Alofoke en UNICARIBE desata controversia

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Por la redacción

Santo Domingo, R.D.– Lo que en principio parecía una invitación académica se ha convertido en motivo de debate. La decisión de la Universidad del Caribe (UNICARIBE) de recibir a Santiago Matías, CEO de Alofoke Media Group, para participar en un conversatorio sobre “Desarrollo profesional por medio de la disciplina y resiliencia” ha colocado sobre la mesa una discusión que trasciende al propio comunicador: ¿qué convierte a una figura pública en referente para una comunidad universitaria?

El cuestionamiento no debería centrarse exclusivamente en si Santiago Matías tiene o no méritos para entrar a una universidad. Las universidades están precisamente para escuchar distintas voces, estudiar fenómenos sociales y empresariales y confrontar ideas. Lo que ha generado mayor discusión es el contenido de la invitación emitida por UNICARIBE, donde se destacan en Matías cualidades como disciplina, preparación constante, visión estratégica y capacidad para convertir obstáculos en oportunidades. No se le presenta únicamente como empresario invitado a contar su experiencia, sino como una trayectoria de la cual los estudiantes pueden obtener inspiración.

Y es justamente ahí donde comienza la controversia. Porque nadie puede negar que Santiago Matías representa uno de los casos de crecimiento mediático y empresarial más importantes de la comunicación digital dominicana de los últimos años. Entendió el poder de las plataformas cuando todavía muchos medios tradicionales las consideraban complementarias, construyó una audiencia masiva y convirtió una marca asociada inicialmente al movimiento urbano en una estructura empresarial con capacidad para producir radio, televisión, entretenimiento y contenidos digitales. Ese éxito existe y merece ser analizado. Pero reconocer el éxito no obliga a convertirlo automáticamente en referente.

Durante años, la figura de Matías y algunos contenidos difundidos desde sus plataformas han estado acompañados de controversias, enfrentamientos públicos y cuestionamientos sobre los límites entre entretenimiento, audiencia y responsabilidad comunicacional. Precisamente por eso su llegada a un escenario universitario provoca una discusión legítima. Una cosa es estudiar el fenómeno Alofoke desde la comunicación, el mercadeo, el emprendimiento o la transformación digital; otra muy distinta es asumir que el éxito económico, la popularidad y los millones de visualizaciones constituyen por sí solos las credenciales necesarias para convertirse en modelo frente a una generación de estudiantes.

La pregunta, entonces, no debería ser simplemente ¿qué hace Alofoke en una universidad?. Esa sería una discusión demasiado superficial. La verdadera pregunta es qué hará la universidad con Alofoke dentro de sus aulas. Si el encuentro se limita a celebrar su éxito, probablemente las críticas encontrarán mayores argumentos. Pero si se aprovecha su presencia para analizar su trayectoria completa, incluyendo aciertos, errores, controversias, decisiones empresariales y responsabilidad frente a las audiencias que ha construido, entonces el conversatorio podría convertirse en un ejercicio académico mucho más interesante de lo que inicialmente parece.

Porque si se hablará de disciplina, también debería hablarse de responsabilidad. Si se analizará su capacidad para generar audiencia, también cabe preguntar hasta dónde debe llegar un medio para conservarla. Si se resaltará su influencia sobre millones de personas, especialmente jóvenes, entonces también corresponde discutir qué responsabilidad acompaña semejante poder comunicacional. Y si Santiago Matías será presentado como ejemplo de resiliencia y superación, sería enriquecedor escuchar qué errores reconoce hoy en el camino y cuáles decisiones, con la experiencia acumulada, tomaría de manera diferente.

Hay además un elemento que no puede pasarse por alto: una universidad otorga una legitimidad distinta. No es lo mismo tener millones de seguidores que ocupar un espacio académico presentado como una historia capaz de inspirar estudiantes. Cuando una institución de educación superior abre sus puertas bajo esa narrativa, inevitablemente transmite un mensaje sobre aquello que considera digno de ser escuchado, estudiado o reconocido. Por eso esta discusión no debería interpretarse necesariamente como un ataque contra Santiago Matías, sino como una reflexión sobre la enorme responsabilidad que tienen las universidades al seleccionar y presentar los referentes que colocan frente a sus alumnos.

También sería injusto desconocer que las universidades tienen que acercarse a la realidad que existe fuera de sus paredes. El mundo profesional cambió. Hoy un joven puede construir una empresa desde un teléfono, desarrollar una audiencia sin pertenecer a un medio tradicional y transformar seguidores en una estructura comercial de enorme valor. Santiago Matías representa precisamente esa nueva realidad y, desde ese punto de vista, su historia tiene elementos que merecen llegar a un aula. Pero estudiar un fenómeno no significa santificarlo, y reconocer un logro tampoco significa ignorar sus contradicciones.

Tal vez ahí se encuentre la oportunidad que deja toda esta controversia. UNICARIBE puede convertir una invitación cuestionada por algunos sectores en un verdadero ejercicio de pensamiento crítico. Santiago Matías puede contar cómo construyó su imperio mediático, pero los estudiantes también deberían poder preguntarle por el precio del éxito, los límites de la comunicación, la responsabilidad que acompaña la influencia y las decisiones que marcaron su trayectoria.

Al final, el problema nunca debería ser que Alofoke entre a una universidad. El verdadero problema sería que cualquier figura entre a una universidad y salga de ella sin haber sido cuestionada intelectualmente. Las aulas no fueron creadas para fabricar ídolos ni para repartir certificados de buena conducta. Fueron creadas para confrontar ideas, analizar realidades y formar criterio.

Y quizás esa sea la enseñanza más importante detrás de toda esta polémica: el éxito puede abrir las puertas de una universidad, pero dentro de ella también debe estar dispuesto a responder preguntas.