“Porque de la abundancia del corazón habla la boca.” Lucas 6:45
Cuántas veces has escuchado a alguien justificarse diciendo: “Eso no fue lo que quise decir”. Sin embargo, en muchas ocasiones sí expresó exactamente lo que llevaba dentro. Lo único que ocurrió fue que, por un instante, dejó de controlar sus palabras y permitió que su corazón hablara.
Vivimos esforzándonos por elegir las palabras correctas, por proyectar una buena imagen y por convencer a los demás de que somos buenas personas. Pero Jesús nos invita a mirar más allá de lo que sale de nuestra boca. Nos lleva al origen de todo: el corazón. Porque las palabras no nacen por casualidad; son el reflejo de aquello que habita en nuestro interior.
Porque la boca no fabrica nada. La boca simplemente revela.
Quien vive lleno de paz termina transmitiendo paz. Quien vive lleno de gratitud encuentra razones para agradecer incluso cuando la vida pesa. Pero quien ha permitido que el rencor, la envidia o el orgullo ocupen demasiado espacio, tarde o temprano dejará escapar todo eso en una conversación, en una discusión, en una publicación de redes sociales o en la manera de tratar a los demás.
Por eso no me preocupa tanto lo que dice una persona en un momento de enojo. Me preocupa lo que tuvo que guardar durante tanto tiempo para que eso saliera con tanta facilidad.
Hoy vemos demasiadas personas hablando de amor mientras siembran odio. Defendiendo valores mientras destruyen reputaciones. Pidiendo respeto mientras humillan a quien piensa diferente.
Y entonces entendemos que el problema nunca estuvo en las palabras. Siempre estuvo en el corazón.
Quizás por eso hay personas que llegan a un lugar y transmiten paz sin decir una sola palabra. Y hay otras que, aunque sonrían, generan tensión apenas entran. Lo que llevamos por dentro siempre encuentra la manera de manifestarse.
Lucas 6:45 no nos invita a convertirnos en expertos en comunicación. Nos invita a revisar el estado de nuestro corazón.
Cuando el corazón encuentra sanidad, también cambia la forma en que nos expresamos. Y cuando aprendemos a perdonar, dejamos de mirar a los demás desde la herida para empezar a verlos con misericordia. Cuando el corazón se llena de Dios, ya no hace falta fingir bondad; simplemente comienza a notarse.
Al final, todos terminamos diciendo quiénes somos. No por lo que ensayamos. Sino por aquello que llevamos guardado en el corazón.
Desde el escritorio de la editora
Annie Fernández Selman




