La poligamia que estamos normalizando en silencio

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Desde el escritorio de la editora Annie Fernández

Durante años, la poligamia fue presentada como una práctica lejana, vinculada a determinadas religiones, pueblos o culturas. Sin embargo, mientras la sociedad discute sobre libertad, modernidad y nuevas formas de amar, silenciosamente se ha comenzado a normalizar una realidad: mantener varias relaciones sentimentales al mismo tiempo ya no provoca el mismo rechazo de antes. En algunos círculos, incluso, se exhibe como símbolo de poder, éxito o superioridad masculina.

Conviene precisar que no todo hombre que sostiene relaciones con varias mujeres es legalmente polígamo. La poligamia supone la existencia de más de un matrimonio simultáneo, mientras que el poliamor se fundamenta, al menos en teoría, en relaciones consensuadas y transparentes. Lo que vemos con frecuencia es algo diferente: múltiples parejas, secretos, desigualdad emocional y mujeres que desconocen la existencia de las demás.

Pero la cultura popular ha comenzado a borrar esas diferencias.

Un ejemplo reciente es El polígamo, la producción sudafricana de Netflix que presenta la historia de un empresario poderoso cuya aparente vida matrimonial perfecta se derrumba cuando salen a la luz sus relaciones con varias mujeres. La serie retrata la poligamia dentro de un contexto cultural concreto, pero su éxito internacional demuestra que el tema despierta curiosidad mucho más allá de África.

Estas historias no se consumen únicamente como dramas familiares. También convierten en entretenimiento una dinámica en la que el hombre aparece rodeado de mujeres, hijos, conflictos y privilegios. Aunque la producción muestra las consecuencias de sus actos, la repetición de este tipo de relatos puede terminar haciendo que lo extraordinario parezca cotidiano y que la irresponsabilidad afectiva se confunda con libertad.

En nuestro país ocurrió recientemente una escena que debería llevarnos a reflexionar. Tras la muerte de Maicol Peluche, señalado públicamente como integrante de una estructura delictiva y abatido durante una intervención policial, varias mujeres aparecieron en las redes sociales identificándose como su pareja. La situación provocó bromas, videos, comentarios y una competencia pública por determinar quién era “la verdadera mujer”.

Más allá de las circunstancias de su muerte y de los señalamientos que pesaban sobre él, el episodio dejó al descubierto algo preocupante: para una parte de nuestra sociedad, que un hombre mantenga varias relaciones simultáneas no representa necesariamente una conducta cuestionable. Puede convertirse en una demostración de hombría, influencia o popularidad. El hombre con muchas mujeres es admirado; las mujeres involucradas, en cambio, terminan ridiculizadas, enfrentadas entre sí o responsabilizadas por una situación creada por quien sostenía los vínculos.

Ahí aparece una de las mayores desigualdades de esta normalización.

La supuesta libertad casi siempre parece beneficiar al mismo lado. Se celebra la capacidad del hombre de conquistar, mientras se exige fidelidad, paciencia y silencio a las mujeres. Cuando la verdad sale a la luz, ellas compiten por el reconocimiento de una relación que muchas veces nunca fue clara, exclusiva ni respetuosa. Él acumula parejas como prueba de poder; ellas cargan con la humillación pública.

No se trata de juzgar las decisiones privadas de adultos que actúan con conocimiento y consentimiento. Cada persona tiene derecho a definir su vida sentimental. Pero el consentimiento no existe cuando hay engaño. Tampoco puede hablarse de libertad cuando una de las partes desconoce que comparte a su pareja, cuando existe manipulación emocional o cuando las mujeres son tratadas como piezas reemplazables dentro de una colección afectiva.

La normalización tampoco ocurre únicamente a través de las series. Está presente en canciones que glorifican al hombre que tiene “una en cada lugar”, en figuras públicas que exhiben varias relaciones como trofeos, en producciones digitales que convierten los conflictos sentimentales en contenido y en redes sociales donde la infidelidad se transforma en espectáculo.

Lo que repetimos termina pareciéndonos normal. Lo que primero sorprende, luego entretiene y finalmente se acepta.

Tal vez la discusión no deba limitarse a preguntar si la poligamia se está extendiendo. La verdadera pregunta es qué clase de relaciones estamos legitimando. ¿Relaciones basadas en acuerdos honestos entre adultos o estructuras sostenidas por mentiras, desigualdad y silencios? ¿Estamos ampliando el concepto del amor o simplemente buscando palabras modernas para justificar conductas antiguas?

Una sociedad puede revisar sus modelos familiares, pero no debería renunciar a valores esenciales como la honestidad, el respeto y la responsabilidad afectiva. La libertad sentimental no consiste en acumular personas ni en jugar con sus emociones. Consiste en hablar con la verdad y permitir que cada ser humano decida, con pleno conocimiento, qué relación está dispuesto a aceptar.

La poligamia quizá no sea nueva. Lo nuevo es la manera ligera, entretenida y hasta glamorosa con la que comenzamos a mirarla. Y mientras reímos frente a la pantalla o comentamos quién era “la oficial”, podríamos estar normalizando vínculos en los que el amor deja de ser compromiso para convertirse en competencia.

El peligro no está en que existan modelos diferentes de relación. El verdadero peligro aparece cuando dejamos de cuestionar el engaño, la desigualdad y la falta de respeto simplemente porque se han vuelto frecuentes.

No todo lo frecuente es normal. Y no todo lo normalizado es correcto.