Por Henry Montero
Hay personas que siguen sonriendo mientras por dentro sienten que se están derrumbando. Cumplen con su trabajo, conversan con sus familiares, publican fotografías y responden que están bien, aunque llevan días, meses o incluso años librando una batalla silenciosa. El sufrimiento emocional no siempre se ve. Muchas veces se esconde detrás de una aparente normalidad.
Hablar de prevención del suicidio no significa hablar solamente de la muerte. Significa hablar del dolor, de la soledad, del abandono emocional y de ese momento en que una persona deja de encontrar razones para continuar. Quien atraviesa una crisis suicida no necesariamente desea morir; con frecuencia, lo que realmente desea es dejar de sufrir. El problema es que su mente, abrumada por la angustia, comienza a presentarle la muerte como la única salida posible.
Desde la psicología debemos comprender que una crisis puede reducir temporalmente la capacidad de pensar con claridad. La desesperanza estrecha la visión del futuro. La persona llega a convencerse de que nada cambiará, que representa una carga para su familia o que su ausencia aliviaría los problemas de los demás. Esos pensamientos no constituyen una verdad, aunque en medio del sufrimiento puedan sentirse completamente reales.
Por eso debemos prestar atención a las señales. El aislamiento repentino, los cambios profundos de ánimo, la pérdida de interés, el abandono del cuidado personal, el consumo excesivo de alcohol o drogas, la entrega de pertenencias importantes y las expresiones como “ya no puedo más”, “quisiera desaparecer” o “estarían mejor sin mí” nunca deben tratarse como simple dramatismo. Toda manifestación de desesperanza merece ser escuchada.
Preguntar directamente a una persona si está pensando en hacerse daño no le introduce la idea del suicidio. Por el contrario, puede abrir una puerta para que exprese aquello que ha estado ocultando por miedo, vergüenza o culpa. Una pregunta honesta, formulada con serenidad y sin juzgar, puede convertirse en el primer paso para salvar una vida.
Cuando alguien nos confiesa que no quiere seguir viviendo, no necesita sermones ni comparaciones. Decirle “hay personas con problemas peores”, “tienes que poner de tu parte” o “eso es falta de fe” puede aumentar su sentimiento de incomprensión. La fe puede ser una fuente poderosa de esperanza, pero nunca debe utilizarse para culpabilizar a quien está sufriendo. La depresión, la ansiedad severa y otras condiciones psicológicas no son debilidad espiritual ni falta de carácter.
Acompañar significa escuchar, permanecer cerca y tomar en serio lo que la persona está diciendo. Significa ayudarla a contactar a un profesional de la salud mental, retirar de su alcance cualquier objeto o sustancia con la que pudiera hacerse daño y no dejarla sola cuando existe un riesgo inmediato. No debemos prometer guardar en secreto una amenaza contra su vida. Protegerla está por encima de cualquier promesa de silencio.
La prevención también comienza mucho antes de una crisis. Empieza en hogares donde se permite hablar de las emociones, en escuelas que enseñan a gestionar la frustración, en trabajos que reconocen el agotamiento psicológico y en comunidades donde pedir ayuda no se interpreta como una señal de debilidad. Necesitamos construir espacios en los que una persona pueda decir “no estoy bien” sin temor a ser señalada, ridiculizada o rechazada.
También debemos aprender a mirar más allá de las apariencias. La persona que siempre ayuda puede estar agotada. Quien hace reír a todos puede llorar en soledad. Quien parece fuerte también necesita ser sostenido. A veces, una llamada, una visita o una conversación sincera puede interrumpir el aislamiento en el momento más crítico.
Buscar ayuda psicológica no significa que una persona haya perdido el control de su vida. Significa que ha decidido no enfrentar sola aquello que la está lastimando. La terapia ofrece un espacio para comprender el dolor, identificar alternativas y recuperar poco a poco la esperanza. En algunos casos también puede ser necesaria una evaluación psiquiátrica y un tratamiento médico. Pedir ayuda es un acto de valentía y de cuidado personal.
Prevenir el suicidio es una responsabilidad compartida. No corresponde únicamente a psicólogos y psiquiatras. Nos involucra como familiares, amigos, vecinos, educadores, líderes comunitarios y compañeros de trabajo. Cada uno puede convertirse en un puente hacia la ayuda.
Si hoy alguien siente que ya no puede continuar, necesita saber que no tiene que resolver toda su vida en este momento. Solo necesita dar el próximo paso: hablar, llamar, permitir que alguien se acerque y quedarse un día más. El dolor puede cambiar, aunque ahora parezca interminable. Siempre existe otra posibilidad cuando una persona no tiene que enfrentar sola su momento más oscuro.
En República Dominicana, quienes atraviesen una crisis emocional pueden comunicarse con la línea gratuita de salud mental 811. Si existe peligro inmediato, deben llamar al 9-1-1 o acudir a la emergencia hospitalaria más cercana.
Escuchar sin juzgar, acompañar sin abandonar y actuar a tiempo puede salvar una vida. A veces, la esperanza comienza con una frase sencilla: “Estoy aquí contigo y vamos a buscar ayuda”.
Henry Montero
Especialista en salud mental




