Por Navia Soler
Psicóloga Clínica | Psicología Perinatal y asesora de Lactancia Materna
Cada año, durante la primera semana de agosto, el mundo conmemora la Semana Mundial de la Lactancia Materna, una iniciativa creada en 1992 por la Alianza Mundial pro Lactancia Materna (WABA), con el respaldo de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF. Su propósito es promover, proteger y apoyar la lactancia materna mediante acciones que fortalezcan la salud de las madres, los bebés y las comunidades.
La evidencia que respalda esta causa es contundente. La OMS recomienda la lactancia materna exclusiva durante los primeros seis meses de vida y continuarla, junto con una alimentación complementaria adecuada, hasta los dos años o más. Sin embargo, a nivel mundial solo alrededor del 48 % de los lactantes menores de seis meses reciben lactancia materna exclusiva, una cifra que ha mejorado en los últimos años, pero que aún está lejos de la meta global del 70 % para 2030. En República Dominicana, la situación sigue siendo un desafío: la Encuesta ENHOGAR-MICS 2019 reportó una prevalencia de lactancia materna exclusiva cercana al 16 % en menores de seis meses.
Ante estos datos, cada agosto me hago la misma pregunta:
¿Qué estamos celebrando realmente?
Durante una semana las redes sociales se llenan de mensajes, fotografías, campañas institucionales y lazos que promueven la lactancia. Pero la lactancia no comienza el 1 de agosto.
Comienza cada vez que nace un bebé… y también una madre.
Es allí donde empieza el verdadero desafío.
Muchas mujeres llegan al nacimiento llenas de ilusión. Han escuchado que la leche materna es el mejor alimento para sus hijos y confían en que recibirán orientación profesional. Sin embargo, con demasiada frecuencia se encuentran con recomendaciones contradictorias, prácticas desactualizadas o consejos basados más en experiencias personales que en evidencia científica.
En nuestro país existen muchos profesionales y personas que orientan a las familias con un deseo genuino de ayudar. Ese compromiso merece ser reconocido. No obstante, la buena intención por sí sola no siempre es suficiente cuando hablamos de un proceso tan complejo como la lactancia materna.
Todavía es frecuente escuchar frases como:
“Pégatelo al pecho.”
“Déjalo que tenga hambre y entonces va a tomar.”
“Espera a que te baje la leche.”
Aunque suelen decirse con la intención de tranquilizar a la madre, esta última expresión transmite un mensaje equivocado: que durante las primeras horas después del nacimiento la mujer todavía no tiene alimento para ofrecer a su bebé.
La fisiología humana demuestra exactamente lo contrario.
Desde el nacimiento, el cuerpo materno produce calostro, la primera leche. Aunque se presenta en pequeñas cantidades, está diseñada para responder a las necesidades del recién nacido. Es rica en anticuerpos, células inmunológicas y factores de crecimiento, además de aportar el volumen adecuado para el tamaño del estómago del bebé durante sus primeras horas de vida.
Entonces vale la pena detenernos y reflexionar.
¿Qué fue primero: la leche humana o la leche de fórmula?
Si un recién nacido necesitara esperar varios días para alimentarse, ¿cómo habría sobrevivido la humanidad durante miles de años antes de la existencia de la fórmula infantil?
¿Y si el cuerpo de la madre ya estuviera produciendo, desde el primer momento, exactamente lo que su bebé necesita?
Estas preguntas no buscan desacreditar a ningún profesional. Buscan abrir una conversación necesaria sobre la formación que reciben quienes acompañan a las familias durante uno de los momentos más importantes de sus vidas.
La lactancia materna no consiste únicamente en colocar al bebé al pecho.
En ella intervienen la anatomía de la mama, la fisiología hormonal, la biomecánica de la succión, el desarrollo neurológico del recién nacido, la salud mental materna y múltiples condiciones clínicas que pueden interferir en el proceso.
Un bebé con tortícolis muscular congénita, una fractura de clavícula neonatal, una lesión del plexo braquial o limitaciones en la movilidad cervical puede presentar dificultades para alimentarse que no se resolverán simplemente insistiendo en que “siga intentando”. Cada díada madre-bebé necesita una valoración individual y, cuando es necesario, un abordaje interdisciplinario.
Por eso, más que preguntarnos si las madres desean amamantar, quizá debamos preguntarnos si como sociedad estamos ofreciendo las condiciones necesarias para que puedan lograrlo.
La Semana Mundial de la Lactancia Materna no debería ser únicamente una campaña de siete días. Debería representar una oportunidad para revisar lo que hemos avanzado, reconocer lo que aún falta y construir un plan de acción que permita aumentar las tasas de lactancia materna mediante educación, formación continua y políticas públicas sostenidas.
También es un momento para valorar el trabajo de quienes acompañan a las familias durante todo el año: organizaciones como La Liga de La Leche, Prolactar, grupos de apoyo, consultoras de lactancia, pediatras, psicólogos, fisioterapeutas, enfermeras y otros profesionales comprometidos con una atención basada en evidencia.
La lactancia materna necesita mucho más que campañas visibles durante una semana.
Necesita profesionales mejor preparados, instituciones comprometidas con la actualización permanente y familias que encuentren respuestas fundamentadas cuando más las necesitan.
Porque cuando una madre abandona la lactancia por falta de información o por no recibir el apoyo adecuado, no estamos frente a un fracaso individual. Estamos frente a una oportunidad perdida para nuestro sistema de salud, para nuestras sociedad.
Y esa es una conversación que merece ocupar mucho más que una semana al año.




