No hay fecha que no se venza, ni plazo que no se cumpla

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Desde el escritorio de la editora

Annie Fernández Selman

Hay momentos en la vida en los que una voz interior vuelve a llamarnos, incluso después de años de silencio. Hay sueños que no desaparecen; simplemente esperan el instante en que tengamos la valentía, la madurez y la claridad para que vuelvan a vivir. “No hay fecha que no se venza, ni plazo que no se cumpla” es una de esas frases que, con el paso del tiempo, dejan de ser solo un dicho popular y se convierten en una verdad que nos confronta. Solemos escucharla cuando hablamos de contratos, obligaciones o compromisos, pero con los años he descubierto que también habla de nuestros sueños, de nuestras decisiones y del momento en que finalmente nos atrevemos a hacer aquello que habíamos dejado pendiente.

Hoy quiero abrirles una ventana a una parte muy personal de mi vida.

Comencé a estudiar Derecho cuando tenía apenas 19 años. Pero voy a ser completamente sincera: en aquel momento no era la carrera que soñaba. Era la carrera que muchas personas entendían que debía estudiar, mientras mi corazón se inclinaba hacia otros caminos.

La vida, como suele hacerlo, me llevó por donde necesitaba crecer. Descubrí mi lado creativo y estudié Diseño de Moda. Más adelante me formé en Arte Culinario. Fueron etapas maravillosas que disfruté profundamente y que me permitieron desarrollar talentos que aún hoy forman parte de quien soy. Nunca las he visto como tiempo perdido; al contrario, fueron piezas fundamentales en la construcción de mi historia.

Pero el tiempo tiene una forma muy particular de enseñarnos.

La mujer que estaba llegando a los 40 años ya no pensaba igual que aquella joven de 19. La experiencia, el trabajo, las responsabilidades y la vida me hicieron comprender que necesitaba una profesión que también fortaleciera mi capacidad para defender, orientar y servir desde otro lugar.

Fue entonces cuando entendí que el Derecho ya no era una carrera que otros esperaban de mí. Era una decisión que había nacido en mí.

Por eso regresé a las aulas.

No regresé para cumplir el sueño de alguien más. Regresé para cumplir una meta que ahora sí era completamente mía y que debía culminar.

Y cuando finalmente recibí mi licenciatura en derecho, comprendí una de las lecciones más grandes que me ha regalado la vida: hay sueños que no llegan cuando uno los planea, sino cuando uno está preparado para comprender su verdadero significado.

Vivimos en una sociedad que muchas veces nos hace creer que todo tiene una edad límite. Que si no lograste algo a los 25, ya vas tarde. Que si cambias de rumbo a los 35, fracasaste. Que empezar de nuevo después de cierta edad es perder el tiempo.

Qué equivocados estamos.

Cada persona tiene su propio reloj. Cada historia tiene su propio calendario. Hay quienes llegan temprano a una meta y hay quienes necesitan recorrer otros caminos antes de alcanzarla. Ninguna de las dos historias vale más que la otra.

Lo verdaderamente importante es no abandonar aquello que, con el tiempo, descubrimos que forma parte de nuestro propósito.

Hoy, cuando miro hacia atrás, no cambiaría ni un solo paso de mi camino. Porque el Diseño de Moda despertó mi creatividad. El Arte Culinario me enseñó disciplina y pasión por los detalles. Y el Derecho llegó en el momento justo para completar una parte de mí que aún estaba pendiente.

Comprendí que la vida no siempre nos lleva por el camino más corto, sino por el camino que necesitamos recorrer para convertirnos en la persona que estamos llamados a ser.

Por eso, cuando escucho la frase “No hay fecha que no se venza y plazo que no se cumpla”, ya no pienso únicamente en una fecha escrita en un calendario. Pienso en esas metas que, aunque parezcan demoradas, siguen esperando pacientemente a que decidamos volver por ellas.

Si hoy tienes un sueño guardado porque crees que ya pasó tu momento, permíteme decirte algo desde mi propia experiencia: mientras tengas vida, todavía estás a tiempo.

Porque la vida no siempre nos entrega las oportunidades cuando las pedimos; a veces nos las entrega cuando hemos crecido lo suficiente para valorarlas. Hay puertas que permanecen cerradas no porque no sean para nosotros, sino porque aún no hemos llegado a la versión de nosotros mismos que está lista para cruzarlas.

Hoy sé que volver a estudiar Derecho cerca de los 40 no fue llegar tarde. Fue llegar con una historia, con aprendizajes, con cicatrices y con una mirada más profunda sobre el propósito de servir. Llegué no como la joven que un día comenzó un camino, sino como una mujer que había recorrido muchos otros senderos y que finalmente entendía por qué debía regresar.

Así que si tienes una meta pendiente, no la entierres bajo la excusa del tiempo. No permitas que un número en el calendario decida lo que tu corazón todavía sueña alcanzar. Tal vez no estás atrasado; tal vez simplemente estás en el proceso de convertirte en la persona que necesita ese sueño.

Porque los sueños verdaderos no tienen fecha de vencimiento. Esperan, resisten y permanecen hasta que reunimos el valor para volver a ellos.

Y cuando ese momento llega, descubrimos que nunca fue demasiado tarde.

Porque al final, la vida siempre encuentra la manera de recordarnos que no hay fecha que no se venza, ni plazo que no se cumpla.