóvenes dominicanos permanecen simultáneamente fuera de la educación y del mercado laboral, dos de los principales caminos para alcanzar independencia económica, desarrollo profesional y movilidad social.

Dentro de esas cifras existe una realidad todavía más contundente. Las mujeres concentran la mayor proporción de jóvenes que ni estudian ni trabajan, alcanzando el 72.84 % del grupo analizado. El dato obliga a mirar el fenómeno mucho más allá del desempleo juvenil. Cuando una diferencia entre hombres y mujeres alcanza esta magnitud, ya no estamos hablando solamente de decisiones individuales, sino de condiciones sociales, económicas y familiares que pueden estar limitando de manera desigual las oportunidades de una parte importante de la juventud femenina dominicana.

Durante años se ha utilizado popularmente el término “nini” para identificar a quienes no estudian ni trabajan, pero esa expresión resulta demasiado simple para explicar una realidad mucho más compleja. No todos los jóvenes que aparecen dentro de esta estadística están inactivos por elección. Detrás pueden existir maternidad temprana, responsabilidades de cuidado, dificultades económicas, abandono escolar, falta de capacitación, empleos inaccesibles o una búsqueda laboral que no ha producido resultados. En el caso particular de muchas mujeres, además, existe una carga de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados que consume tiempo y esfuerzo, aunque formalmente no sea contabilizada como empleo.

Ahí está uno de los elementos que merece mayor atención. Una mujer joven que permanece en su hogar cuidando hijos, hermanos, adultos mayores o familiares dependientes puede aparecer estadísticamente fuera del mercado laboral, pero eso no significa necesariamente que no trabaje. Significa que realiza un trabajo que no genera necesariamente ingresos ni independencia económica y que puede terminar alejándola durante años de las aulas y del empleo formal. Esa diferencia es fundamental para comprender por qué el fenómeno tiene un rostro predominantemente femenino.

La situación representa también un desafío económico para República Dominicana. 581,248 jóvenes fuera simultáneamente de las aulas y del empleo representan una enorme cantidad de talento, capacidad productiva y potencial humano que el país no está aprovechando plenamente. Mientras más prolongado sea ese período de desconexión, mayores pueden ser posteriormente las dificultades para acceder a empleos formales, adquirir experiencia, mejorar ingresos y construir autonomía económica.

La respuesta, por tanto, tampoco puede limitarse a crear puestos de trabajo. Si una joven abandonó los estudios porque tuvo un hijo y no dispone de alternativas de cuidado, ofrecerle una vacante posiblemente no resolverá su situación. Si otro joven dejó la escuela porque necesitaba producir ingresos inmediatamente, quizás requiera formación técnica flexible y mecanismos que le permitan estudiar mientras trabaja. El desafío exige conectar educación, capacitación, primer empleo, políticas de cuidado, emprendimiento y oportunidades reales de reinserción.

La reducción registrada entre 2016 y 2024 demuestra que es posible avanzar, pero el próximo paso tiene que ser mucho más profundo. No basta con disminuir la cifra general. Es necesario identificar quiénes continúan dentro de ella, dónde están, por qué abandonaron sus estudios, qué les impide trabajar y cuáles políticas pueden devolverlos efectivamente a alguno de esos espacios.

Más de medio millón de jóvenes fuera de la educación y del empleo no pueden convertirse simplemente en una estadística. Son cientos de miles de proyectos de vida que corren el riesgo de quedar rezagados y una capacidad productiva que República Dominicana necesita incorporar a su desarrollo.

Y cuando casi tres de cada cuatro personas dentro de esa realidad son mujeres, el dato deja de ser solamente económico.

Se convierte en el rostro femenino de una generación que necesita oportunidades antes de que quedarse fuera termine convirtiéndose en su única opción.