Desde el escritorio de la editora
Por Annie Fernández
Hay dolores que no respetan títulos, posiciones, dinero, fama ni edad. Dolores frente a los cuales todo aquello que hemos construido pierde importancia y nos devuelve inmediatamente al lugar más vulnerable de nuestra existencia. La muerte de un padre es uno de ellos. Podemos tener cuarenta, cincuenta o sesenta años; podemos haber formado nuestra propia familia y sentir que ya aprendimos a caminar solos por la vida. Pero cuando papá se va, algo dentro de nosotros vuelve a sentirse pequeño. Porque hay personas que, mientras están vivas, nos hacen sentir que todavía existe un lugar al cual regresar.
Eso pensé cuando leí la carta de Lionel Messi a su padre. Y confieso que no la leí pensando en Messi, el futbolista. Tampoco pensé en sus campeonatos, en sus récords ni en todo lo que representa para millones de personas. La leí pensando en el hijo. En ese hombre que comienza diciendo que todavía no puede creer que su padre se haya ido y que incluso reconoce algo profundamente humano: sabe que estaba sufriendo, sabe que quizás descansar era lo mejor, pero aun así siente que se fue demasiado pronto. ¿Y cuándo no es demasiado pronto cuando se trata de alguien que amamos?
Ahí está la contradicción terrible del duelo. La razón puede entender que alguien estaba cansado, enfermo o sufriendo. Podemos incluso pedirle a Dios que haga su voluntad y que le dé descanso. Pero el corazón tiene sus propios tiempos. El corazón no entiende de diagnósticos ni de explicaciones. Solo sabe que ayer esa persona estaba y hoy ya no. Que había una voz al otro lado del teléfono y ahora queda el silencio. Que existían conversaciones que parecían normales y que, de repente, uno daría cualquier cosa por poder repetir.
La carta de Messi tiene algo que toca profundamente porque no intenta convertir el dolor en algo bonito. Es el desahogo de un hijo al que le faltó tiempo. Su padre quería verlo jugar aquel último Mundial y él quería llegar lo más lejos posible para darle la oportunidad de verlo una vez más. Mientras millones observaban al futbolista intentando alcanzar otra final, detrás de todo aquello había un hijo esperando después de cada partido el mensaje de su papá. Y cuando ese mensaje comenzó a faltar, entendió que la situación era mucho más seria de lo que quizá quería aceptar.
Cuántas veces hacemos exactamente lo mismo. Sabemos que algo está pasando, pero retrasamos emocionalmente la posibilidad de la despedida. Nos aferramos a un “todavía”. Todavía podemos hacer ese viaje. Todavía podremos celebrar otro cumpleaños. Todavía tendremos aquella conversación. Todavía puedo visitarlo la próxima semana. Todavía puedo llamar mañana. Y vivimos acumulando esos “todavía” porque asumir que algo puede terminar nos obliga a reconocer una verdad que preferimos ignorar: absolutamente nada ni nadie nos pertenece para siempre.
Quizás por eso una de las frases que más pesa en esa carta es cuando Messi se pregunta por qué su padre no pudo aguantar “ese poquito más” para terminar juntos. Ese poquito más contiene muchísimo. Porque todos los que hemos perdido a alguien hemos querido alguna vez exactamente lo mismo: un poquito más. Cinco minutos. Un último abrazo. Una conversación. Una oportunidad para decir algo que dejamos pendiente. No queremos una eternidad; en determinados momentos estaríamos dispuestos a entregarlo todo simplemente por unos minutos adicionales.
Y ahí es donde esta carta deja de pertenecerle a Messi.
Porque todos tenemos a alguien a quien no quisiéramos perder. Todos conocemos el miedo de imaginar una silla vacía en nuestra mesa. Todos tenemos personas cuya presencia hemos convertido en algo tan cotidiano que olvidamos que también es un privilegio. Y quizás ese sea uno de nuestros grandes errores: acostumbrarnos demasiado a quienes amamos. Damos por sentado que estarán. Postergamos visitas. Contestamos llamadas con prisa. Miramos el teléfono mientras alguien intenta hablarnos. Dejamos un abrazo para después porque creemos que habrá miles más.
Hasta que un día entendemos que la vida nunca prometió ese después.
Hay otro aspecto de la carta que me tocó especialmente: Messi recuerda a su padre llevándolo a los entrenamientos cuando apenas era un niño. Habla del hombre que trabajaba, que hacía sacrificios, que sufría viéndolo jugar y que no necesitaba llenarlo permanentemente de elogios para demostrarle cuánto creía en él. Y pensé en tantos padres que han hecho exactamente lo mismo sin que jamás nadie conozca sus nombres. Padres y madres que madrugaron, trabajaron horas de más, manejaron kilómetros, esperaron afuera de una escuela, de una cancha o de una universidad; que hicieron cuentas para pagar aquello que necesitábamos y muchas veces dijeron “yo estoy bien” para que nosotros pudiéramos estar mejor.
El mundo conoció a Lionel Messi cuando comenzó a convertirse en extraordinario. Su padre lo conoció cuando simplemente era su niño.
Y esa diferencia lo cambia todo.
Nuestros padres conocen una versión nuestra que nadie más podrá conocer. Nos vieron antes de aprender a esconder el miedo, antes de los cargos profesionales, antes de los reconocimientos, antes de construir esa imagen adulta con la que enfrentamos el mundo. Conocieron nuestras primeras caídas, nuestros sueños cuando todavía parecían imposibles y nuestras inseguridades cuando aún no sabíamos cómo llamarlas. Por eso cuando uno de ellos parte no perdemos solamente a una persona que amamos. También se va alguien que guardaba una parte de nuestra historia que nadie podrá contar exactamente igual.
Pero dentro de todo ese dolor hay una frase de Messi que para mí contiene la verdadera dimensión del legado. Dice que su padre permanecerá especialmente en la educación de sus hijos porque piensa enseñarles y educarlos como sus padres hicieron con él. Y ahí entendemos que la muerte puede llevarse una presencia física, pero no necesariamente puede llevarse aquello que una persona sembró.
Nuestros padres siguen viviendo en muchas cosas que hacemos sin siquiera advertirlo. En una frase que repetimos y que un día descubrimos que era exactamente la que decía papá. En la manera en que corregimos a nuestros hijos. En ciertos valores que no estamos dispuestos a negociar. En cómo trabajamos, cómo servimos, cómo cuidamos nuestra familia. Incluso en pequeñas costumbres que parecían insignificantes y que después de su ausencia se convierten en tesoros.
Eso es trascender. No que nuestro nombre permanezca escrito en algún lugar, sino haber vivido de tal manera que algo bueno de nosotros continúe caminando cuando ya no estemos.
Al terminar de leer la carta me quedó dando vueltas una frase muy sencilla: “Te amo, pa”. Y pensé en la cantidad de cosas importantes que muchas veces dejamos de decir porque asumimos que el otro ya las sabe. Claro que nuestros padres probablemente saben que los amamos. Pero mientras puedan escucharlo, digámoslo. Mientras podamos abrazarlos, abracémoslos. Mientras podamos sentarnos frente a ellos, hagámoslo sin tanta prisa.
No esperemos una enfermedad para valorar una llamada. No esperemos una despedida para recordar todas las veces que pudimos estar. No esperemos una fotografía antigua para desear haber tomado muchas más. La vida tiene suficientes dolores inevitables; no agreguemos a ellos el peso de todo aquello que pudimos hacer y decidimos dejar para después.
Y si existe alguna diferencia que puede resolverse, pensemos bien cuánto vale nuestro orgullo frente a la posibilidad de una ausencia definitiva. No todas las relaciones son iguales ni todas las heridas pueden solucionarse de la misma manera, pero cuando existe amor y todavía hay espacio para acercarnos, quizás valga la pena hacerlo mientras ambos lados pueden escucharse.
Al final, Lionel Messi ha ganado prácticamente todo lo que un futbolista puede ganar. Ha levantado trofeos que millones sueñan siquiera con tocar y ha vivido momentos que permanecerán para siempre en la historia del deporte. Pero ninguno de esos trofeos puede comprarle hoy cinco minutos más con su padre.
Y esa realidad nos pone a todos exactamente en el mismo lugar.
Porque al final de la vida no somos nuestros cargos, nuestras cuentas bancarias, nuestros seguidores, nuestras propiedades ni nuestros reconocimientos. Somos los abrazos que dimos, las personas a las que cuidamos, las veces que estuvimos presentes y el amor que fuimos capaces de dejar en quienes caminaron junto a nosotros.
Hoy no quiero quedarme solamente con la tristeza de la carta de Messi. Quiero quedarme con su advertencia involuntaria.
Miremos a los nuestros mientras están.
Escuchemos sus voces mientras podemos.
Hagamos tiempo aunque estemos ocupados.
Digamos gracias aunque creamos que ya lo saben.
Y digamos “te amo” todas las veces que podamos.
Porque la vida puede darnos muchas oportunidades para comenzar nuevamente en otras cosas, pero hay despedidas después de las cuales ya no existe una segunda oportunidad.
Y cuando se trata de las personas que verdaderamente amamos, un poquito más siempre nos va a parecer demasiado poco.




