El centro que el Estado conocía y nunca debió volver a operar

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El rescate de 14 menores en Haina no solo expone una presunta historia de maltrato y explotación infantil; también revela una preocupante falla en los mecanismos de vigilancia, seguimiento y protección de la niñez

Haina, San Cristóbal.— Un niño de 12 años tuvo que escapar, llegar hasta un destacamento policial y pedir ayuda para que las autoridades regresaran a un lugar que ya conocían.

Ese es, quizás, el aspecto más perturbador del rescate de 14 menores de edad en un establecimiento de Haina que operaba sin autorización: no se trataba de un espacio completamente desconocido para el Estado. Había sido intervenido aproximadamente un año antes, cuando también fueron encontrados niños bajo su cuidado.

La presidenta ejecutiva del Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia, Ligia Pérez Peña, confirmó que en septiembre de 2025 la oficina de Conani en Haina alertó sobre la presencia de menores en el establecimiento. Entonces se coordinó una intervención con las autoridades judiciales, los niños fueron entregados a sus familiares y el responsable recibió la advertencia de que no podía continuar albergando menores sin la habilitación correspondiente.

Pese a esa actuación, el lugar volvió a operar.

Un año después, las autoridades encontraron allí a 14 niños y adolescentes, entre ellos un bebé de tres meses. El caso salió nuevamente a la luz porque uno de los menores logró escapar y denunciar las condiciones en las que presuntamente permanecían.

Lo sucedido obliga a mirar más allá del operativo reciente. El verdadero problema no comienza el día del rescate, sino en el momento en que una intervención anterior no logró impedir que el establecimiento retomara sus actividades.

La denuncia de un niño que rompió el silencio

De acuerdo con las informaciones ofrecidas por las autoridades, el menor de 12 años llegó hasta una unidad policial y relató que había escapado de un lugar donde permanecían otros niños.

Su testimonio incluyó denuncias de presuntos golpes, quemaduras, privación de alimentos, aislamiento, castigos físicos y trabajos relacionados con la madera. También habría señalado que no asistía regularmente a la escuela.

A partir de esa declaración, la Policía Nacional, el Ministerio Público, Conani y unidades especializadas en trata de personas iniciaron las verificaciones que condujeron a dos allanamientos en el establecimiento denominado Fundación Restaurando Vida, ubicado en el sector Las Paredes.

Durante el operativo fueron puestos bajo protección los 14 menores y varias personas quedaron detenidas para fines de investigación. El Ministerio Público deberá determinar si existen elementos suficientes para presentar acusaciones por maltrato infantil, explotación laboral, trata de personas u otras infracciones.

Es importante mantener la prudencia jurídica. Las denuncias todavía se encuentran bajo investigación y corresponde a los tribunales establecer responsabilidades individuales.

Pero la presunción de inocencia de las personas investigadas no impide examinar las fallas institucionales que ya resultan evidentes: el establecimiento no estaba habilitado para recibir menores y las autoridades conocían su existencia desde el año anterior.

Una autorización no es un simple documento

La falta de habilitación podría parecer, para algunos, una irregularidad administrativa. No lo es.

Cuando una institución recibe niños, niñas o adolescentes de manera temporal o permanente, la autorización estatal debe representar mucho más que un permiso colocado en una pared. Implica comprobar que el lugar dispone de condiciones físicas adecuadas, personal capacitado, protocolos de protección, alimentación suficiente, acceso a educación y salud, acompañamiento psicológico, mecanismos de denuncia y supervisión constante.

La habilitación también debe permitir identificar quién dirige el centro, de dónde provienen sus recursos, cómo llegan los menores, quién autoriza su permanencia y cuáles son los vínculos legales con sus familias.

Sin estos controles, cualquier vivienda, iglesia, fundación o iniciativa privada podría presentarse como un refugio mientras funciona fuera de la vigilancia institucional. La solidaridad, la fe o la supuesta vocación de servicio nunca pueden sustituir el cumplimiento de las normas de protección infantil.

Los niños no pueden quedar sometidos a la voluntad absoluta de personas o entidades que actúan sin supervisión. Mucho menos cuando permanecen aislados de sus familias, fuera de las escuelas o sin acceso regular a profesionales que puedan identificar señales de abuso.

La pregunta que las autoridades deben responder

El caso presenta una interrogante central: ¿qué seguimiento se realizó después de la intervención de septiembre de 2025?

No es suficiente afirmar que los niños fueron devueltos a sus familiares y que el responsable recibió una advertencia. Debe establecerse si posteriormente se realizaron inspecciones, si existía una orden formal de cierre, si se verificó el cumplimiento de la prohibición y si las instituciones compartieron la información necesaria para evitar que el centro continuara funcionando.

También deberá aclararse si el establecimiento cambió de dirección, denominación o modalidad para evadir la vigilancia; cómo fueron recibidos los nuevos menores y si sus familiares conocían las condiciones en las que permanecerían.

Una advertencia sin supervisión puede convertirse en un acto administrativo sin consecuencias. Cuando la vida y la integridad de los niños están en juego, el seguimiento no puede depender de que aparezca una nueva denuncia.

La protección infantil exige continuidad. El expediente no puede cerrarse cuando termina el operativo ni reabrirse únicamente cuando ocurre otro hecho grave.

¿Cómo llegaron los menores hasta allí?

Otro punto que necesita una investigación profunda es el proceso mediante el cual los niños fueron llevados al establecimiento.

Conani informó que diez permanecen bajo protección institucional y otros cuatro fueron entregados a sus madres, quienes también se encontraban en el lugar. Los menores están siendo evaluados médica y psicológicamente para determinar su condición y reconstruir las circunstancias de su permanencia en el centro.

Las autoridades deberán identificar a cada familia y determinar si los niños fueron entregados voluntariamente, captados mediante promesas de alimentación, educación o formación religiosa, o trasladados bajo algún tipo de engaño o presión.

También será necesario investigar si existían documentos de autorización, quién ejercía de hecho la custodia y si alguna persona recibió dinero, donaciones o beneficios económicos relacionados con la permanencia de los menores.

Las familias vulnerables pueden convertirse en objetivos de personas que ofrecen hacerse cargo de sus hijos. La pobreza, la falta de oportunidades, la ausencia de servicios y la desesperación pueden empujar a padres y madres a aceptar propuestas que aparentan representar una salida.

Eso no elimina la responsabilidad familiar, pero obliga al Estado a comprender el contexto. La protección no puede limitarse a devolver al niño al mismo entorno sin determinar cuáles condiciones provocaron su entrega y si existen riesgos de que vuelva a ser enviado a otro lugar irregular.

Una responsabilidad compartida, pero no diluida

El caso involucra varias instituciones: Conani, el Ministerio Público, la Policía Nacional, las fiscalías especializadas y las autoridades municipales. Precisamente por esa multiplicidad de organismos existe el riesgo de que la responsabilidad termine diluyéndose.

Cada institución debe explicar qué conocía, cuándo lo conoció, qué medidas tomó y quién debía comprobar su cumplimiento.

Conani tiene la responsabilidad de regular, acreditar y supervisar los programas dirigidos a la niñez. El Ministerio Público debe investigar los hechos, perseguir las posibles infracciones y solicitar las medidas judiciales correspondientes. La Policía debe responder ante las denuncias y proteger a las posibles víctimas. Las autoridades locales también pueden desempeñar un papel importante en la identificación de establecimientos que operan irregularmente.

La coordinación interinstitucional no puede existir únicamente durante los allanamientos. Debe mantenerse después, cuando disminuye la atención pública y comienza el trabajo menos visible: seguimiento familiar, inspecciones, evaluaciones, control territorial y prevención.

El costo de una vigilancia insuficiente

Cuando el Estado interviene un centro irregular y este vuelve a operar, el problema supera la actuación de una sola persona. Se convierte en una señal de debilidad del sistema.

Si un lugar previamente identificado pudo continuar recibiendo menores, cabe preguntarse cuántos otros establecimientos funcionan actualmente sin autorización en República Dominicana. También debe investigarse cuántas organizaciones han sido advertidas o intervenidas y permanecen abiertas por falta de seguimiento.

El Gobierno debería ordenar un levantamiento nacional de hogares, fundaciones, ministerios religiosos, centros de rehabilitación y espacios comunitarios que alberguen menores. No solo para determinar si poseen un documento, sino para comprobar las condiciones reales en las que viven los niños.

Ese registro debe actualizarse y cruzarse con las informaciones del Ministerio Público, las juntas locales de protección, las escuelas, los hospitales y las comunidades. Un menor que desaparece del sistema educativo, que presenta lesiones frecuentes o que permanece apartado de sus familiares debe activar mecanismos de alerta.

La protección infantil requiere instituciones capaces de conectar señales que, vistas por separado, pueden parecer menores, pero juntas revelan una situación de alto riesgo.

No se puede depender de que un niño escape

El menor que consiguió salir y pedir ayuda demostró una valentía extraordinaria. Su actuación permitió que otros niños fueran localizados y puestos bajo protección.

Pero convertirlo únicamente en el héroe de esta historia podría ocultar una verdad incómoda: fue un niño quien terminó activando un sistema que debía estar vigilando antes de que él tuviera que escapar.

No sabemos cuánto miedo enfrentó, cuánto tiempo esperó ni cuántas veces pudo haber pensado que nadie le creería. Tampoco sabemos si otros menores intentaron expresar lo que ocurría y no encontraron un adulto dispuesto a escucharlos.

Por eso, el país necesita mecanismos de denuncia accesibles, confidenciales y conocidos por todos los niños. Las escuelas, centros de salud, iglesias y comunidades deben saber cómo identificar señales de abuso y dónde reportarlas. La protección no puede descansar únicamente en la capacidad de una víctima para huir.

Rescatar no es suficiente

El operativo evitó que los menores continuaran en el establecimiento, pero el rescate representa apenas la primera fase.

Cada niño necesitará una evaluación individual. No todos habrán vivido las mismas experiencias ni requerirán la misma respuesta. Algunos podrían regresar con sus familias; otros quizá necesiten protección temporal, atención psicológica especializada o acompañamiento prolongado.

También deberá evitarse su exposición pública. Sus nombres, rostros, testimonios y datos familiares deben permanecer protegidos. El interés informativo nunca puede colocarse por encima de la dignidad y la recuperación emocional de las víctimas.

Las autoridades tendrán que garantizar, además, que los niños sean reintegrados al sistema educativo, reciban atención médica y cuenten con seguimiento psicológico. Sacarlos del lugar sin asegurar su recuperación podría dejarlos nuevamente expuestos a la vulnerabilidad que permitió su ingreso.

Una investigación que debe llegar hasta el final

Este caso no puede desaparecer de la agenda pública después de los allanamientos, las declaraciones oficiales y las fotografías del operativo.

La sociedad necesita saber por qué el centro volvió a funcionar, qué autoridad debía impedirlo, si hubo omisiones y qué medidas serán adoptadas para evitar que la historia se repita.

Si se comprueban las denuncias, los responsables directos deberán enfrentar las consecuencias establecidas por la ley. Pero, de manera paralela, las instituciones deben realizar una revisión interna seria. No para repartir excusas, sino para identificar la falla exacta del sistema.

El rescate de 14 menores en Haina no debe presentarse solamente como una operación exitosa. También debe asumirse como una advertencia.

El Estado llegó nuevamente al lugar, pero llegó después de que un niño escapara. Llegó cuando el establecimiento ya había vuelto a recibir menores. Llegó a un espacio que conocía desde hacía un año.

Y esa realidad exige algo más que satisfacción por el rescate: exige explicaciones, responsabilidades y una transformación profunda del sistema de vigilancia.

Porque cuando un centro intervenido vuelve a operar, la pregunta no es únicamente qué hicieron quienes estaban dentro. La pregunta también es qué dejaron de hacer quienes debían vigilar desde fuera.