Entre Morrobel, Quijotes y Cantinflas: la política que no podemos normalizar

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La democracia garantiza la igualdad de derechos, pero no convierte automáticamente todas las opiniones en conocimiento. En tiempos de redes sociales, la República Dominicana necesita distinguir entre popularidad, influencia y verdadera capacidad de gobernar.

Henry Montero Tapia

La reciente reflexión de Guido Gómez Mazara sobre la presencia de muchos “Morrobel” en la política dominicana abre una conversación que merece ir mucho más allá de un nombre o de una coyuntura determinada. El problema no consiste únicamente en quién ocupa hoy los espacios políticos, sino en qué entendemos por liderazgo y en cuáles son las credenciales que la sociedad comienza a considerar suficientes para aspirar a dirigir el Estado.

A los “Morrobel” de nuestra política podríamos añadir personajes quijotescos y cantinflescos.

Lo quijotesco aparece cuando alguien transforma la política en una cruzada personal, simplifica problemas extraordinariamente complejos y termina combatiendo molinos de viento mientras cree que enfrenta gigantes. El problema no es tener ideales. Una democracia necesita idealistas. El problema surge cuando el idealismo se separa de la realidad, del conocimiento institucional y de la capacidad concreta para convertir las aspiraciones en políticas públicas.

Lo cantinflesco representa otra deformación: hablar mucho y decir poco. Discursos cargados de frases, ocurrencias, confrontaciones y aparentes profundidades que, cuando se examinan con detenimiento, carecen de estructura, de evidencia y, sobre todo, de propuestas.

Nuestra política parece estar descubriendo una tercera categoría: el dirigente construido por el algoritmo.

Personas que interpretan el número de seguidores como una certificación de competencia, la virilidad como legitimidad política y la capacidad económica para proyectar una imagen como demostración suficiente de liderazgo.

No lo es.

Tener audiencia no es saber gobernar

Las redes sociales han democratizado la comunicación de manera extraordinaria. Hoy, cualquier ciudadano puede cuestionar a un funcionario, presentar una denuncia, participar en una discusión nacional o convocar una audiencia sin depender de los medios tradicionales.

Eso constituye un avance democrático.

Pero esa democratización también ha generado una confusión que debemos comenzar a discutir seriamente: tener derecho a una opinión no implica que todas las opiniones tengan necesariamente el mismo valor intelectual, técnico o social.

En este punto, José Ortega y Gasset resulta particularmente vigente.

En La rebelión de las masas, publicada originalmente a comienzos del siglo XX, Ortega desarrolla la figura del “hombre-masa”. No se refiere simplemente a una clase económica ni a una persona humilde. Su preocupación es mucho más profunda: describe una actitud ante el conocimiento y ante la sociedad.

Es el individuo que no reconoce los límites de lo que sabe, que no siente la necesidad de prepararse antes de emitir juicios categóricos y que considera que el simple hecho de tener una opinión la convierte en suficiente para orientar la realidad.

Casi un siglo después, las redes sociales han multiplicado exponencialmente el alcance de esa conducta.

Hoy todos podemos tener un micrófono.

Pero no toda persona que tiene un micrófono comprende la responsabilidad que conlleva tenerlo.

Igualdad jurídica no significa igualdad intelectual

Esta discusión requiere enorme prudencia porque jamás debemos utilizarla para limitar la libertad de expresión ni para establecer castas intelectuales dentro de la democracia.

Todos los ciudadanos somos iguales ante la ley.

Todos debemos tener derecho a participar.

Todos tenemos derecho a cuestionar al poder.

Todos tenemos derecho a votar y a expresar nuestras ideas.

Pero debemos distinguir entre igualdad jurídica e igualdad de conocimiento.

El voto de un médico vale exactamente lo mismo que el de cualquier otro ciudadano. Su dignidad jurídica también es exactamente la misma. Sin embargo, cuando debemos determinar el tratamiento de una enfermedad compleja, la opinión médica basada en años de estudio, experiencia clínica y evidencia científica posee una competencia específica que no puede equipararse simplemente con cualquier comentario publicado en una red social.

Lo mismo ocurre con la economía, la ingeniería, la educación, la seguridad, el derecho, la salud pública o la administración del Estado.

La democracia nos concede igualdad de derechos.

No nos concede automáticamente la igualdad de conocimientos.

Y admitir esta realidad no implica despreciar al ciudadano. Por el contrario, significa respetarlo lo suficiente como para exigir que las decisiones que afectan su vida se tomen con preparación y responsabilidad.

El peligro de creer que sabemos más de lo que sabemos

También existe una dimensión psicológica que merece consideración.

Los seres humanos estamos expuestos a sesgos cognitivos. Nuestra percepción de la realidad no siempre corresponde a la realidad misma. Podemos seleccionar información que confirma nuestras creencias, ignorar evidencia contradictoria y sobreestimar nuestra comprensión de asuntos que apenas conocemos.

En ocasiones, mientras menos conocemos sobre un tema, menos conscientes somos de su verdadera complejidad.

Y esto puede resultar particularmente peligroso cuando se traslada a la política.

Los grandes problemas nacionales casi nunca tienen respuestas de 30 segundos.

Reformar el sistema educativo no es una consigna.

Transformar la seguridad ciudadana no es un video viral.

Resolver las dificultades del sistema de salud no es una transmisión en vivo.

Crear empleos de calidad, reducir desigualdades, modernizar el transporte, garantizar agua potable, desarrollar ciudades sostenibles y fortalecer las instituciones requieren diagnóstico, conocimiento técnico, presupuesto, legislación, negociación, ejecución y evaluación.

Gobernar es extraordinariamente complejo.

Precisamente por eso debemos desconfiar de quienes presentan soluciones extraordinariamente simples para problemas extraordinariamente difíciles.

No podemos sustituir el liderazgo por espectáculo

Aquí encontramos quizás uno de los mayores desafíos contemporáneos de la política dominicana.

No podemos sustituir el liderazgo por espectáculo ni la planificación por improvisación.

Cuando el espectáculo ocupa el espacio del liderazgo, la política deja de ser un instrumento para solucionar problemas colectivos y se convierte en una industria del entretenimiento.

Entonces, el éxito se mide por las visualizaciones.

La confrontación genera más atención que el consenso.

La ocurrencia desplaza a la propuesta.

El insulto consigue un mayor alcance que el argumento.

La controversia genera más interacción que una política pública cuidadosamente diseñada.

Y poco a poco comenzamos a seleccionar dirigentes utilizando los mismos criterios con los que seleccionamos entretenimiento.

Ese proceso puede resultar profundamente peligroso para una democracia.

Un político puede ser extraordinariamente entretenido y un pésimo administrador.

Puede dominar perfectamente una cámara y desconocer por completo cómo funciona un presupuesto nacional.

Puede conocer cada herramienta de una plataforma digital y no comprender cómo funciona el Congreso.

Puede tener millones de seguidores y no tener ninguna propuesta coherente sobre educación, salud, seguridad, productividad o desarrollo territorial.

La popularidad puede producir candidatos. No necesariamente produce estadistas.

Gobernar significa pensar más allá de la próxima elección

Las grandes transformaciones de una nación requieren políticas públicas sostenibles, técnicamente fundamentadas y capaces de sobrevivir a los ciclos electorales.

Hay decisiones cuyos resultados no se verán mañana.

Tal vez tampoco durante el período constitucional del gobernante que las adopte.

Una verdadera reforma educativa puede requerir una generación para mostrar plenamente sus frutos.

Las inversiones en primera infancia producen resultados décadas después.

Una estrategia nacional de salud preventiva puede modificar durante años la incidencia de enfermedades crónicas.

La planificación urbana determina la forma en que vivirán ciudades enteras durante generaciones.

Construir instituciones fuertes requiere continuidad.

Ese es precisamente uno de los rasgos que distinguen al estadista del político puramente electoral.

El primero piensa en la próxima generación.

El segundo piensa exclusivamente en la próxima elección.

Jóvenes, adultos mayores y un proyecto nacional

La República Dominicana también necesita comprender que un proyecto nacional no puede construirse exclusivamente en torno a una generación.

Necesitamos abrir espacios genuinos para los jóvenes, facilitar la movilidad social, la educación, la innovación, el emprendimiento, los empleos de calidad y la participación política.

Pero la juventud no significa automáticamente renovación, así como la edad tampoco significa automáticamente sabiduría.

Debemos aprovechar simultáneamente la energía transformadora de las nuevas generaciones y la experiencia acumulada de quienes han recorrido décadas de vida pública, empresarial, académica y comunitaria.

Un país inteligente no enfrenta generaciones.

Las integra.

La experiencia sin renovación puede producir inmovilismo.

La renovación sin experiencia puede derivar en improvisación.

El verdadero desafío consiste en encontrar el equilibrio entre ambas.

Del influenciador al estadista

La sociedad dominicana tendrá que aprender cada vez mejor a distinguir entre varias categorías que hoy parecen confundirse: celebridad, influenciador, comunicador, activista, político y estadista.

Todas pueden tener valor en una sociedad democrática.

Pero no son equivalentes.

Un excelente comunicador no necesariamente será un buen legislador.

Un empresario exitoso no comprende automáticamente la administración pública.

Un creador de contenido con una enorme audiencia puede ejercer una influencia social legítima sin que ello lo convierta de inmediato en una persona preparada para dirigir instituciones complejas.

Administrar una nación requiere conocimiento, experiencia, capacidad para construir equipos, tolerancia a la crítica, disciplina institucional y, quizás sobre todo, humildad intelectual.

La capacidad de decir: “esto no lo sé; necesito escuchar a quienes sí lo saben” puede ser una de las mayores fortalezas de un dirigente.

Paradójicamente, en la política contemporánea, esa humildad parece interpretarse muchas veces como debilidad.

Una democracia de ciudadanos críticos

Nada de esta reflexión implica que debamos silenciar voces.

Todo lo contrario.

Necesitamos más participación, más ciudadanos cuestionando, más jóvenes debatiendo y más pluralidad.

Pero también necesitamos mejores ciudadanos.

Ciudadanos capaces de distinguir entre información y propaganda.

Entre evidencia y ocurrencia.

Entre argumentos y consignas.

Entre conocimiento y seguridad aparente.

Entre liderazgo y espectáculo.

Una democracia fuerte no depende únicamente de buenos políticos. Depende también de ciudadanos lo suficientemente críticos como para exigirlos.

Porque cuando una sociedad comienza a premiar solo al que grita más fuerte, el dirigente aprende a gritar.

Cuando recompensa exclusivamente la controversia, el político aprende a generarla.

Cuando la virilidad se transforma en capital político, aparecen dirigentes diseñados para el algoritmo y no necesariamente para el Estado.

El país que debemos construir

La República Dominicana tiene grandes oportunidades por delante.

Pero para aprovecharlas necesitamos elevar la calidad de nuestra conversación política.

Debemos comenzar a exigir propuestas concretas.

¿Cómo reduciremos las desigualdades?

¿Cómo mejoraremos la educación?

¿Cómo garantizaremos oportunidades para los jóvenes?

¿Cómo construiremos ciudades habitables?

¿Cómo enfrentaremos la inseguridad?

¿Cómo modernizaremos nuestro sistema sanitario?

¿Cómo prepararemos al país para el envejecimiento de la población?

¿Cómo construiremos instituciones lo suficientemente fuertes como para sobrevivir a quienes las administran temporalmente?

Esas son las conversaciones que deben ocupar nuestro espacio público.

La democracia no debe premiar únicamente al que más ruido produce, sino al que mejor comprende los desafíos nacionales y demuestra capacidad para convertir sus ideas en soluciones verificables.

Defendamos siempre el derecho de todos a hablar.

Pero recuperemos también el valor de estudiar antes de afirmar, de escuchar antes de juzgar y de comprender antes de pretender dirigir.

Porque tener audiencia no convierte a nadie en estadista, tener dinero no sustituye la preparación y tener derecho a una opinión no convierte automáticamente esa opinión en una política de Estado.

La República Dominicana no puede construir su futuro únicamente siguiendo las tendencias del momento.

Una nación no se construye con algoritmos, ocurrencias ni espectáculo. Se construye con conocimiento, instituciones, planificación, humildad intelectual y liderazgo verdadero.